El Pontífice ofrece a la diócesis, que es madre de todas las Iglesias, «lo poco que tengo y que soy», y se muestra dispuesto «a escuchar, comprender, aprender y decidir juntos»
El papa León XIV ha tomado posesión este domingo de la cátedra del obispo de Roma en una Eucaristía en la basílica de San Juan de Letrán, desde donde ha recordado que la Iglesia de Roma es la madre de todas las Iglesias. Es la Iglesia a la que acudir, como hicieron los primeros apóstoles con Jerusalén —ha dicho—, para afrontar el desafío de la apertura al mundo pagano.
En este sentido, León XIV ha vuelto a señalar una de las claves presentes en muchos de los discursos y homilías que ha pronunciado desde que es Pontífice: la comunión. En esta ocasión, ha dado la clave para construirla. «La comunión se construye antes que nada de rodillas, en la oración y en un continuo compromiso de conversión. Solo en tal tensión, en efecto, cada uno puede sentir en sí la voz del Espíritu que grita «¡Abbá! ¡Padre!» y, en consecuencia, escuchar y comprender a los otros como hermanos».
También ha subrayado de nuevo la centralidad de Cristo con unas palabras de san León Magno: «Todo el bien que nosotros hacemos en el desempeño de nuestro ministerio es obra de Cristo; y no de nosotros, que nada podemos sin él, sino de él nos gloriamos, de él, de quien deriva toda la eficacia de nuestro obrar».
Finalmente, se ha puesto a disposición de la diócesis de Roma para sumarte al camino que ya está recorriendo. «Os ofrezco lo poco que tengo y que soy», ha dicho, justo después de manifestar su compromiso «para escuchar a todos, para aprender, comprender y decidir juntos».
Cuando ha terminado la Eucaristía y tras saludar desde la logia central de la basílica a los fieles que se congregaban en el exterior, se ha dirigido a la basílica de Santa María la Mayor para rezar ante la Salus Populi Romani. También se ha detenido ante la tumba del papa Francisco.
Texto completo de la homilía del papa León XIV en la celebración eucarística y toma de posesión de la cátedra del obispo de Roma
Dirijo un cordial saludo a los señores cardenales presentes, en particular al cardenal vicario, a los obispos auxiliares y a todos los obispos, a los queridísimos sacerdotes —párrocos, vicarios parroquiales y a todos aquellos que de diversas formas cooperan en el cuidado pastoral de nuestras comunidades—; así como a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas, a las autoridades y a todos vosotros, queridísimos fieles.
La Iglesia de Roma es heredera de una gran historia, arraigada en el testimonio de Pedro, de Pablo y de innumerables mártires, y tiene una misión única, bien indicada por lo que está escrito en la fachada de esta catedral: ser Mater omnium Ecclesiarum, Madre de todas las Iglesias».
A menudo el Papa Francisco nos ha invitado a reflexionar sobre la «dimensión materna de la Iglesia» y sobre las «características que le son propias: la ternura, la disponibilidad al sacrificio y esa capacidad de escucha que permite no solo socorrer, sino a menudo prevenir las necesidades y las expectativas, antes incluso de que sean expresadas». Son rasgos que deseamos que crezcan por doquier en el pueblo de Dios, también aquí, en nuestra gran familia diocesana: en los fieles, en los pastores, en mí el primero. Sobre ellos pueden ayudarnos a reflexionar las lecturas que hemos escuchado.
En los Hechos de los Apóstoles (cfr. 15,1-2.22-29), en particular, se narra cómo la comunidad de los orígenes afrontó el «desafío de la apertura al mundo pagano en el anuncio del Evangelio». No fue un proceso fácil: requirió «tanta paciencia y escucha recíproca»; esto ocurrió ante todo dentro de la comunidad de Antioquía, donde los hermanos, dialogando – incluso discutiendo – llegaron a definir juntos la cuestión. Después, sin embargo, Pablo y Bernabé subieron a Jerusalén. No decidieron por sí mismos: buscaron la comunión con la Iglesia madre y acudieron allí con humildad.
Allí encontraron, para escucharlos, a Pedro y a los Apóstoles. Así se entabló el diálogo que finalmente llevó a la «justa decisión: reconociendo y considerando la dificultad de los neófitos, se acordó no imponerles cargas excesivas, sino limitarse a pedir lo esencial» (cfr. Hch 15,28-29). Así, lo que podía parecer un problema se convirtió para todos en una ocasión para reflexionar y crecer. El texto bíblico, sin embargo, nos dice más, yendo más allá de la puramente rica e interesante dinámica humana del evento.
Nos lo revelan las palabras que los hermanos de Jerusalén dirigen, por carta, a los de Antioquía, comunicándoles las decisiones tomadas. Escriben: «Ha parecido bien […] al Espíritu Santo y a nosotros» (cfr. Hch 15,28). Subrayan que en toda la historia la escucha más importante, que hizo posible todo lo demás, fue la «escucha de la voz de Dios». Nos recuerdan, así, que la comunión se construye antes que nada de rodillas, en la oración y en un continuo compromiso de conversión. Solo en tal tensión, en efecto, cada uno puede sentir en sí la voz del Espíritu que grita: «¡Abbá! ¡Padre!» (Gal 4,6) y, en consecuencia, escuchar y comprender a los otros como hermanos.
También el Evangelio nos reitera este mensaje (cfr. Jn 14,23-29), diciéndonos que «en las decisiones de la vida no estamos solos». «El Espíritu nos sostiene y nos indica la vía a seguir», «enseñándonos» y «recordándonos» todo lo que Jesús nos ha dicho (cfr. Jn 14,26). En primer lugar, «el Espíritu nos enseña las palabras del Señor imprimiéndolas profundamente en nosotros», según la imagen bíblica de la ley escrita no ya en tablas de piedra, sino en nuestros corazones (cfr. Jer 31,33); don que nos ayuda a crecer hasta convertirnos en «carta de Cristo» (cfr. 2 Cor 3,3) unos para otros. Y es precisamente así: somos tanto más capaces de anunciar el Evangelio cuanto más nos dejamos conquistar y transformar, permitiendo a la potencia del Espíritu que nos purifique interiormente, que haga sencillas nuestras palabras, honestos y límpidos nuestros deseos, generosas nuestras acciones.
Y aquí entra en juego el otro verbo: recordar, es decir, volver a dirigir la atención del corazón a lo que hemos vivido y aprendido, para penetrar más profundamente en su significado y saborear su belleza. Pienso, a propósito, en el camino exigente que la Diócesis de Roma está recorriendo en estos años, articulado en varios niveles de escucha: hacia el mundo circundante, para acoger sus desafíos, y dentro de las comunidades, para comprender las necesidades y promover sabias y proféticas iniciativas de evangelización y caridad. Es un camino difícil, aún en curso, que busca abrazar una realidad muy rica, pero también muy compleja. Es, sin embargo, digno de la historia de esta Iglesia, que tantas veces ha demostrado saber pensar en grande, entregándose sin reservas en proyectos valerosos, y poniéndose en juego también ante escenarios nuevos y exigentes.
Es signo de ello el gran trabajo con el que toda la diócesis, precisamente en estos días, se está prodigando para el Jubileo, en la acogida y el cuidado de los peregrinos y en innumerables otras iniciativas. Gracias a tantos esfuerzos, la ciudad aparece a quien llega, a veces desde muy lejos, como una gran casa abierta y acogedora, y sobre todo como un hogar de fe.
Por mi parte, expreso el deseo y el compromiso de entrar en este vasto obrador poniéndome, en la medida de lo posible, a escuchar a todos, para aprender, comprender y decidir juntos: «cristiano con vosotros y obispo para vosotros», como decía San Agustín (cfr. Sermón 340, 1). Os pido que me ayudéis a hacerlo en un esfuerzo común de oración y caridad, recordando las palabras de San León Magno: «Todo el bien que nosotros hacemos en el desempeño de nuestro ministerio es obra de Cristo; y no de nosotros, que nada podemos sin él, sino de él nos gloriamos, de él, de quien deriva toda la eficacia de nuestro obrar» (Serm. 5, de natali ipsius, 4).
A tales palabras quisiera unir, para concluir, las del beato Juan Pablo I, que el 23 de septiembre de 1978, con el rostro radiante y sereno que ya le había valido el apelativo de Papa de la sonrisa, así saludaba a su nueva familia diocesana: «San Pío X —decía— al entrar como patriarca en Venecia, había exclamado en San Marcos: “¿Cosa sería de mí, venecianos, si no os amase?”. Yo digo a los romanos algo similar: puedo aseguraros que os amo, que deseo solo entrar a vuestro servicio y poner a disposición de todos mis pobres fuerzas, ese poco que tengo y que soy» (Homilía con ocasión de la Toma de Posesión de la Cátedra Romana, 23 de septiembre de 1978).
También yo os expreso todo mi afecto, con el deseo de compartir con vosotros, en el camino común, alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. También yo os ofrezco ese poco que tengo y que soy, y lo encomiendo a la intercesión de los santos Pedro y Pablo y de tantos otros hermanos y hermanas, cuya santidad ha iluminado la historia de esta Iglesia y los caminos de esta ciudad. La Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.








