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Congreso de Vocaciones: Dios sigue llamando

«Promover la vida como vocación» es el gran objetivo del Congreso de Vocaciones. Hablamos de ello con dos matrimonios, un sacerdote y una religiosa. «Si la vocación es llamada, lo que hay que hacer es ayudar a cada cristiano a escuchar a Dios», afirma uno de ellos

Dice la Real Academia Española que la vocación es inspiración con que Dios llama a algún estado, y añade en otra acepción: la inclinación a un estado, profesión o carrera. Podríamos añadir que hasta hace no mucho, en el ámbito religioso, hablar de vocación era referirse exclusivamente a sacerdotes o religiosos. La pastoral vocacional estaba orientada a estas formas de vida. Los derroteros hoy van por otro lado, aunque hay documentos, como Nuevas vocaciones para una nueva Europa, de la Santa Sede, que ya apuntaban la necesidad de un cambio nada menos que hace casi 28 años. Se trata de proponer a todos la vida como vocación con dos referencias: el Bautismo, que nos abre la puerta a ser miembros de la Iglesia, la comunidad de los llamados, y la santidad, la meta. En medio, cada cual podrá discernir la llamada concreta que Dios hace en su vida: el sacerdocio, la vida religiosa o el laicado y, dentro de esta opción, el matrimonio.

Este es el tema central del Congreso de Vocaciones que se celebra en Madrid del 7 al 9 de febrero, una etapa importante en el camino de la Iglesia española en su afán por sugerir la vida como vocación. Un proyecto que si tiene éxito tendrá consecuencias positivas a nivel eclesial, pero también social, como recoge su documento preparatorio. Es importante, pero solo un paso, porque lo que se pretende es generar un camino, procesos que haga descubrir la vida como vocación e impulsen y consoliden en cada Iglesia local un servicio que anime esta propuesta y promueva los distintos caminos vocacionales.

Dice el documento vaticano ya citado —fue el texto final de un congreso sobre las vocaciones— que son precisos padres y madres abiertos al don de la vida; esposos y esposas que celebren la belleza del amor humano; personas capaces de diálogo y de caridad cultural para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad; profesionales y personas sencillas capaces de imprimir al compromiso en la vida civil y a las relaciones de trabajo y amistad la transparencia de la verdad y la fuerza de la caridad cristiana; sacerdotes de corazón grande; apóstoles consagrados capaces de sumergirse en el mundo…

Bien podrían ser estos los invitados a un encuentro para conversar sobre la vocación y las vocaciones en el edificio SEDES SAPIENTIAE, casa de las editoriales de la Conferencia Episcopal y de ECCLESIA. Una religiosa que desarrolla su labor en medio del Camino de Santiago, un párroco en un barrio de Madrid, un matrimonio con seis hijos, y otra pareja, casados hace unos meses y que pronto se convertirán en misioneros en Tanzania. Son Carlota Carvajal, Joaquín Hernández, Olatz Elola y José Manuel Hernández con los niños, y Pablo de Mergelina y Gloria Rey.

Los niños —Nuño, Cayetana, Izaskun, Marieta, Yasmine y Aurora— también están presentes. Ellos se presentan y escuchan, mientras dibujan, ponen pegatinas y colorean, los testimonios. Nuño tiene 10 años, ya hizo la primera comunión y es el único chico. Yasmine es la quinta, con 18 años. Tiene una explicación: la de ahora fue su familia de verano y en estos momentos lo es de acogida. Estudia 1º de Bachillerato, ha hecho la iniciación cristiana y en Pascua recibrá los sacramentos.

José Manuel y Olatz con sus hijos. / Carlos Mira

Ya en materia, con los adultos, se puede ver la acción de Dios a lo largo de su vida. Gloria, por ejemplo, vivió la fe con mucha intensidad desde pequeña, en la Acción Católica y luego en grupos misioneros. Le venía de herencia familiar. El padre Joaquín también siguió una experiencia lineal y fue en su parroquia, San Miguel de los Santos, en Madrid, donde descubrió la vocación, no como un gran shock, sino como una convicción interna que fue apareciendo poco a poco. Los demás, con sus altibajos y alejamientos de la fe, volvieron a los brazos de Dios, que les puso en el camino.

Aunque con vocaciones diferentes, las frases se repiten. Carlota Carvajal, colombiana y religiosa de las Hijas de Santa María de la Providencia en Arzúa (La Coruña), donde atiende a los peregrinos del Camino de Santiago, nunca pensó que sería religiosa.  Dios se valió de dos personas para que descubriera su camino: una profesora que la invitó a ir a la Eucaristía dominical y dos compañeras que la animaron a participar en el mismo grupo juvenil que ellas: el de las Hijas de Santa María de la Providencia. Allí conoció su labor con las personas con discapacidad y tras un periodo de discernimiento, decidió entrar. Le atrajo el carisma de la congregación, que se puede resumir en llevar a las personas el rostro de Dios Padre, ayudarlas a que sientan que Dios es su padre.

Carlota pertenece a las Hijas de Santa María de la Providencia.

Olatz explica cómo Dios la fue atrayendo hacia sí poco a poco, a pesar de que ella se dejaba seducir por las promesas «vacías» del mundo de hoy. En la Misa sentía que le pedía una respuesta afirmativa. Pero no se rindió ante la insistencia hasta que descubrió su propia fragilidad atendiendo a una anciana en una casa de las Misioneras de la Caridad en Portugal. «Me sentí muy pequeña, pero también muy amada y tuve que ir al Sagrario, el único sitio donde podía estar sola. Allí volví a sentir cómo Dios me interpelaba. Le dije que sí y mi vida empezó a cambiar poco a poco», narra.

De esa pregunta divina, surgieron otras: «¿Cuál es mi tierra?» Pensó en la vida consagrada, pero descubrió que no era eso. Hasta que encontró a José Manuel y supo que era él. ¿Cómo? «Me quiso de una manera similar a como Dios quiere, no por lo que podía darle, sino por quien era. El mundo siempre había tratado de obtener algo de mí y él no quería nada, solo me quería por como era». Olatz hace una pausa, mira a Carlota y apostilla: «Esta es la felicidad que Dios tenía preparada para mí, aunque no hubiera dicho que sería como esposa y madre de seis».

El punto de inflexión de Pablo de Mergelina para convertirse en discípulo fue su paso por la universidad. Es cierto que había una cierta siembra cristiana, pero ahí, como él mismo dice, «Dios lo encontró». Luego, a través de su párroco de entonces, José María Calderón, hoy director de Obras Misionales Pontificias en España, entró en un grupo de misiones. Allí conoció a Gloria.

José Manuel recuerda que fue en la JMJ de Colonia donde cayó a los pies de Dios. Fue con la parroquia de San Germán de Madrid, donde encontró una comunidad y a su futura esposa. «Estuve un año detrás de ella y en ese tiempo fue cuando verdaderamente me enamoré de Jesús y terminé de convertirme», explica.

Una vez casados, los hijos fueron la siguiente llamada: «No entendíamos a esa gente que decía que primero había que disfrutar antes de tener niños. ¿Pero es que tener hijos no es disfrutar? Que la vida se acaba», dice Olatz. En el día a día, la fe no es algo accesorio, como el inglés o el deporte, sino central: «Jesús es parte de nuestra familia, porque vivimos en su presencia. Sin él, nuestra familia no tendría sentido. Vivimos tratando de mirarle a él y en cada cosa pequeña o grande decir ¿tú qué quieres? Nuestra familia vive de la providencia en el sentido material y espiritual».

El padre Joaquín es párroco en Madrid.

El padre Joaquín, al que mucha gente conoce por su actividad en redes sociales y el pódcast Al lío, prefiere definirse como lo que es: párroco en San Clemente Romano, en el barrio madrileño de Villaverde, y un enamorado de la renovación pastoral. Toma la palabra para explicar que la llamada al sacerdocio tiene mucho que ver con una paternidad espiritual. «Yo vivo el sacerdocio como padre y nada me hace sentirme más padre que el poder cuidar espiritualmente de las personas que el Señor ha ido poniendo en mi camino», explica.

En su ministerio hay un acento muy fuerte: la evangelización. «No puedo estar tranquilo aunque todas las Misas de la parroquia estén llenas, porque solo serían una parte de toda la población. No me puedo contentar con tener grupos o las Eucaristías llenas mientras no hayamos llamado a todas las puertas», dice.

Gloria y Pablo son un matrimonio misionero. / Carlos Mira

«Dios capacita»

En el caso de Pablo y Gloria, su vocación misionera fue como una siembra en distintos momentos. «Siempre pienso en la típica frase de que Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los que elige. Y es verdad. Si miro atrás en mi vida, veo que la misión es para lo que Dios me ha estado preparando. Si me ha preparado para esto, será que me quiere ahí», explica Pablo.

Carlota, en el acompañamiento que brinda en el Camino de Santiago, a creyentes y no creyentes, se encuentra a menudo con la falta de sentido y el vacío y cómo, en algunas ocasiones, Dios acaba por llenarlo. Explica el caso de un joven, que utilizó su hombro para llorar desconsoladamente tras recibir una imagen de la Virgen de la Providencia y que, una vez completada la peregrinación, fue a su parroquia a pedir el Bautismo. 

Los retos

La conversación avanza y toca hablar de los retos. Pablo de Mergelina responde rápido: la inculturación, en su caso, en Tanzania. «Como dice un misionero, tenemos que nacer de nuevo, aprender el idioma, disfrutar de la comida… hasta el punto de entender la vida como ellos la entienden. Sé que eso me va a costar mucho, porque llegaremos con nuestras ideas y valores, con nuestra mentalidad de ser productivos», añade.

El padre Joaquín identifica reto con alegría. Y la mayor alegría, dice, «la podría definir como que las personas encuentren a Jesús». «Hace no mucho —continúa—, una abuelita me decía, después de una confesión, que había estado yendo a Misa toda la vida, pero que no lo conocía. Hablamos de gente mayor y de familias enteras que, gracias a que uno de sus hijos pide hacer la Primera Comunión, se acercan a la Iglesia. Esto está ocurriendo aquí. Hay personas que están conociendo a Jesús y empezando a ser discípulos y misioneros».

Otro de los asuntos que sale en la conversación es el acompañamiento. El sacerdote lo hace, igual que Carlota en medio del Camino de Santiago. Olatz promueve PrayPlan, la primera comunidad virtual para acompañar en la fe. Toma la palabra la religiosa: «Yo siempre explico que la vocación no es solo para ser sacerdote o religiosa». El padre Joaquín reafirma esto, pero añade una reflexión más: «Creo que hay que dar otro paso, entender que ya hemos sido llamados, que ya tenemos una vocación, la vocación bautismal. Todas las demás son concreciones de esa. Lo digo porque hay muchos jóvenes que están esperando a que Dios les llame a algo y todavía no están viviendo en plenitud su vocación bautismal. ¿Es posible vivir tu vocación concreta sin haber vivido lo anterior? Supongo que no. Dios construye el corazón y lo hace en orden».

Comunidad

Dice Olatz que uno de los principales problemas, y estrategia del demonio, es el aislamiento: «Tenemos más comunicación, más alternativas de ocio, pero vivimos muy aislados. Cuando uno es capaz de discernir con ese acompañamiento, con esa comunidad en la Iglesia, descubre a otros que están también heridos y que no pasa nada, que por esas heridas es elegido por el Señor». «Hoy, un cristiano no vive solo», agrega el padre Joaquín. Y continúa: «Cuando hay un joven que ha empezado a tener amigos dentro de la Iglesia y esa Iglesia busca a Cristo, ese joven acaba de abrir la puerta de la salvación, o sea, está salvando su vida. Porque deja de vivir solo y la comunidad le va a mostrar en Jesús». 

«A nosotros nos salva vivir en comunidad, nos da la vida», apostilla José Manuel. Gloria experimentó cómo la comunidad, la Iglesia, ya les sostiene. Cuenta su caso particular, cuando fueron enviados con otros misioneros en una celebración en la catedral de la Almudena, en mayo del año pasado. «Me sentí amada y querida. Recuerdo que el arzobispo, José Cobo, nos dijo que no estábamos solos, que la Iglesia de aquí nos sostiene», agrega.

Propuestas

Tras casi una hora de encuentro, toca pedir a nuestros invitados una propuesta para que la Iglesia promueva la vida como vocación. «Si la vocación es llamada, eso significa la palabra, lo que hay que hacer es ayudar a que cada cristiano sepa escuchar a Dios y quiera. Porque el descubrimiento de la vocación bautismal, el ser discípulo, es lo que lanza a ser apóstol y a entender que la vida es una misión, que estamos aquí para algo», subraya el padre Joaquín.

Carlota apuesta por acercarse a los jóvenes de manera gradual, por ejemplo, con experiencias concretas de voluntariado, de modo que vayan descubriendo poco a poco cuál es su vocación y la llamada de Dios. También pide que las comunidades religiosas abran sus puertas para que las personas vean su estilo de vida, como están y viven.

Gloria reconoce que lo que ayuda, y así sucedió en su caso, son los testimonios de personas que van a contracorriente, que lo han dejado todo por el Señor: «Hay que dar testimonio de Dios en nuestra vida, donde nos toque. No hay que tener miedo y ser coherente. Creo que es algo que mueve el corazón». Pablo añade que hay que suscitar el deseo de que Dios me llame a algo y enseñar a escuchar. Y proponer modelos atractivos, que, en su opinión, pueden ser los santos.

La conversación se va cerrando. La noche ya ha caído, llueve un poco. El padre Joaquín se tiene que ir a la parroquia y Olatz y José Manuel tienen tarea con baños y cenas de los niños. 

Olatz cierra la charla con su visión sobre las demás vocaciones: «Siento realmente que me nutro de la vocación de Joaquín, de la de Carlota, de la de Gloria y Pablo. Qué bien lo ha pensado el Señor, porque yo no me podría ir a Tanzania y otro, quizás, no podría asumir mi vida. Pero, en el fondo, yo también me voy a Tanzania, porque, al ser Iglesia, estoy ya un poco allí. Donde no llega uno, llega el hermano, y me parece precioso cómo unas vocaciones sostienen a las otras. Cuando escucho a un sacerdote hablar sobre su vocación se me enciende el corazón. Y, quizá, que los matrimonios vivamos con fidelidad puede ayudar a otras. Al final, la última vocación es la santidad».

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