Queridos hermanos:
Del 18 al 25 de enero es la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que tendrá diversas actividades en nuestra diócesis: comenzando por la celebración ecuménica de este domingo día 19 a las 18h 30m en la Iglesia de Santo Domingo de Cáceres.
Curiosamente este año el lema es una pregunta “¿Crees esto?” (Jn11,26), una pregunta que Jesús dirigió a Marta tras la muerte de su hermano Lázaro. Marta fue aquella mujer afanada y hacendosa que se esforzaba todo lo que podía por atender a Jesús cuando se hospedaba con su familia en Betania, mientras su hermana María se sentaba a sus pies y escuchaba sus palabras. Inquieta como era, apenas se enteró de que Jesús llegaba, salió la primera corriendo a su encuentro para recibirlo quizás con un punto de recriminación por haber llegado con cuatro días de retraso: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano” (Jn 11, 21). Marta creía en la resurrección del último día, pero Jesús le pide pasar de la fe en un dogma a la fe en su persona: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”. Y María: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Cuando Jesús pregunta “¿Crees esto?” no se refiere a una teoría, una filosofía o una ideología; sino a creer en la persona del Hijo. Marta hace una confesión de fe en la persona de Jesús muy parecida a la de Pedro en Cesarea de Filipo, sobre esta fe está edificada la Iglesia: la fe en un Dios personal, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Este año celebramos el 1700 aniversario del primer concilio ecuménico, el concilio de Nicea (325), celebrado cuando la Iglesia todavía no se había dividido, cuando la unidad plena que ahora anhelamos era todavía una realidad. El credo que allí se formuló por primera vez se articula en las tres partes: Creo en el Padre, creo en el Hijo, creo en el Espíritu Santo. Lo que defendió este concilio fue la divinidad de Jesús, es decir, que era el Hijo de Dios vivo, como confesó Marta. Si no fuera Dios verdadero, no podría divinizarnos a nosotros con la resurrección y la vida, ni salvarnos del poder del pecado y de la muerte. El credo común es la unión en lo esencial, en el Hijo de Dios, respetando lo opinable y la diversidad de cada cultura: cómo sea la vida eterna eso no lo sabemos ni el credo nos lo dice.
El ecumenismo no es un trabajo diplomático para llegar a un acuerdo o una negociación para ganar lo más posible o una discusión teológica para imponer unas ideas, sino un encuentro con Cristo, con el Hijo de Dios vivo, en quien alcanzaremos la unidad plena. Todos uno en Cristo.
El Papa Francisco, en la bula de convocatoria del Jubileo de la Encarnación, dice claramente qué entiende él por la esperanza que no cofunde: “La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, «la vida no termina, sino que se transforma»” (Spes non confundit n. 20). Gracias a Él, la vida que tenemos es ya eterna; gracias a Él, tenemos la certeza de que la muerte no es para siempre.
Los cristianos, mientras esperamos el retorno del Señor, estamos llamados a dar testimonio de la fe en Jesús resucitado como fuente de vida nueva a compartir con todos los pueblos. La sola posibilidad de la vida eterna es una exigencia terrible porque es imposible vivir sin tenerla en cuenta. Si no hubiera vida eterna, lo que hiciéramos en esta, aquí se quedaría y no tendría repercusión más allá. Pero si hay vida eterna, tenemos que procurarla y no perderla, prepararnos para ella.
Os espero en las celebraciones ecuménicas de esta semana, especialmente en la de hoy, día 19 en Santo Domingo de Cáceres.
Con mi bendición,







