Qué bonito es que alguien te redescubra una obra de arte que has visto mil veces. Me ha pasado con el cuadro de Van Gogh El sembrador al atardecer; y el que me ha abierto los ojos ha sido nada menos que el papa León XIV. En su primera audiencia general mostró una fina sensibilidad al señalar -después de haber hablado de la parábola del sembrador- que el campesino siembra sabiendo que la semilla da fruto (porque al fondo ha crecido el trigo) y bajo un sol que domina toda la escena, como símbolo de que «es Dios quien mueve la historia».
Sabiendo eso, es más fácil mirar con ternura que tan a menudo somos terreno infértil en el que, sin embargo, el Sembrador de la vida no se cansa de echar semillas. Me he imaginado el mundo así, con un saco infinito donde una mano hacedora entra y sale para esparcir semillas sobre todos sin distinción, como si fuera lluvia. Algunos miran hacia arriba, reconociéndolas, esperándolas con los brazos abiertos, para cuidarlas con mimo y esmero. Otros las pisotean en el asfalto, se (¿pierden?) entre escombros, entre rencores, malentendidos, heridas que duelen demasiado. Pero el Sembrador no deja de echar semillas: sobre Gaza, sobre Ucrania, sobre Israel y Rusia, sobre las pateras del Mediterráneo, los sinhogar que duermen en Barajas. Sobre ciudades y pueblos, mansiones y chabolas, parroquias, monasterios; incluso sobre el Palacio de la Moncloa.
Y así continuamente, el Sembrador no se cansa nunca de esperarnos, se duele del rechazo, mientras no deja de esparcir semillas con la mano. Y algunas dan lugar a jardines espléndidos, personas y lugares que son un remanso de paz en medio del ajetreo. Hay jardines escondidos en los hospitales, en las casas, detenidos en los semáforos. Algunos son vergeles a la vista de todos, cambian verdaderamente el mundo. Pero el Sembrador sigue esparciendo también donde no sé ve fruto, sabe que el Bien ya ha vencido. Y todos hemos visto alguna vez una flor que nace inexplicablemente en el asfalto.







