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Una gran alianza social para la esperanza

Seguramente, este lunes, con motivo de la apertura de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE), habrás escuchado dos propuestas que, por boca de Luis Argüello, la Iglesia lanza al conjunto de la sociedad española.

La primera tiene que ver con la grave crisis demográfica que vive Europa y, en concreto, nuestro país. Una crisis que cualquiera al que se le pregunte asume como tal, pero que nadie con responsabilidad afronta con todas las consecuencias. Quizás, porque es una cuestión que va más allá de la economía, a menudo planteada como objeción y, por tanto, también como solución. Ciertamente, ayuda, pero las medidas económicas no resuelven por sí solas el problema.

Este asunto esconde problemas mucho más profundos sobre la concepción del ser humano, pues las reglas de juego de la sociedad actual, como dice el propio Argüello, hacen difícil que la transmisión de la vida tenga un hueco en los proyectos vitales de los ciudadanos.

La segunda propuesta tiene que ver con llevar la esperanza a aquellos que están excluidos de la sociedad por estar indocumentados y «viven en una tierra de nadie que no propicia nada bueno»: los migrantes sin papeles. Se concreta en una invitación a los dos grandes partidos políticos de nuestro país a impulsar la tramitación de la Iniciativa Legislativa Popular, apoyada por cientos de miles de ciudadanos y que está en punto muerto en el Congreso de los Diputados.

El proceso, en el que la Iglesia ha tenido un gran protagonismo, y que ahora quiere que se concrete, facilitando el encuentro y el diálogo entre los que tienen la responsabilidad de llevar adelante el mandato ciudadano.

Estas propuestas, enmarcadas en esa gran alianza social para la esperanza de la que habla Francisco y que recoge Argüello no son meras soluciones técnicas, sino una propuesta de un cambio de cultura que, como dice Juan Pablo II en Evangelium vitae, «tiene su raíz en la misma misión evangelizadora, propia de la Iglesia».

Si uno lee con detenimiento el discurso de Luis Argüello, encuentra los elementos sobre los que se asientan estas propuestas de esperanza para la vida social. Uno de ellos es la Eucaristía, en la que Jesús abraza el tiempo, entra en la historia y nos acompaña en nuestro caminar, llenándonos de esperanza.

Pero también aparece la acogida de la vida eterna, esa que ya pedimos para nuestros hijos desde el Bautismo y «nos lanza a vivir y realizar lo que parece imposible», y en la presencia de Dios en los pobres, que «nos convoca a la esperanza, al mismo tiempo que nos pone a prueba».

Se trata, como el mismo arzobispo de Valladolid dice, de una propuesta contra corriente, que tiene que ser testificada y que puede provocar problemas en la propia vida. Y que, por tanto, exige superar la doble vida que separa la fe de nuestro día a día, la práctica religiosa de cómo nos comportamos en las relaciones con los demás, en cualquier ámbito de nuestra vida: laboral, personal…

La clave, sobre todo para los laicos, grandes protagonistas de llevar el mensaje de Jesús a las realidades temporales, está en este párrafo: «El anuncio del Evangelio ha de encarnar la dimensión social del kerigma, la vida comunitaria y el compromiso de la caridad iluminado por la Doctrina Social de la Iglesia, que plantea el coloquio entre Evangelio y realidad. Arranca proponiendo una concepción de la persona, continúa con una comprensión de la familia, una propuesta del trabajo y la economía orientada por la justicia, sigue haciendo una propuesta de vida política en favor del bien común, y culmina con una propuesta de relaciones internacionales que busquen la paz y el cuidado de la casa común».

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