Estamos ya en Sínodo Diocesano. Queremos caminar juntos con Cristo, a la luz de una espiritualidad sinodal, que tiene dos palabras que son clave: escucha y discernimiento. No podemos hacer este camino, si no lo hacemos juntos, por Cristo con Él y en Él. El Papa Francisco está continuamente recordándonos que la sinodalidad no es algo nuevo, que la Iglesia siempre ha sido sinodal. ¿Cómo podemos acertar en este camino? ¿Cómo tratar esta confianza a todo el pueblo de Dios para que descubra que el camino es escuchar y discernir? ¿Cómo hacerlo juntos, sacerdotes, vida consagrada y laicos?
Para discernir bien y elegir lo que el Señor quiere para esta Iglesia que camina en Toledo son necesarias tres escuchas, para las que nos hemos ido preparando en la etapa de preparación. No se dará ningún paso sin la escucha de la Palabra, de la Eucaristía y de los hermanos. Sin ellas no seremos capaces de dar pasos de discernimiento ante los retos de evangelizar sin complejos y con pasión.
La escucha es volver al corazón, como nos indica el Papa Francisco en Dilexit nos, sobre el Corazón de Jesús. Hay que volver al corazón.
- Escucha del Corazón del Señor en su Palabra, en la Eucaristía, en el Espíritu que habita en su Iglesia. Una archidiócesis en la que nos ponemos todos a la escucha del Señor, volviendo a escuchar los latidos de su Corazón que nos lanza a evangelizar este mundo que se muere de tristeza y de frio. Una espiritualidad del Sínodo exige que nadie crea que está al margen de este acontecimiento eclesial, que debe ser un nuevo Pentecostés de renovación y de santidad. Partiendo del Bautismo nos sentimos todos como pueblo de Dios, que escucha lo que el Señor con su Espíritu nos suscita hoy, para dar respuesta a los retos de nuestro tiempo. No evangelizaremos hoy si no crecemos por dentro, para luego servir por fuera.
- Escucha de los gozos, sufrimientos y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. ¿Escuchamos el latido del Corazón de Dios en una humanidad cansada y agobiada? Este Sínodo, tiene que ser un espacio y un tiempo privilegiado de escucha del sufrimiento de la humanidad. No podemos mirar a otro lado. Hay que escuchar más para escuchar mejor. Nuestra gente, los niños, los jóvenes, los adolescentes, los mayores nos piden y nos reclaman cada vez más. El sufrimiento y la búsqueda de muchos es angustiosa, por eso hay que ponerse a la escucha.
En el documento final del Sínodo se nos recuerda la urgencia y la necesidad de escuchar a nuestros hermanos que viven en la intemperie y en las periferias geográficas y existenciales, donde hay que afinar la escucha, para “dar razones” de nuestra fe, esperanza y caridad. - Escucha de los que comparten nuestra vida y nuestra fe. Nuestros grupos sinodales, deben dejar tiempo para escucharnos y compartir. La escucha sin prisa es espíritu sinodal.
Ayudar a todos a “volver al corazón”. Tener espacios en todos los grupos sinodales, a que nos escuchemos y pongamos atención a todo lo que se dice y se sugiere, donde el Señor actúa. No podemos olvidar que donde estén dos o tres reunidos en su nombre, allí esta el Señor en medio de nosotros.
La escucha es la verdad, el camino de la vida verdadera, que es Jesús, será el gran fruto del Sínodo y la herramienta más fecunda para el discernimiento. Tenemos que ponernos en camino junto a los demás, pero siempre escuchando. Escucha Israel… Esta escucha nos ayudará a vivir la comunión que se realiza cuando todos volvemos al Corazón de Cristo, al corazón del hermano y a escuchar nuestro corazón. Se tiene hambre y sed de amor.
Junto con los grupos sinodales ordinarios, que ya existen en las parroquias: consejos pastorales, vida consagrada, catequistas, movimientos, asociaciones, deben de existir otros grupos extraordinarios, como pueden ser grupos de sacerdotes, de vida consagrada, de laicos especializados. También grupos de personas que no practiquen habitualmente en la vida de la Iglesia, de la parroquia y que viven en los centros penitenciarios, residencias de mayores, universidad, mundo laboral, compromiso social… Caminemos juntos con Santa María del Sínodo, Madre de Dios y Madre nuestra.







