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Cardenal Aquilino Bocos: «La prosperidad no tranquiliza la inquietud del hombre»

El purpurado, claretiano, publica Cultivar el asombro, una invitación a conmoverse ante el misterio de Dios y a ser sal, luz y levadura para el mundo actual a través del testimonio coherente

Dice Goethe que el punto más alto al que puede llegar el hombre es el asombro. Y Chesterton, que el mundo está lleno de maravillas, pero que falta capacidad de asombro. Con estas dos frases se puede explicar el propósito del cardenal Aquilino Bocos Merino, CMF, en su nuevo libro: Cultivar el asombro (Publicaciones Claretianas). No en vano, el autor recoge entre las 226 páginas ambas citas.

—¿Qué entiende usted sobre asombro?
—La palabra asombro nos remite a sinónimos como: sorpresa, deslumbramiento, conmoción, estupefacción, encantamiento, fascinación, arrobamiento, estupor, sobresalto…; o a verbos como: maravillarse, sobrecogerse, sorprenderse, embelesarse, fascinarse, … En todos estos términos hay inquietud, anhelo, vibración, inspiración, frescura y sentido. Remiten a las raíces y a las aspiraciones más íntimas del ser humano; se relacionan con el candor de los primeros años, porque la persona es un ser abierto con proyecto de plenitud. Somos mendigos del Absoluto. J. W. Goethe dijo en su tiempo que “el punto más alto al que puede llegar el hombre es el asombro”. El asombro sobrepasa nuestra admiración.

Podría decirse que el asombro es una conmoción interior que nos estremece, fecunda la calidad de la vida humana y abre la puerta a la veneración de la dignidad de la persona y del misterio de Dios. Dignidad de la persona y misterio de Dios van unidos. Gabriel Marcel escribió: «Sin el misterio, la vida sería irrespirable».

—¿Y hacia dónde debe llevarnos? Entiendo que no es un fin en sí mismo.
—Efectivamente, el asombro nos impulsa hacia el misterio de lo que existe y se nos ofrece. Vivimos religados. El asombro nos hace sentir la luz y el calor de lo sublime, que es el Amor. El asombro nos lleva a la fuente de vida y nos otorga la esperanza de disfrutar de la armonía y de la paz. Albert Einstein afirmó: «El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdadera. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido».

Nosotros no hemos creado el mundo, ni estamos arrojados en él. Hemos sido creados por amor; por pura benevolencia. La realidad que nos circunda es algo que se nos ha dado; tiene un origen más profundo y una meta más alta. Solo quien abre los ojos y contempla las maravillas que le rodea, es capaz de cantar: «Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra».

—Si hoy hay que cultivar el asombro, como dice el libro, es porque hay un déficit. ¿Qué es lo que ha provocado que hayamos perdido esta capacidad?
—Muchas son las causas que atrofian e imposibilitan el asombro porque embargan la atención, el aprecio, la empatía con los valores que sustentan y mueven la vida hacia un nivel superior. Nuestra cultura tiene muchos aspectos positivos para el desarrollo, la medicina, la tecnología, la economía y el progreso en general. Pero ha aumentado la ceguera y la insensibilidad ante lo verdadero, lo bello y lo bueno. La prosperidad de los bienes naturales no tranquiliza la inquietud que el hombre lleva dentro de sí. Sigue disminuyendo el aprecio por la vida y son menos quienes se preguntan por el sentido último de nuestra existencia. Muchos adelantos nos mantienen entretenidos en elucubraciones sin misterio. San Gregorio de Nisa decía: «Los conceptos crean ídolos, solo el estupor conoce». Adoramos ídolos de barro. Nos divertimos con distracciones vacías de gozo y de alegría. El progreso sin rumbo ha incrementado la indiferencia. 

La indiferencia nos sitúa en aquel pasotismo o banalidad que hace de nuestra vida irrelevante, anodina, vulgar y decadente. Dos días después de recibir el Premio Nobel de la Paz, en 1986, Elie Wiesel habló de la indiferencia y dijo: «Si hay una palabra que describe todos los problemas y amenazas que existen hoy día, es la indiferencia». En un momento posterior exclamó: «Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Lo contrario del arte no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, es la indiferencia. A causa de la indiferencia, se muere antes de que realmente llegue la muerte».

 El asombro no tiene cabida en un mundo consumista y ególatra. La obviedad anestesia tanto el pensamiento como la sensibilidad ante el sufrimiento y las tragedias humanas. Sin asombro no hay espacio para el otro en toda su grandeza, ni hay disposición para admirar la inocencia, el candor de los niños, el fulgor de las estrellas, los aromas, el canto de los pájaros o la presencia de quien de verdad nos ama. Los espacios son no-lugares y las relaciones humanas son funcionales que salen de corazones secos y endurecidos. No hay diálogo, ni intercambio, ni encuentro. Se hace imposible la comunidad. La persona no gravita hacia el interior, hacia quien la habita por dentro y la sustenta. Por eso, se pierde el fervor religioso y la actitud contemplativa. Desde este desarraigo y descentramiento se propicia la mundanidad espiritual de la que habla el papa Francisco. Y sin asombro, es imposible afrontar y comprometerse con la exclusión y la marginación porque del asombro brota la misericordia y la justicia, el amor y la solidaridad.

—¿Es más difícil asombrarse en una sociedad como la actual, llena de grandes avances, sí, pero frenética, sin posibilidad para detenerse, mirar y contemplar? Usted escribe que «la aceleración impide captar lo maravilloso».
—Hemos asistido a un desplazamiento de las ideas hacia la técnica y la economía. Nos arrastra el optimismo ante el progreso y el torbellino de la política. Estamos pasando: de lo real a lo virtual (de la acción al teclado); del objeto al sujeto; del conjunto al fragmento; de lo sólido a lo fluido; de la lentitud a la ligereza, de lo público a lo privado, de la seguridad al miedo (terror); de la desinformación a la saturación informativa; del ciudadano al consumidor; etc. La necesaria lentitud para los procesos de maduración humana está desacredita por el afán de inmediatez y ansiedad.

En el cuadro de realidad que nos movemos, la aceleración lleva a consumir novedades. Nada dura. Todo es fugaz. Se cambia desde la ansiedad. Nos hallamos bajo los imperativos de la era del vacío; en la civilización de la ligereza, como dice G. Lypovetsky. Las sensaciones, que tanto nos seducen, son inconsistentes. La aceleración tampoco es amiga de la soledad ni de la contemplación; no permite percibir los matices, el contraste de colores, la armonía, el encanto. Ni admiramos ni nos asombramos. Dejamos pasar las llamadas y enterramos las ilusiones. No es de extrañar que haya crecido el número de desencantados.

Para llegar al asombro que nos introduce en el misterio del Dios vivo y Señor de la vida y de la historia, hay que pararse, dejarse mirar y dejarse interrogar. Ser receptivos. Hay que pensar y conmoverse, que es tanto como dar rienda a la profunda inquietud que brota dentro de nuestro corazón. Es la hora de dar cabida y favorecer la «mística de los ojos abiertos», de la que habla J.B. Metz. Solo así reconoceremos los signos de la presencia de Dios en el mundo en que habitamos.

—¿Hay alguna relación entre la pérdida del asombro y la pérdida de transcendencia y de la secularización en la sociedad?
—Es obvio que sí. Nuestra mayor crisis, en el momento actual, es la de fundamento, de desarraigo. Al desconectar con lo divino, todo se hace muy relativo, evanescente, pasajero. Si en otro tiempo nos inclinábamos a venerar a Dios sin conexión con su reino, hoy somos muy proclives a buscar el reino sin Dios. Y no podemos olvidar que Jesús llamó los discípulos para estar con Él y para expulsar demonios. Comunión y misión van unidas.

En una cultura egocéntrica, posesiva y pragmatista, como la nuestra, es difícil dar espacio a la gratuidad como punto de partida del asombro. Pero nada ni nadie se ha hecho a sí mismo. Somos frutos de un inmenso amor. Somos imágenes de la Trinidad. De ahí la urgencia de recuperar las raíces que pongan frescura en la persona para que pueda asombrarse ante la maravilla de la fecundidad humana, de la amistad y de la solidaridad, de la ternura y de la misericordia. Que pueda asombrarse ante lo creado y dar gloria a Dios. Que pueda apreciar lo que el hombre es capaz de transformar en la naturaleza o lo que puede ofrecer: obras de música, de pintura, arquitectura, literatura…, y bendecir su Nombre. Solo quien sabe que, en las raíces de su existencia, está el amor divino, puede encajar el sentido de la muerte como tránsito a una nueva vida. En definitiva, el asombro confirma y revitaliza la esperanza.

—¿Qué nos indica que la propuesta de vida cristiana que hacemos no provoque en nuestros contemporáneos el asombro?
—Indica que hemos puesto entre paréntesis la audacia y la valentía para expresar, sin rubor, lo que somos. Tenemos la boca y los ojos cerrados, los pies y las manos atados, y, sobre todo, el corazón frío para confesar nuestra fe. Han aumentado los discursos y nos estamos embelesando palabras nuevas y creemos que, porque las pronunciamos, las estamos viviendo. Creo certera la advertencia del Papa Francisco contra los sutiles enemigos  de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo actuales (cf. Gaudete et exultalte). 

Muchos cristianos estamos dejando apagar el fuego de la caridad apostólica. Estamos poniendo trabas a la acción del Espíritu que nos habita por dentro desde el bautismo y la confirmación y nos empuja a ejercer la profecía con palabras y obras.  Un imperativo para los cristianos de nuestro tiempo es buscar, pensar, discernir y proponer creativamente. el pensamiento serio y creativo y una espiritualidad más evangélica, carismática y profética. No podemos contemporizar, transigir, condescender simplemente para ser aceptados.

—¿Ya no asombra el mensaje cristiano? 
—Sí que asombra, pero son menos los que se asombran. Creo en el Espíritu Santo que cuida de su Iglesia y la mantiene como faro en la noche de este mundo entenebrecido por la insensibilidad ante la palabra de vida: el evangelio. Sigo creyendo que el mensaje cristiano asombra a los que abren los ojos, mantienen atentos sus oídos y auscultan sus corazones. Muchos hombres y mujeres de nuestro mundo esperan encontrarse con evangelizadores que, como decía San Pablo VI, hablan de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible. El testimonio de los mártires sigue asombrando a la humanidad. La entrega incondicional de los cristianos a los pobres, a los leprosos, a los enfermos terminales, a los sin techo, a las madres solteras… sigue suscitando interrogantes que acaban en verdadero asombro. Igualmente, quienes desgastan su vida abriendo nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro corazón a la belleza, a la solidaridad y a la comunión; rompen los esquemas de la rutina y de la insensibilidad y provocan el asombro. La generosidad, la alegría, la misericordia y la esperanza siempre suscitan asombro.

—¿Por qué propone a la Virgen María como modelo de asombro?
—Porque María, en su vida, es icono del más puro asombro y es la mistagoga del Misterio. Los Evangelios tienen siete referencias a las palabras de María, que revelan el esplendor de su belleza. Son el verdadero retrato de la mujer sorprendida, agraciada, asombrada, confiada, agradecida, atenta a las necesidades ajenas, solidaria y plenamente disponible.

Cualquiera que lea atentamente el momento de la anunciación, queda sobrecogido. ¿Quién no se asombraría ante el anuncio del Ángel de que ella ha sido elegida para ser la Madre del Señor? ¿A quién no le asombra su turbación?  María visita a su prima Isabel y, ante sus palabras, expresa el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,46-48). En la mirada divina encontramos la clave de su ser agraciada y de su belleza. Dios miró a María y esta mirada la dejó transida de bondad, de belleza, de ternura y de agradecimiento. María y José se asombraban de lo que Simeón decía de Jesús. (cf. Lc 2,33).

María, la llena de gracia, como virgen, como discípula, como madre del Mesías y como esposa del Espíritu Santo se convierte en icono y educadora en el asombro. Su plenitud de gracia es plenitud de belleza, de armonía, de encanto y hasta de deslumbramiento. María, introduce en el misterio de la vida y el pueblo creyente le ruega: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.” Desde su vocación y misión nos enseña que la fe no pide demostraciones. Por eso, al creyente le basta contemplar la belleza, la bondad, la misericordia que destella la presencia de María entre nosotros como sierva del Señor, que es el Salvador. Se le abren los ojos, se da cuenta de que hay otra dimensión desde la que se pueden contemplar los hechos aparentemente absurdos.

—Usted sugiere tres vías —humildad, infancia y la belleza— para recuperar el asombro. ¿Hay alguna indispensable o más importante que la otra o son todas condiciones sine qua non?
—Se entrecruzan las tres y se dignifican mutuamente. Son inseparables porque en el centro están las figuras de Jesús y de su Madre. La encarnación es el camino de la humildad de Dios. ¿A quién no le impacta y sobrecoge el texto de san Pablo a los filipenses?: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. En la encarnación Dios se hizo pequeño. María se siente la esclava del Señor. Como dice el Papa Francisco: “María camina llevando la alegría de quien canta las maravillas que Dios ha hecho con la pequeñez de su servidora”. La humildad de María evoca, más que insignificancia del “humus”, la tierra fecunda que da vida y hace crecer en Cristo. En María se dan la mano lo grande y lo pequeño. Es el arca de la nueva y eterna Alianza.

La vía de la infancia la ha recorrido Cristo. Ha reconocido que el Padre es mayor que él. Reconoce que el niño es la criatura humana más débil e indefensa y que más necesidades experimenta. Por eso indica: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El niño es un referente del reconocimiento del reino de Dios en este mundo y de la primacía de la gracia. En el niño se ve Jesús acogido y aceptado, reconocido. Hacerse niño no es volver a tener pocos años, sino eliminar todo aquello que nos han hecho perder las cualidades del niño: la inocencia, el candor, la ingenuidad, la sencillez, la receptividad, la espontaneidad y la capacidad de admiración. Hacerse niño es abajarse, es desprenderse y confiar. Hacerse como niño es abolir el engaño y el egoísmo.

Y la vía de la belleza, unida a las dos anteriores, no es un mero indicador externo e inmóvil, sino un itinerario que hay que recorrer dejándose seducir e implicándose en su propio recorrido. Para revivir y cultivar el asombro por la vía de la belleza es preciso tener en cuenta que la belleza es un don que ilumina (da luz), eleva y libera de toda esclavitud porque purifica todo afán de poder y de egoísmo. Tiene poder catártico. La belleza insta a pasar del fenómeno al fundamento, de lo visible a lo invisible y hace memoria de lo eterno. Siempre en camina hacia lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman (1Co 2,9). 

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—Y en un contexto en el que la Iglesia es cada vez más pequeña en número, ¿qué importancia tiene el asombro y qué puede hacer para provocarlo en los hombres de hoy?
—La Iglesia es un misterio de comunión y misión. No es reductible a los números, a los edificios o empresas. Ni ofrece lo mejor de sí misma en convocaciones de grandes concentraciones. Ante todo, es preciso confesar la fe del santo Pueblo de Dios al que pertenecen como miembros hombres y mujeres que viven en fidelidad a Jesucristo. La Iglesia es la zarza ardiente, la levadura en la masa, la sal que condimenta la vida, la luz que alumbra en el caminar, la atalaya y el arco iris en la humanidad. El ejercicio de la profecía lo expresa, ante todo, cuando hace realidad la palabra de Jesús: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,35). El asombro de la comunidad cristiana se hace ostensible y llamativo mostrando un estilo de vida coherente según el espíritu de las bienaventuranzas y ejerciendo las obras de misericordia.

Somos más geniales demoliendo que regenerando y construyendo. ¿No asombra el número de mártires? ¿No asombra los miles de personas consagradas? ¿No asombran los Obispos, sacerdotes y laicos comprometidos en el anuncio del Evangelio del Reino? ¿No asombran los miles y miles de hombres y mujeres, que, en fuerza de su fe, llenan de ternura los hogares y están en los frentes difíciles donde se oscurece la verdad, la justicia y la solidaridad? Hay más “santos de la puerta de al lado” que los que nos imaginamos. Las encíclicas y exhortaciones apostólicas de nuestro Papa Francisco son una invitación constante a reavivar el asombro.

—¿Y la vida religiosa?
—Este libro, aunque no está dirigido expresamente a la vida consagrada, espero ayude a cultivar el asombro en los miembros de las distintas familias eclesiales y, por supuesto, en los religiosos y religiosas. El mejor incentivo para provocar el asombro en ellos y ellas es recordar su propia condición. La vida consagrada es un don del Espíritu a su Iglesia, que se expresa de múltiples formas en seguimiento de Jesús, ungido por el Espíritu para anunciar la buena nueva a los pobres. Los consagrados y consagradas han sido seducidos por la belleza de Jesús transfigurado. Se hallan envueltos por la nube del Espíritu e incitados por la voz del Padre: «Este es mi hijo». «Escuchadle». El fulgor del Resucitado les empuja a irradiar la belleza de la santidad de la divina Trinidad ejerciendo las obras de misericordia. Entre sus iconos de referencia son: María, la madre de Jesús; el lavatorio de los pies, Juan y Pedro, Elías –profeta audaz y amigo de Dios–, la unción de Betania, la Samaritana, el buen Samaritano… Espoleados por la riqueza que envuelve su vocación y misión, se convierten en signos proféticos y escatológicos de que el mundo no puede ser transfigurado sin el espíritu de las bienaventuranzas.

La vida consagrada está rodeada de belleza. Comporta en sí misma encanto y seducción por la referencia a Jesús, que es la verdad, la belleza, la bondad. Hay algo que se les puede y debe gritar: «Sed coherentes» para que vuestro estilo de vida sea «aguijón apocalíptico» que, llena de esperanza, clama: «Ven, Señor, Jesús».

—Y una última pregunta. El mundo vive, más que asombrado, perplejo por el mal. Ya sea por el que provocan los hombres o el que surge de la naturaleza. ¿Cómo dar sentido a este asombro que genera en nosotros sentimientos encontrados e incluso exige a Dios cuentas?
Como repite el papa Francisco hay que «despertar al mundo». Tenemos una sociedad anestesiada por el afán de poder, de tener y de placer. Está infectada por la banalidad y el autoengaño. Hemos invertido la escala de valores. Necesitamos una sacudida fuerte para reaccionar: tomar conciencia de los valores que hacen digna y bella nuestra vida y ser coherentes con lo que confesamos. El contexto en el que nos movemos espera un testimonio de vida cristiana inequívoco, sin ambigüedades. Cada uno según su vocación, puede ofrecer su aporte y ejercer de acicate para buscar y acoger el sentido último de lo que nos rodea y el carácter trascendente de nuestra propia vida. Nuestro mundo necesita una alta dosis de ternura, de alegría y de pasión por la belleza. Tenemos oportunidades para la purificación y el relanzamiento.

 Que son muchos y están ahí. Solo hay que correr el velo, levantar las hojarascas, escarbar en el suelo y brotarán ríos de agua viva que calman la sed. Descubriremos semillas dispuestas a germinar. Brazos abiertos para abrazar al diferente. Corazones grandes para hacer un mundo nuevo.

En este tiempo de oscuridad y relativismo, en el que se han roto tantos sueños en pedazos y nos hallamos bajo la presión de guerras, de pandemias y catástrofes naturales, siguen dándose reacciones contra el vacío, la duda, la indiferencia, la trivialidad, la insatisfacción y el sin sentido. Existe un ansia de dar un salto de calidad y llegar a ser más humanos, más libres, más solidarios… y de lograr que la vida sea más bella. En el corazón humano late el recóndito e intenso anhelo por recuperar la inocencia perdida. Experimenta un profundo deseo de elevación y de sintonizar con lo bello y de expresar el ritmo hacia el amor.

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