La Comisión Teológica Internacional dio a conocer este miércoles 2 de septiembre el documento «Cuidar nuestra Casa común: Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario». Fruto de tres años de trabajo, el texto relee la crisis ecológica a la luz de la fe en el Dios uno y trino y propone una «conversión ecológica» que es, al mismo tiempo, cultural y espiritual.
La Comisión Teológica Internacional (CTI) hizo público hoy, miércoles 2 de septiembre, un nuevo documento dedicado al cuidado de la creación, titulado «Cuidar nuestra Casa común: Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario».
El trabajo fue conducido por una subcomisión especial, presidida por la profesora Alenka Arko y coordinada por el secretario general de la CTI, monseñor Piero Coda. En su nota preliminar, la Comisión recuerda que no es «un grupo de teólogos que se reúnen solo para redactar un texto», sino «un espacio de libre intercambio y diálogo» entre personas procedentes de contextos eclesiales y socioculturales diversos. El documento no pretende ser exhaustivo ni «decir la última palabra» sobre la materia, sino ofrecer algunas líneas de profundización sobre «el fundamento teológico del cuidado de la Casa común».
Una «triple mutación»
El punto de partida de la reflexión es lo que el texto denomina una «triple mutación» que, con el paso de los siglos, ha alterado profundamente la relación del ser humano con la naturaleza. En primer lugar, se ha perdido la percepción espontánea de la naturaleza como creación de Dios; en segundo lugar, se ha afirmado una visión cada vez más antropocéntrica y depredadora, que sitúa al hombre y a sus productos tecnológicos en el centro del mundo; y, en tercer lugar, la humanidad ha caído en una crisis ecológica y social planetaria, de dimensiones hasta ahora desconocidas, que el papa Francisco, junto a sus predecesores y a otros líderes religiosos, denunció como «miope y suicida».
Frente a ese diagnóstico, la CTI subraya que la ecología es el resultado del modo en que se resuelve la relación entre la comprensión del cosmos y la del ser humano, y que «todo está conectado». De ahí que la cuestión ambiental no pueda reducirse a un problema técnico: en última instancia, se traduce en «una cuestión teológica».
La impronta trinitaria de la creación
El documento se divide en tres capítulos. El primero, «La Casa común, obra del Dios trinitario», reflexiona sobre el carácter trinitario de la creación. La Comisión sostiene que en el mundo creado hay «una impronta no solo divina, sino también trinitaria», ilustrada a través de la enseñanza de cuatro doctores de la Iglesia: san Agustín de Hipona, santa Hildegarda de Bingen, san Buenaventura de Bagnoregio y santo Tomás de Aquino.
Esa impronta presenta los rasgos de la sacramentalidad —el creado es signo de «una realidad sagrada y oculta» que encuentra su «máxima elevación» en la Eucaristía— y de la interrelación, ya que el ser humano responde a su vocación cultivando correctamente sus relaciones con Dios, con los demás y con la creación. «Nada ni nadie es una mónada —afirma el texto—. Todo está interrelacionado» para formar «una única comunidad de vida».
Este primer capítulo entabla además un diálogo con algunas visiones científicas y filosóficas del cosmos, como el inmanentismo, el panteísmo y el sobrenaturalismo. Se explica que, aunque la ciencia investigue «legítimamente» las primeras fases del universo, la fe en el Dios creador ofrece algo que aquella no puede proporcionar: si la cosmología estudia «cómo» nació el mundo, la fe responde a su «porqué», reconociendo que Dios da un origen metafísico, y no solo físico, a cuanto existe.
El ser humano y el «pecado contra la creación»
El segundo capítulo, «El ser humano en la Casa común», parte de la condición de la persona creada a «imagen y semejanza de Dios». De ahí deduce que las diferencias de etnia, cultura o condición social no implican una jerarquía entre los seres humanos, y que servirse de ellas para discriminar o someter al otro se aparta del designio divino. El texto destaca también el valor del «principio sabático», que enseña a dejar descansar a la tierra, respetando sus ritmos, y a cultivar «una mirada desinteresada, liberada del apetito de poseer, dominar o agredir».
La Comisión recoge también datos alarmante sobre el deterioro ecológico: la pérdida de biodiversidad —que «no es un lujo exótico», sino «un factor clave» para la seguridad alimentaria—, la contaminación atmosférica, el empeoramiento de la calidad del agua y el efecto de la guerra, que acelera «brutalmente» la destrucción del medioambiente. Todo ello recae con especial dureza sobre los más pobres, explotados en sus recursos y a menudo obligados a migrar.
Ante esta situación, el documento formula una de sus propuestas más significativas: hablar de «pecado contra la creación y contra el Creador». Se trata de una formulación teológica que vincula el daño ambiental con el rechazo del designio de Dios y evita tanto un lenguaje meramente científico como la dilución de la responsabilidad. La CTI advierte que el momento en que vivimos «exige de todos, comenzando por quienes son responsables de la vida pública, una acción urgente en favor de la sostenibilidad del planeta y de la habitabilidad de la Casa común. No es solo una exigencia ética, sino también teológica».
En este marco, el texto rechaza «dos extremos inaceptables»: el antropocentrismo depredador, que considera al hombre «dueño absoluto» de la creación, y el biocentrismo o ecocentrismo, que absolutiza la naturaleza. Frente a ambos, propone un «antropocentrismo situado» —expresión del papa Francisco retomada por León XIV—, que presenta al ser humano como «administrador y servidor de la creación». Esa doble vocación, señala, culmina en la Eucaristía, verdadera «escuela ecológica» que promueve una actitud «positiva y proactiva» hacia la naturaleza.
Cinco relaciones para cuidar la Casa común
El tercer capítulo, «El cuidado de la Casa común», ofrece propuestas prácticas organizadas en torno a cinco relaciones fundamentales de la persona. De la relación con Dios brota la «lógica jubilar», basada en la fraternidad y la solidaridad, que «marcan un límite infranqueable a la codicia en el uso de la tierra» y conducen a la justicia social. De la relación con uno mismo nace «una espiritualidad ecológica» que, frente al paradigma tecnocrático, se inspira en el ora et labora benedictino para invitar a un estilo de vida sobrio y atento al consumo.
De la relación con la creación se derivan principios como la reverencia, la sostenibilidad y la escucha del «grito estremecedor» de la tierra, «trágicamente vinculado al grito de los pobres». De la relación con el prójimo surgen la sacralidad de la vida humana, el destino universal de los bienes —para la tradición cristiana, recuerda el texto, «la propiedad privada no es un derecho absoluto»—, la fraternidad, la misericordia y la opción preferencial por los pobres.
Como quinta y última relación, la Comisión reflexiona sobre la aportación de las distintas religiones —el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo, el confucianismo y las religiones africanas, americanas y oceánicas— al cuidado de la creación, y constata que «las puertas están abiertas» a una colaboración interreligiosa al servicio de la vida.
La esperanza no es «optimismo superficial»
En su conclusión, la Comisión reafirma que la cuestión ecológica es, en definitiva, una cuestión teológica: «el modo en que se cuida la creación revela y configura la propia relación con Dios». La libertad y la responsabilidad moral siguen siendo, así las cosas, el fundamento indispensable de todo compromiso ecológico auténtico.
El documento se cierra con una nota de esperanza que, advierte, «no es un optimismo superficial», sino «la fiable convicción de que todas las cosas están en las manos de Dios». Siguiendo el ejemplo de san Francisco de Asís, invita a un «cambio ecológico» a la vez cultural y espiritual, con la certeza de que la crisis ambiental, por grave que sea, no socava la confianza en Aquel que, sentado en el trono, declara: «He aquí, hago nuevas todas las cosas».






