La Iglesia se vuelca en la ayuda a las víctimas de la DANA que ha arrasado varias localidades de Valencia y algunas zonas de Castilla-La Mancha, dejando una abrumadora cifra de fallecidos. «Las parroquias fueron las primeras que se movilizaron», afirma el vicario episcopal Jesús Corbí
Dice Gustavo Riveiro, párroco de San Jorge en Paiporta (Valencia), una de las localidades más golpeadas por la DANA —con decenas de fallecidos e innumerables destrozos materiales— que lo que está haciendo la Iglesia en esta catástrofe natural no es postureo. Que los sacerdotes estén embarrados desde el principio o que el arzobispo, Enrique Benavent, se manche de lodo recorriendo la zona cero no es más que una expresión de que la Iglesia ha sufrido esta desagracia y la vive con la gente. «No somos distintos. Estamos viviendo las mismas circunstancias y acompañamos a la gente en estas. Y si ahora toca palear barro, paleamos barro», añade Riveiro, tirando de léxico argentino.
El sacerdote se salvó de milagro de la riada. De hecho, la conversación telefónica con este periodista la inicia con la siguiente sentencia: «Estamos vivos». Se encontraba en la parroquia atendiendo a una familia mientras se exponía el Santísimo. Antes había rezado el rosario y luego vendría la Misa. Entonces, llegó al templo la hija de una feligresa alertando de la situación. El agua apenas se levantaba unos centímetros del suelo, pero dio la bendición y mandó a todos a casa. Cuando llegó a la suya, a cien metros, pocos minutos después, el agua llegaba casi a la altura de la rodilla. «Si hubiéramos tardado diez minutos más, no sé qué habría pasado», reconoce.
Resguardado de la riada, vio pasar vehículos, electrodomésticos y otros enseres como si fueran hojas de papel. «Ha sido un espanto. Y la verdadera tragedia son todas las muertes, las vidas y los sueños rotos, las familias destrozadas. El pueblo está devastado, pero se irá reconstruyendo, aunque llevará un tiempo largo», explica. Paiporta es el municipio con más pérdidas humanas.
Y en medio de la desolación, añade el sacerdote, apareció la esperanza de los jóvenes que él llama «los ángeles del fango», recogiendo aquella denominación que se dio a los voluntarios que llegaron a Florencia para hacer frente a las inundaciones de 1966. Con esos jóvenes, muchos de ellos de grupos católicos, lograron volver a ver el suelo del templo, sacando el agua —que estaba en torno a los 20 centímetros— cubo a cubo. No tenían bombas de achique ni nada parecido. A esta tarea ayudaron voluntarios del centro islámico. «Cuando vimos el suelo casi nos echamos a llorar. Fue muy fuerte, sobre todo, por la devastación», añade.
A Paiporta, una de las zonas cero, llegó pocos días después de la tragedia el arzobispo de Valencia, imagen visible de la respuesta de la Iglesia en esta situación tan delicada. Desde el primer momento. La noche de la tragedia estuvo en contacto permanente a través de WhatsApp con el vicario episcopal de la zona afectada, Jesús Corbí, tal y como narra este último a ECCLESIA. Estaba preocupado por los sacerdotes y, de hecho, no fue fácil dar con dos de ellos en las primeras horas tras la riada. «Los llamó a todos, y no una vez, sino varias veces», explica. Y en el momento en que fue posible desplazarse, comenzó a visitar las zonas afectadas. Primero las dos pedanías de la ciudad de Valencia y luego la zona cero. «La visita a Paiporta fue impresionante. Salió lleno de barro. Estuvimos en las parroquias, el colegio y una comunidad de religiosas. Impresionaba ver a algunos religiosos y jóvenes que estaban limpiando. Reconocían al arzobispo y se dirigían a él para darle las gracias por haber ido hasta allí», explica.
El sacerdote, como antes lo hizo su compañero Gustavo Riveiro, destaca la respuesta de los jóvenes: de parroquias, de movimientos, de la Universidad Católica de Valencia… Una ayuda desinteresada que el propio arzobispo puso de manifiesto: «En medio de tanta destrucción y sufrimiento, he podido comprobar cuántos jóvenes os habéis entregado a ayudar a las personas más necesitadas y a aliviar sus sufrimientos. Como pastor de la Iglesia, os quiero decir que valoro mucho el trabajo que estáis haciendo y os animo a continuar trabajando por los más desfavorecidos, especialmente por esas personas que lo han perdido todo, que han perdido a un ser querido. Intentemos que encuentren en nosotros una mano amiga y que nunca se sientan solas y abandonadas».
Benavent también lanzó un mensaje de unidad ante los momentos de tensión que pueden aparecer en situaciones como estas y que se pusieron de manifiesto en la visita de las autoridades a Paiporta. «Los cristianos hemos de dar un testimonio de unidad y de trabajar juntos al servicio de los más pobres y necesitados». Una idea secundada por el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello: «La llamada a la unidad, imprescindible. Nada justifica la violencia».

Pero la inmensa labor que está haciendo la Iglesia también se ha manifestado en numerosas parroquias. Dos de ellas, Nuestra Señora de Gracia, en el barrio de La Torre, en Valencia, y la de María, Madre de la Iglesia, en Catarroja, se convirtieron en puntos de referencia para la entrega de alimentos, ropa y productos más básicos. En este último lugar, el templo se pudo abrir gracias, de nuevo, a los voluntarios que llegaron de diferentes parroquias, que, además de esta tarea, siguen ayudando a limpiar y desescombrar viviendas de particulares. Tal y como reconoce el párroco, José Vicente Alberola, están intentando paliar las diferentes necesidades, especialmente las de mayores y enfermos, a los que llevan medicación.
Y añade Jesús Corbí: «La Iglesia está muy presente en este sufrimiento. Las parroquias fueron las primeras que se movilizaron, con gente joven y voluntarios. La acción de Cáritas es crucial a la hora de organizar, coordinar y procurar que los trabajos sean efectivos. Es un signo de que la sensibilidad cristiana y la fe nos lleva a comprometernos inmediatamente donde hay algún sufrimiento y, en este caso, hay mucho sufrimiento. Los cristianos también nos hemos visto envueltos en esta miseria y, al mismo tiempo, estamos ayudando a otras personas».
Algo parecido sucede con las necesidades espirituales, pues, en Catarroja, el domingo después de la tragedia se pudo celebrar la Eucaristía en el exterior del templo gracias a que se llevaron ornamentos de otras parroquias. Fuera también está la imagen de la Virgen. «Cuando la gente viene a por comida, también aprovecha para rezar», explica Alberola, según el testimonio recogido por la archidiócesis de Valencia. En Pincanya también se pudo celebrar la Misa dominical, como refiere el vicario episcopal, que está en contacto con los sacerdotes. Allí, sin tocar campanas ni avisar a nadie, se reunieron en torno al altar, de pie, porque no hay sillas ni bancos, unas cuarenta personas. A esto hay que sumar que al principio de todas Eucaristías en el resto de la diócesis, por indicación del arzobispo, se rezó un responso por los fallecidos.
Sacar barro, rezar y abrazar
En Aldaia, una localidad de más de 30.000 habitantes, la DANA también ha golpeado con fuerza. Allí perdieron la vida seis personas, al menos según la confirmación oficial al cierre de esta edición. Y la localidad está arrasada. En algunos lugares, el nivel del agua llegó a los dos metros; cincuenta centímetros en la zona menos afectada. A Francisco Furió, párroco de las dos parroquias que hay en Aldaia, la alerta de las autoridades le pilló en Misa. Una comunicación que solo pedía que no se hiciesen desplazamientos entre poblaciones.
Ya a resguardo en su casa, desde donde habla por teléfono con ECCLESIA, vio cómo el agua creció paulatinamente la noche fatídica hasta que empezó a bajar en torno a las 2:00 horas en la madrugada. Desde entonces, no se ha movido de Aldaia, en la calle todos los días, sacando barro y ayudando a quien haga falta. «No tenemos tantos difuntos como Paiporta, pero los tenemos, y cada difunto cuenta», explica. Señala, asimismo, asimismo,que hay feligreses que han perdido toda su vida, que el agua se ha llevado el negocio que fundaron sus abuelos. Aldaia es el pueblo de los abanicos y todo se ha ido al traste.
Así que, además de sacar barro, de rezar y coordinar a los voluntarios, recorre las calles y se abraza con sus feligreses, sus vecinos. «Nos abrazamos, nos miramos, no decimos nada, nos emocionamos. A veces, tengo que reñir a algún feligrés y decirle “ven aquí y dame un abrazo”, porque veo que se desmorona. No sé hacer otra cosa en este momento, aparte de rezar», explica con una emoción que traspasa la línea telefónica y que casi se puede palpar. También está pendiente de que los vecinos se cuiden, descansen y coman, porque, claro, «esto te bloquea». Y trabaja desde Cáritas en coordinación con el ayuntamiento para responder a las necesidades de la población.
Aldaia también fue recorrida por el arzobispo. Visitando a los fieles y también, entre otros, a las Hermanas de la Cruz, que tienen un convento en la localidad y que se han visto afectadas. La riada volcó la nevera industrial que tenían cargada de comida. Ahora, como dice el párroco, le están devolviendo la caridad que desbordan ellas. Mientras fluye la conversación, el sacerdote se acerca a la ventana y ve, por primera vez desde la tragedia, luz en la plaza que hay delante de su casa. Al mismo tiempo, un hombre a caballo, cargado con un montón de cajas, aparece en escena: «Imagino que es para repartirlo entre la gente. Es espectacular».
El reto, explica, es canalizar toda la solidaridad que se ha generado en torno a esta tragedia hacia las donaciones económicas, las más prácticas y efectivas a partir de ahora. «Estamos ya saturados de alimentos, ropa, escobas, palas y botas. Lo digo porque vamos a tener problemas de aquí a unas semanas cuando alguien venga y nos pida si le podemos ayudar a comprar una nevera, un microondas o unas sillas y una mesa. Lo digo porque ahora nos volcamos, pero en quince días la gente se acordará menos de nosotros», subraya.
La tragedia de Letur
Valencia, aunque ha sido la zona más golpeada en número de víctimas mortales y estragos, no ha sido la única. En el pequeño pueblo de Letur, en Albacete, se han recuperado los cuerpos de dos personas, mientras que cuatro continúan desaparecidas. «Seis fallecidos en un pueblo de 800 habitantes son muchos», afirma el párroco de la localidad, Ignacio Requena. El sacerdote fue el primero en avisar al 112 de las dimensiones de la riada que mantenía, el lunes 4 de noviembre, el casco antigo completamente cerrado.
Requena estuvo aquella tarde del 29 de octubre todo el tiempo en la calle. Desde la zona alta en la que se encontraba, intentaba acompañar a la gente que estaba atrapada mientra llegaban los equipos de rescate, o se lanzaba él mismo al agua. Fue un ir y venir, hasta que el agua lo permitió.Desde entonces, ha estado muy cerca de las familias. Él es natural de Letur, sus padres viven allí y conoce a todos. También colabora en la asistencia que está dando Cáritas en la zona y, de vez en cuando, atendiendo el teléfono del ayuntamiento para recibir y derivar la ayuda que se ofrece.








