Entrevistamos al artista en su taller antes del V Observatorio de lo Invisible, que se celebrará del 21 al 26 de julio en el Monasterio del Escorial, con la participación de 180 artistas y estudiantes junto a personalidades Antonio López o Luis Argüello
Por mucho que se encuentre en una zona del Madrid vibrante, nada parece indicar que un prosaico, oscuro portón metálico pueda dar paso a un universo blanco de techos altos, donde el pulso del arte contemporáneo late con fuerza. Nos encontramos en el taller del imaginero Javier Viver (Madrid, 1971), donde una docena de personas trabaja con las manos bajo una atmósfera de serena laboriosidad: tallas, retoques de figuras, elaboración de moldes, abordaje de ideas. Aquí, la innovación tecnológica se da la mano con la mística más profunda, como testimonio vivo de las visiones de Viver: el arte como servicio constante, un «conglomerado de realidades» donde el taller, la gestión de proyectos y la vida personal del artista —concretamente, su propio, adyacente apartamento— se funden y entrelazan. Como él mismo suele bromear, «es el espacio más aprovechado de Madrid».
Javier es un artista polifacético —escultor, fotógrafo, diseñador y editor de fotolibros— que, en su modernidad, no reniega de la tradición: «Occidente ha venido sufriendo una especie de complejo de inferioridad estética que también ha permeado en la Iglesia católica. Hubo un momento, por ejemplo, de boom de la iconografía oriental, de la que nada tiene que envidiar la tradición místico-realista hispana, encarnada en san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús o en Zurbarán».
Sabe bien de lo que habla, pues estuvo viviendo tres años en Shangái a raíz de la crisis de 2008 —«se cayó absolutamente todo y no se vendía absolutamente nada»—, acaba de entregar en China una escultura de la Santísima Trinidad y trabaja en la composición de un encuentro entre María y Jesús resucitado. Con los años, ha ido trabajando un conjunto iconográfico basado en la Piedad para la iglesia de St Francis. «Tengo la experiencia de que los fieles en China son como niños, gente que, de repente, se ha abierto a la fe. Recuerdo que, cuando estaba trabajando en la Piedad, empecé a escuchar ruidos. Me volví y vi a 50 personas de rodillas, muy emocionadas, rezando delante de la talla. Me retiré, porque sobraba en la escena, y entonces se empezaron a acercar e iban pasando uno detrás de otro, tocando las llagas, besándolas, cogiendo el brazo de Jesús, llorando. Fue una experiencia muy impresionante para darse cuenta del poder de las imágenes, a partir de la cual hicimos otra escultura de una Piedad en la que Dios Padre es quien coge el cuerpo de Cristo y lo mantiene, inspirada en una obra de José de Ribera en el Museo del Prado. Siempre es muy bonito descubrir esa Iglesia floreciente en China, tan joven y llena de Espíritu Santo», revela.
Pese al auge y repetición de iconos orientales —como en el caso del budismo—, y precisamente por ello, considera que «han perdido el misterio y la fuerza que tenían, convirtiéndose en algo más flojo, casi pedagógico, pero blandito», lo cual, a su juicio, «es bastante sintomático». «Yo, por mi parte —prosigue—, estoy fascinado por nuestra cultura y tradición. Me parece que hay que recuperar toda la pureza y la verdad que tiene la estética occidental, que no tiene nada que envidiar a lo producido en Oriente, ni en relación con el budismo, ni en el marco bizantino».
Cambiando de latitudes, acaba de entregar, también, otras esculturas en Miami, un mercado, aunque parezca mentira, más complicado que Oriente, acaso por el proceso de iconoclastia del protestantismo. Viver, que ha expuesto en varias ocasiones en Nueva York, confiesa que «el rechazo de las imágenes como mediación resulta bastante paradójico, ya que Cristo viene a mediar y se encarna en los sacramentos como mediador. Entonces, ¿cómo puede este mundo protestante generar un rechazo de la mediación a través de lo sensible?».
El rechazo a lo sacramental y las imágenes es compartido por las reticencias de cierto mundo anglosajón hacia la figura de María, icono principal de Javier Viver, autor de la muy popular Virgen de Hakuna (2017), arrodillada y en actitud orante, custodia de la Eucaristía en su vientre, símbolo del Verbo de Dios, y de la Bella Pastora, de Iesu Communio (2015). «Para nosotros, María se convierte en un icono porque es la «llena de gracia», alguien que, de repente, encarna todo el anhelo de la comunidad y es la primera discípula; es la Iglesia naciente, todo en ella es maravilloso», afirma. Frente a la crítica de idolatría de algunos hermanos cristianos que dispara frontalmente contra el arte, defiende que «las imágenes tienen una capacidad inigualable para convertirse en canales de la gracia. La veneración tiene esencia y pureza y se aleja de otras cuestiones más puramente supersticiosas».
—¿Qué papel juega la iconografía en un mundo seco de espiritualidad?
—Es algo muy de nuestro tiempo: los jóvenes tienen necesidad de verdades y de que estas se les ofrezcan no como una idea, sino como una experiencia de encuentro con esa verdad. En este contexto, el arte ha sido el medio de evangelización por excelencia de la Iglesia. Desde el momento en que Cristo vino a la tierra, muchas de sus acciones son performativas, tienen un componente poético y artístico. Y entre sus primeros seguidores, como no podía ser de otra manera, nuestra maestra es la Virgen, que fue iniciadora de la vida del arte: tenía destreza en los telares, sabía tejer y le había sido concedida la capacidad de narrar historias. María era una narradora, tenemos en el Evangelio algunas historias suyas que son pura poesía. Todas estas artes se desarrollan en la Iglesia desde el comienzo: la iconografía, la arquitectura, la música… se vuelven fundamentales porque tienen la capacidad de mostrar y de hacer vivir el misterio a través de una experiencia. Esto también se puede lograr con la teología, deductivamente, racionalmente, pero lo cierto es que muy poca gente se convierte por una de reducción racional. Pero en nuestros días mucha gente sigue convirtiéndose por la experiencia estética del misterio, porque estas experiencias son reales y te hablan de una realidad que no se puede aceptar con criterios puramente científico-materialistas.
Pese a lo «fundamental» de la experiencia artística en el plano religioso como uno de los cauces «para una auténtica evangelización» —«Si uno se fija, los movimientos que están generando los mayores impactos hoy trabajan puramente la experiencia estética»—, Viver lamenta que ésta «ha sido la gran olvidada». «Ninguna universidad de inspiración cristiana dedica interés alguno al arte sacro. No hay programas. El gran argumento de la fe ha sido todo lo generado en los monasterios; Occidente le debe la transmisión de su cultura a los grandes monasterios. Y con la crisis del monacato, nadie, ninguna institución en la Iglesia Católica ha ofrecido una pequeña estructura que garantice la transmisión de los saberes artísticos», agrega.
En el contexto de esta necesidad, Javier Viver y algunos amigos y colaboradores —María Tarruella, Benjamín Cano, Ignacio Yepes y Sonia Losada— pusieron en marcha en 2021 la Fundación Vía del Arte «para renovar, divulgar y promover el arte contemporáneo que dialoga con lo sagrado y continuar con la rica herencia del arte sacro que vertebra la historia de Europa». En la práctica, este proyecto nodriza inspira y organiza diversas actividades para que artistas de hoy puedan saciar su sed artística y espiritual, dedicando su talento y energía al culto divino.
Una de las iniciativas más destacadas de la Fundación Vía del Arte es el Observatorio de lo Invisible, una escuela de verano para mostrar el misterio a través de las artes, «un instrumento en el que la razón y la emoción se dan la mano para que las criaturas establezcan de forma intuitiva un encuentro y un diálogo con el Creador». En su quinta edición, que se celebra del 21 al 26 de este mes de julio en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, participan 180 artistas y estudiantes junto a personalidades como el pintor y escultor Antonio López, el Niño de Elche o el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, quien intervendrá en un debate sobre «cómo se puede hablar de Dios desde el agnosticismo, y qué ofrece Dios al hombre contemporáneo».
Pero el proyecto más ambicioso que se trae entre manos es la Ciudad de los Artistas, una escuela de arte sacro con un programa de artistas en residencia que, al vivir juntos, «generan un espacio de creación y renovación del arte sacro y ofrecen un signo de esperanza a nuestra sociedad». Con iniciativas de este calado, el estudio de Javier Viver se adhiere a la petición del Concilio Vaticano II de instituir escuelas de arte sacro, escolanías y espacios en los que se pueda hacer visible y vivible la fe. «En la práctica —reconoce—, esto se ha quedado sin cumplir, es una especie de invitación del Espíritu Santo que todavía está por hacer».
La empresa, qué duda cabe, es homérica, pero él es consciente de «todo suma, porque, en la medida en que tú haces algo, la gente hace cosas parecidas». «Hay una demanda muy grande, porque los programas artísticos de las principales instituciones no tocan el tema de la espiritualidad, y es una responsabilidad, especialmente de los laicos, contribuir a que nuestra sociedad tenga, simplemente, un planteamiento más humano. Porque hablar de cristianismo supone, al final, humanizar la vida. Nosotros estamos poniendo nuestro granito de arena, pero se suma otros muchos granos que generarán una playa maravillosa al servicio de la Iglesia», explica.
En el ámbito de su obra, Javier Viver —Premio Nacional de Cultura en 2015— acaba de inaugurar la escultura del Sagrado Corazón de Jesús más grande del mundo (37 metros de alto y 60 de envergadura) en la localidad madrileña de Boadilla del Monte. Para hacer una pieza de esta magnitud, primero se trabajan las maquetas en el estudio: «Nosotros lo hacemos a escala humana y luego hay un proceso de escalado. A través de los sistemas de construcción, nosotros creamos unos moldes y bandejas que van despiezando la obra y todo eso se unifica después. Esas bandejas serían, por así decirlo, el negativo del monumento, y permiten positivarlo en cemento. Para todo este proyecto hay que trabajar con equipos muy desarrollados, que van desde la parte administrativa legal hasta lo escultórico. En esta parte, digamos, artística, intervienen también las empresas de cálculos de estructuras, ingenierías, arquitectos… para poder llevar a cabo todo el movimiento. Sin olvidarnos del equipo de comunicación, encargado de hacerlo viral y generar la financiación, porque este Sagrado Corazón es un monumento que se quiere llevar a cabo expresamente a través de la participación de los fieles con sus donativos, porque esta iniciativa no parte de la Iglesia jerárquica. Además, el propio obispo de Getafe ha querido que se mantenga ese carácter de iniciativa civil de los laicos, para generar un movimiento en la sociedad».
Por ello, sostiene que «el arte no es un gasto, sino una inversión, como ha visto siempre la Iglesia, obteniendo enormes resultados. Me parece ridículo plantearse el arte desde cuánto va a costar; hay que invertir en lo que quieres construir. Hakuna y otro tipo de movimientos, por ejemplo, son capaces de generar el contexto para su mensaje y eso es lo que te produce el arte. Esto siempre ha funcionado así y es el patrimonio del católico. Esta es la estructura sacramental de la Iglesia: a partir de objetos y experiencias sensibles, comunicar lo invisible. Mi experiencia es que el arte genera siempre más riqueza, y donde tú pones arte, se generan recursos que al final se emplean en obras de misericordia. Tenemos que utilizar esta herramienta que tenemos, que es la de generar entusiasmo y esperanza y que, además, evangeliza».
—¿Qué opina de los recelos que despiertan los artistas en algunos sectores de la Iglesia?
—San Juan Pablo II decía que la experiencia artística es un don del Espíritu Santo. Cualquier artista que ejerce su libertad creadora está haciéndolo por un regalo específico de Dios, que le ha hecho creador. Esto se vive, hay una experiencia de ello. Habrá quien lo oculte o lo calle, pero la realidad está ahí. Entonces, nosotros sencillamente lo que llamamos la atención es sobre lo que están haciendo. En muchas ocasiones, personas que tienen «miedo a los artistas» dentro de la Iglesia se da cuenta de que hay en lo hacemos una conexión espiritual muy profunda. Y luego, a partir de todo esto, el Espíritu Santo actúa y hay gente que se convierte. Todo esto es un don y un regalo que nosotros podemos presenciar muy impresionados, pero no podemos hacer más.
—¿Cómo es su proceso creativo a la hora de enfrentarse a la obra?
—Cuando hay un encargo, se produce un intercambio de intenciones y expectativas; yo suelo recoger todo ese material y voy haciendo una especie de museo de imágenes de lo que quiero expresar. Voy cebando una parte inconsciente que, en mi caso, se suele desencadenar durante la duermevela. En el sueño aparecen muchas de las ideas que están latiendo durante el día y que, de repente, se ordenan y conectan; las imágenes se asocian y se producen cosas fascinantes. En ese momento todo es muy veloz y rápido, no hay dificultades técnicas… Es el momento de la creación pura en el que surgen todas las grandes ideas. Yo trabajo mucho en ese plano y, luego, lo completo con todo el esfuerzo posterior de un equipo —porque la escultura siempre hay que hacerla en equipo— y está orientado a que no se pierda la gracia ni la frescura de esa imagen poética.
—¿Qué papel juega la tecnología en este proceso?
—Para nosotros, la técnica siempre ha sido una extensión del brazo y la cabeza de ese don creador. Igual que antes se usaba un cincel, nosotros utilizamos ahora tecnologías digitales: procesos de escaneado, captura de huellas, etc. Todo eso forma parte de las múltiples posibilidades que nos permiten ampliar la experiencia escultórica a otros ámbitos que jamás se habían podido implementar. Por supuesto que podemos y utilizamos esas técnicas que llevan la escultura a otra dimensión. Por ejemplo, con el monumento del Sagrado Corazón, estamos trabajando con científicos y técnicos para desarrollar una imagen muy fiel y que incorpore todos los aspectos psicológicos del rostro que está detrás de la Síndone de Turín. A través de distintas técnicas, obtenemos la información y podemos procesarla para construir ese rostro en tres dimensiones.
—No se me ocurren sectores menos amenazados por el avance de la Inteligencia Artificial…
—Claro, mientras que la Inteligencia Artificial no puede dotar de conciencia, el arte lo único que tiene es la puesta de manifiesto de una conciencia creadora, que es la que aporta ese valor añadido. Un Picasso, un Rembrandt, un Velázquez… tienen valor porque había una conciencia, había un alma que le dio forma a toda esa expresión. El ser humano en el siglo XXI es distinto al del siglo XI y hoy tiene que dar respuesta de otra forma. Ha habido revoluciones, además, de por medio: industrial, tecnológica, de las comunicaciones… Todo eso se manifiesta en el arte. No hay que tener miedo a la creación y recordar y ser conscientes de que el propio Cristo es quien hace nuevas todas las cosas.








