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Trump, el espectáculo continúa

En la era del espectáculo, la imagen no es solo un añadido del discurso político: es el discurso mismo. Nadie lo ha entendido mejor que Donald Trump

En la era del espectáculo, la imagen no es solo un añadido del discurso político: es el discurso mismo. Nadie lo ha entendido mejor que Donald Trump, quien ha convertido la política en un espectáculo permanente y a sí mismo en protagonista principal. El último episodio de esta tragicomedia visual lo protagoniza una imagen tan estrambótica como simbólicamente potente: Trump vestido de Papa, como si encabezara una iglesia del espectáculo y del poder populista. Pero la escena no empieza ni termina ahí.

Hace apenas unas semanas, en el funeral del papa Francisco, otra imagen dio la vuelta al mundo: Trump, entre la solemnidad y el oportunismo, aparece junto al presidente ucraniano Volodímir Zelenski, intercambiando palabras bajo el foco de las cámaras, sentados ambos en unas sencillas sillas muy cerca de los restos mortales del papa Francisco. No sabemos si se trataba de una reunión diplomática o de una declaración oficial, pero somos consciente de que estamos ante una fotografía, cuidadosamente capturada y ampliamente difundida, que contenía todo lo necesario para alimentar el debate, la interpretación y, cómo no, la polémica. Se trata más de una performance que un momento de relevancia política. Su elección no es casual.

Tampoco lo es la que nos ocupa, mucho más provocadora. Trump, al compartir en su perfil social una imagen suya con las vestimentas papales, creada por la inteligencia artificial, como si se autoproclamara líder supremo, no de una religión, sino del espectáculo mediático-político, está lanzando un mensaje propio. La estrategia es evidente: no se trata de gobernar con ideas, sino de marcar presencia constante en el imaginario colectivo. Trump no necesita ofrecer propuestas cuando puede ofrecer titulares. Y eso, en la política contemporánea, es muchas veces más eficaz.

La imagen, que algunos califican como blasfema y escandalosa, no es tan solo un acto de provocación religiosa. Es una declaración de intenciones sobre el modelo de poder que Trump pretende encarnar: uno sin límites, mesiánico, mediatizado, donde la frontera entre lo serio y lo estrambótico se diluye. En este escenario, la política se convierte en un circo, y Trump, con astucia, se inviste como maestro de ceremonias. Cada imagen, cada post, cada montaje o aparición escenificada sirven únicamente para mantener los focos sobre sí mismo. No importa la veracidad, la decencia o el respeto institucional, tan solo estar, aparecer, dominar y ser el centro de atención de los medios.

La política de la imagen no es nueva, pero Trump la ha elevado a una particular forma de arte —o de propaganda— con una eficacia peligrosa. Al convertir cada aparición en una noticia y cada gesto en una narrativa, transforma el discurso político en una lucha por la atención más que por el bien común. Y lo hace sabiendo que en la era digital, la imagen escandalosa vale más que los argumentos.

Así, mientras algunos aún discuten sobre si su imagen vestido de papa es broma o provocación, Trump ya ha ganado: seguimos hablando de él. Ha vuelto a alimentar el espectáculo político: como buen jefe de pista sabe que mientras haya aplausos, él seguirá siendo protagonista.

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