La diócesis de Teruel acoge desde el viernes y hasta el domingo un congreso para dar respuesta a la desesperanza y la pérdida de la ilusión por vivir
José Antonio Satué, obispo de Teruel, camina por las calles de Roma rumbo a Santa María la Mayor para rezar ante la tumba del papa Francisco. En el camino al templo atiende a ECCLESIA, solo dos días antes de que comience en Teruel el congreso La esperanza, emergencia social. Un evento inspirado, precisamente, por la intuición de Francisco que dedicó este año a la esperanza.
—¿Por qué la esperanza es una emergencia social?
—La esperanza, la ilusión por vivir, el empeño por superar las dificultades son realidades que están muy bajas en nuestra sociedad. Afectan incluso a la gente más joven y a los niños que, en algunos casos, sufren enfermedades psicológicas y psiquiátricas. Esto debe llevarnos a hacer un análisis serio sobre lo que nos está ocurriendo. El papa Francisco, con esa intuición que tenía, conectó con esa realidad al dedicar el Jubileo de 2025 a la esperanza.
—¿Afecta esta falta de esperanza también a las personas de fe?
—Sí. Tenemos fe, pero nos cuesta descubrir signos de esperanza en el mundo. A veces, somos más profetas de calamidades que personas que contagian esperanza en Dios. Por eso pensamos que un congreso sobre la esperanza podía servir. Pero también es una oportunidad para llegar a las personas que habitualmente no participan en nuestras celebraciones.
—Porque este es un tema transversal…
—Es un tema que preocupa a todos. Queríamos crear un espacio de encuentro, de compartir preocupaciones y proyectos, para personas con fe o sin ella, con una sensibilidad política u otra. Creo que esto puede ayudarnos mucho en estos momentos. Los católicos queremos ser signos de unión en temas de interés común.
—¿Cómo puede ayudar la Iglesia a llevar la esperanza a tanta gente que la ha perdido?
—Para mí, estos días que estamos viviendo son especialmente significativos, porque la muerte del papa Francisco, el precónclave y el cónclave han sido días en los que se ha manifestado de una forma especial la esperanza que tanta gente, que a pesar de verla con cierto recelo, tiene en la Iglesia. Creo que esta experiencia es como un desafío que nos tiene que tocar a los creyentes, porque esa esperanza no la podemos defraudar. Y no toca solo al Papa sostener la esperanza que se ha manifestado en el mundo, sino que nos toca a cada uno en nuestra pequeña realidad. A los cristianos laicos, hombres y mujeres, a los religiosos, a los obispos, a los sacerdotes. En ese sentido, creo que la fe nos ayuda a salir de nosotros mismos y a buscar la relación con Dios, que nos ama incondicionalmente, y con los demás. Esa es la fuente fundamental de esperanza. Cuando nos abrimos a la comunidad, la esperanza también crece. El estilo de vida cristiano vivido con fidelidad es fuente de esperanza, porque nos saca de nuestro pequeño círculo y nos ayuda a tener esas relaciones con Dios, con nuestra comunidad y con el mundo. Muchas veces vivimos solo en el mundo de las ideas, y cuando bajamos a la realidad encontramos muchos motivos para la preocupación. Pero la misma realidad nos ofrece esperanza, porque hasta en las realidades más terribles hay toneladas de ternura, de compromiso, de personas que se lo juegan todo para que otras puedan vivir mejor. Los cristianos hemos recibido una fe y una esperanza que tenemos que compartir.
—¿Qué frutos le gustaría ver tras el congreso?
—Las expectativas son que las personas que participen puedan entender mejor la situación de desesperanza en la que vivimos, porque comprender lo que sucede es muy importante para fortalecer la esperanza. Además, vamos a conocer personas concretas que en situaciones concretas son fermento de esperanza. Ojalá surjan ideas y motivaciones que esta pueda hacerse realidad en nuestros entornos.






