Queridos hermanos:
Quiero comenzar haciendo un llamamiento a rezar por el Papa Francisco, para que el Señor nos lo conserve y le dé fuerzas para dirigir su Iglesia como ha hecho hasta ahora en la peregrinación por este mundo.
Este año, seguramente debido a su situación, no contamos todavía con el acostumbrado mensaje pontificio de Cuaresma, que nos daba luz para vivir estos días en unión con toda la Iglesia.
Y es que el próximo día 5 de marzo es ya Miércoles de Ceniza. Las cuaresmas de los años jubilares tienen una mayor intensidad, si cabe, porque los Años Santos anuncian la alegría de la misericordia desbordante de Dios que perdona nuestros pecados y nuestras culpas para siempre, para la eternidad, y los cuarenta días previos a la Pascua tienen un carácter eminentemente penitencial.
El éxodo de Israel por el desierto fue un camino de liberación y purificación para poder entrar en la tierra prometida totalmente renovado. En el camino a Jerusalén para “celebrar” la Pascua, Jesús fue preparando a sus discípulos para recibir el Espíritu Santo y anunciar la buena nueva del evangelio al mundo entero. La cuaresma cristiana es nuestro camino particular para dejarnos reconciliar con Dios y reconducir nuestra vida con la esperanza puesta en él.
La reconciliación es un don de Dios. No somos nosotros, pobres pecadores, los que nos reconciliamos; es el Señor mismo el que nos ofrece la reconciliación en la cruz de Cristo. Decía Santo Tomas de Aquino que, la misericordia no es un sentimiento de compasión, sino una virtud –“la mayor virtud entre todas las que miran al prójimo”– por la que nos parecemos a Dios: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27), nos pide Jesús en el evangelio. Esta virtud que se adquiere y se ejercita especialmente en cuaresma consiste en volcarse en los otros y socorrer sus deficiencias. Sigue diciendo Santo Tomás: “Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en lo cual resplandece su omnipotencia al máximo”. Me encanta la oración de la misa que dice: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia”. Ese es nuestro Dios.
No pedimos misericordia a quien sufre una derrota humillante, o a quien le imponen una condena vergonzosa, o a quien está siendo víctima de un crimen violento… Más bien, pedimos misericordia para ellos. La misericordia es la virtud de quien tiene capacidad de compartir sus bienes, de perdonar las ofensas y de restaurar la dignidad perdida. El que concede un indulto ha de estar por encima de la ley; el que no se venga de las injurias recibidas ha de tener autodominio para controlar y no dejarse llevar por la soberbia y la ira, por el honor mancillado. Ser misericordioso no es ser injusto. La justicia ciega sin misericordia corre el riesgo de convertirse en crueldad, y la misericordia sin justicia da lugar al libertinaje y al desorden: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Sal 85,10). La justicia y la misericordia, como la verdad y el amor, no son opuestas entre sí, sino que se necesitan la una a la otra. Cumplir la justicia no es el final sino el principio. La misericordia, como el amor, va más allá de la justicia, pero no más acá: “Alcanza al pecador y lo libera, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor” (Papa Francisco, Misericordiae vultus, 22). La muestra de que un pecador ha acogido la misericordia de Dios es que “devuelve cuatro veces más” de lo que ha robado, como Zaqueo. Va más allá de lo justo y lo debido. Comparte su manto con el necesitado, ofrece la otra mejilla. Y la prueba de que la misericordia no ha sido efectiva es que, aunque se le haya condonado su deuda, sigue extorsionando y aprovechándose de los demás. “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo” (cf. Mt 18,23-35). El pago que el Señor nos pide por su misericordia se paga en el hermano, en el prójimo necesitado.
Queridos hermanos, en esta cuaresma jubilar, hagamos también nosotros la prueba de fuego de la misericordia de Dios: solo si somos capaces de ser misericordiosos con los demás habremos ganado la gracia jubilar. La alegría del perdón que anticipa el cielo en la tierra no es completa hasta que no somos capaces de ofrecer de corazón a los demás la reconciliación que el Señor nos ofrece a nosotros.
Estamos unidos en la oración por el Papa Francisco.
Con mi bendición,







