Eloy Bueno de la Fuente firma la ponencia al segundo itinerario del Congreso de Vocaciones
El segundo itinerario del Congreso Nacional de Vocaciones ha tratado sobre el concepto «Comunidad», y su ponencia ha corrido a cargo de Eloy Bueno de la Fuente. En su disertación, ha establecido que hablar de comunidad en un evento sobre pastoral vocacional es «fundamental», ya que toda vocación cristiana es eclesial y la vida de la Iglesia se manifiesta como un dinamismo continuo de vocaciones. La vocación y la comunidad están intrínsecamente unidas, como lo expresa el papa Francisco: sin el «nosotros» que trasciende el «yo», la vida eclesial se fractura. Y ha encontrado en san Agustín la respuesta a la pregunta sobre la que se centra el Congreso —«¿Para quién soy yo?»—: «Con vosotros soy cristiano y para vosotros soy obispo», dice el santo de Hipona, resaltando que el ministerio episcopal es un servicio a la comunidad, basado en la koinonía del bautismo.
De esta forma, la pastoral vocacional debe abordar la distancia que muchos establecen entre su fe personal y la realidad de la comunidad eclesial. Este salto reduce la eclesialidad a un cumplimiento de normas o a la pertenencia a un grupo, en lugar de reconocer que la Iglesia es una realidad personal, donde las relaciones, con la misión como horizonte, son fundamentales. Así, ha recordado también el Documento final del Sínodo, el cual enfatiza que «la sinodalidad implica una profunda conciencia vocacional y misionera», lo que resalta la importancia de las relaciones en la vida de la Iglesia.
Según ha afirmado el autor, la Iglesia, como ekklesía, es una comunidad de llamados, que existe gracias a la iniciativa de Dios y que, por tanto, antecede a la Iglesia y a cada creyente. Sin embargo, vocación y misión están íntimamente ligadas, pues ser cristiano implica una decisión consciente en respuesta a la gracia del Altísimo. Desde esta perspectiva, ha apuntado Bueno de la Fuente, el Bautismo no es solo un rito, sino el inicio de una vida que integra al individuo en la historia de amor de Dios con la humanidad.
Posteriormente, el autor ha citado el Concilio Vaticano II, en el que se introdujo la noción de «Pueblo de Dios», estableciendo y destacando la igualdad y dignidad de todos los bautizados. Este reconocimiento, sin embargo, también implica que todos somos corresponsables de la misión de la Iglesia, lo que desafía una visión más tradicional, centrada exclusivamente en lo clerical. La máxima expresión de la dignidad de cada bautizado se manifiesta en su participación activa en la vida de la Iglesia, que debe ser entendida como una «comunidad en salida, comprometida con el mundo».
Solo de esta forma, ha proseguido, la Iglesia superará la comprensión de sí misma como una entidad abstracta, pasando a realidad concreta, habitada por personas, cada una en su contexto específico. Dentro de esta variedad de circunstancias, las Iglesias locales cobran protagonismo erigiéndose como estructura básica de la Iglesia universal, donde cada comunidad, con su casuística, debe ser vista como un «nosotros» eclesial. Y todo ello sin olvidar que la familia, como «Iglesia doméstica», también juega un papel crucial en la transmisión de la fe y en la vivencia de la vocación.
Así las cosas, la diversidad de vocaciones en la Iglesia debe ser entendida como algo que produce un enriquecimiento mutuo: cada miembro tiene un papel que desempeñar, y la comunidad debe fomentar un ambiente en el que se produzca el florecimiento de estas vocaciones. Siguiendo el hilo de la argumentación de Bueno de la Fuente, la pastoral vocacional debe ser transversal, integrando todas las dimensiones de la vida eclesial. Como ya se ha comentado anteriormente, el discernimiento comunitario es una cuestión esencial para identificar y promover vocaciones: la comunidad debe ser protagonista en este proceso, reconociendo que cada vocación surge en respuesta a las necesidades de la Iglesia.
Finalmente, Bueno de la Fuente ha señalado como esencial la configuración de una cultura vocacional. Por ello, a su juicio esta pastoral no debe permanecer como algo aislado, sino que tiene que haber una perspectiva que la impregne en su totalidad. La comunidad, como ha quedado demostrado, debe acompañar a los llamados, creando itinerarios formativos y espirituales que no hagan sino reflejar la eclesialidad de cada vocación. Teniendo siempre en primer lugar que la acción del Espíritu Santo es lo más determinante en la vida de la Iglesia.








