La Iglesia celebra el 1.700 aniversario de este gran acontecimiento eclesial. Para León XIV, «no es solo un evento del pasado, sino también una brújula» para nuestro presente
Durante estos meses, la Iglesia universal ha celebrado el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea, sin lugar a dudas, uno de los más importantes hitos en su peregrinación a lo largo de los siglos. Cuestiones de máxima actualidad, como la sinodalidad o el ecumenismo, están ya presentes en este tesoro de la fe recibido y delegado a la posteridad, que, en palabras de la Comisión Teológica Internacional (CTI), «alimenta y orienta la vida cristiana cotidiana».
Tal es la magnitud del acontecimiento, que el propio papa León XIV se ha referido a él «no solo como un evento del pasado, sino también como una brújula» para el presente de la unidad de los cristianos, y se ha mostrado partidario de cumplir el deseo de Francisco de visitar Nicea —hoy Iznik—, junto al patriarca Bartolomé. El líder ortodoxo ha avanzado, incluso, una fecha para el viaje: el 30 de noviembre.
Convocado por Constantino para superar las divisiones de los cristianos en cuatro frentes —el cisma meleciano, el conocido como «error de Arrio», la condena de Eusebio de Cesarea y las diferentes fechas de la Pascua—, el objetivo del Primer Concilio de Nicea —hubo un segundo, 462 años después— fue custodiar la fe recibida de los apóstoles defendiéndola de acercamientos ilegítimos, muchos de los cuales devenían con cierta facilidad en enseñanzas que la falseaban. El procedimiento se inscribió, así, con pulcritud en la continuidad del proceder apostólico, como se establece y evidencia en el Concilio de Jerusalén del año 50: la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo y actuando de manera sinodal, apoyándose en el sensus fidei del pueblo de Dios, discierne la verdad de la fe y la transmite.
El encuentro natural entre el legado de los Doce y el florecimiento de las nuevas interpretaciones supuso todo un reto para una Iglesia que en ningún caso pretendió un equilibrio entre épocas. En palabras del patrólogo Samuel Fernández, profesor titular de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, «no se trata de ser en parte fiel a la tradición y en parte fiel a las novedades, sino que, en el fondo, la expresión de la fe debe buscar ser una interpretación legítima de la tradición apostólica. Ese camino, naturalmente, no es unívoco, sino que va conociendo diferentes propuestas que la Iglesia debe discernir si son o no ilegítimas». José Rico Pavés, obispo de Asidonia-Jerez que ha impartido la conferencia inaugural del Congreso Símbolo: Luz de Nicea, organizado por la diócesis de Córdoba, es contundente al respecto: «El objetivo no fue lograr ningún equilibrio, sino custodiar la fe recibida de los apóstoles, defendiéndola de enseñanzas que la falsificaban».
Contra el arrianismo
Es el caso de la interpretación de Arrio, calificada por los Padres del Concilio como una novedad que abandonaba el camino de la regula fidei y la traditio para introducir elementos nuevos en la fe apostólica. Este respetado presbítero de Alejandría elaboró y sostuvo una concepción teológica en virtud de la cual el Hijo no era «Dios verdadero de Dios verdadero», sino la criatura más eminente y excelsa del Padre, creada antes del tiempo para ser ministro de la creación, pero, precisamente por ello, no coeterno al Padre. En esencia, Arrio negaba la verdadera divinidad de Jesús.
Esta enseñanza fue percibida por los Padres como una amenaza persistente a la fe apostólica, pues, si Cristo no es verdadero Dios, ¿cómo puede salvar verdaderamente a la humanidad? En respuesta a esta herejía, el Concilio de Nicea definió la relación entre el Padre y el Hijo en términos de igualdad en cuanto a la divinidad, adoptando el término homoousios —consubstancial, de la misma sustancia— desde su origen filosófico griego y no directamente de la Escritura. Como explica el profesor Samuel Fernández, la incorporación de terminología no exclusivamente bíblica en la confesión de fe, procedente del lenguaje de la filosofía griega para precisar el pensamiento cristiano, pretende «expresar fielmente la tradición de la Iglesia en las categorías culturales de cada momento».
Uno de los defensores clave de esta formulación fue san Atanasio de Alejandría, quien argumentó, desde la misma perspectiva soteriológica, que «si Jesús no es Dios, como el Padre, no hemos sido salvados, seguimos en nuestros pecados». Y: «El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios». Finalmente, se afirmaría de manera solemne en el Credo niceno que el Hijo es «engendrado, no creado, de la misma sustancia del Padre», estableciendo así su igualdad en la divinidad, sin que esto implicara que fueran dos dioses. Esta profesión de fe fue acompañada de tres anatematismos que señalaban a las enseñanzas de Arrio como contrarias a la fe recibida de los apóstoles. Eusebio de Cesarea, cuya condena tras haber acogido las enseñanzas de Arrio suponía otro de los puntos en el orden del día, sería absuelto «al comprobarse que no había incurrido en los errores de esta herejía», señala monseñor Rico Pavés.
Pulcritud procesal
La CTI subraya que las deliberaciones y decisiones adoptadas en Nicea «no implican para los Padres de la Iglesia en ningún caso una alteración de la fe original, sino todo lo contrario: su auténtica preservación». El símbolo niceno-constantinopolitano del año 381, aunque elaborado posteriormente, se considera la plena ratificación del Concilio.
Así las cosas, no es difícil apreciar una tensión constante en la vida de la Iglesia entre la unidad de doctrina y el aprecio por la razón y la investigación teológica. Nicea marca un punto crucial en este trayecto, donde se mantiene puesta la vista en la verdad revelada por Dios en su Hijo único. «La tradición interpretativa de la doctrina eclesial muestra que la fe necesita de numerosas mediaciones», explican desde la CTI. «La Iglesia, como realidad de gracia inscrita en la historia, constituida y movida por el Espíritu Santo, ejerce un magisterio que busca la fidelidad al texto sagrado, interpretándolo y transmitiéndolo a diferentes culturas. En circunstancias como la crisis arriana, donde la Escritura parecía ofrecer apoyo ambivalente, la expresión especulativa se hizo necesaria para dirimir la disputa exegética. Los neologismos dogmáticos, aunque pocos, han correspondido a nudos decisivos del misterio cristiano, como el homoousios», agrega.
Tal fue la pulcritud en el traspaso histórico de la herencia recibida que el Concilio de Éfeso, un siglo después (431), prohibió, incluso, promulgar cualquier otra fórmula de fe, reconociendo así la normatividad del Credo. «La magnitud de Nicea radica en que definió la identidad misma de la Iglesia de Cristo», afirma en su documento Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador la propia CTI. Por ello, se nos invita «a llenarnos de asombro ante el símbolo que nos legó el Concilio: es una oportunidad para redescubrir la inmensidad de la fe trinitaria, cristológica y soteriológica que se expresa en él, así como sus implicaciones antropológicas y eclesiológicas».
Por otra parte, esta celebración tiene también un extraordinario alcance ecuménico, ofreciendo un nuevo impulso hacia la unidad de los cristianos. «La fe nicena —también en su resolución sobre la naturaleza de Jesús, que sigue siendo un referente fundamental para la comprensión contemporánea de la unidad de la Iglesia— es punto de encuentro indiscutido de todas las confesiones cristianas», en palabras de monseñor Rico Pavés. Aunque con el paso de los años surgieron y han surgido desacuerdos sobre aspectos como el papel del emperador o la fecha de la Pascua, nunca hubo dudas sobre la afirmación central del Credo de Nicea, y «los seis concilios ecuménicos posteriores —del tiempo de la Iglesia indivisa— se consideraron una creciente explicitación de lo promulgado en el 325», prosigue. «Una de las características de Nicea es que es un punto de referencia para todas las tradiciones cristianas, cosa que no sucedió, por ejemplo, en Éfeso o Calcedonia», añade el profesor Fernández.
En opinión de Rafael Vázquez, subdirector de la Subcomisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales y el Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal, «el Concilio es expresión de una Iglesia en la que todavía no se habían producido divisiones eclesiales, cuyas decisiones son acogidas por todas las Iglesias, y en él se proclama la fe en la Santísima Trinidad, que profesamos todas las confesiones cristianas. Es importante, por tanto, en este 1.700 aniversario, volver no solo a los textos, sino también al espíritu del Concilio, que hace frente a las disensiones doctrinales en materia cristológica, buscando por encima de todo la armonía y la unidad de la Iglesia en fidelidad a Cristo».
Porque Nicea no es solo un acontecimiento en la historia de la doctrina, sino también y sobre todo un acontecimiento eclesial, una etapa fundamental en el proceso de estructuración de la Iglesia. «Constantino, el convocante, es fundamentalmente quien se preocupa por la unidad de la Iglesia», afirma el profesor Fernández. La propia ubicación de Nicea, en Asia Menor, a solo 64 kilómetros de Bizancio, ciudad que, rebautizada como Constantinopla, usurparía a Roma la capitalidad del imperio solo cinco años más tarde, nos muestra lo fragmentado que estaba el poder en este momento.
Frente al poder político
En el plano de la fides qua, la decisión del Concilio de definir una profesión común de la fe «protege a todos los discípulos, permitiendo resistir las fuerzas del regionalismo cultural y la división. La fe predicada por Jesús a los sencillos no es simplista, y todo el pueblo de Dios debe y debe poder dar razón de su fe. El ejercicio del Magisterio, como se desarrolló en Nicea, es garantía de protección de la fe del pueblo de Dios frente al poder político», explica la CTI.
De esta forma, se aborda un conflicto local que se había extendido a todas las Iglesias del imperio reuniendo a obispos de diversas regiones y se promulgan acuerdos como normativas para toda la catolicidad. Como reconoce Rico Pavés, «aquí se marca un hito en la historia del dogma, porque nace el lenguaje dogmático, es decir, la formulación de la fe con carácter vinculante». La comunión y unidad suscitadas por el acontecimiento de Jesucristo se hicieron visibles, así, de un modo nuevo, mediante una estructura de alcance universal.
Así las cosas, el Concilio representa una nueva expresión institucional de la autoridad en la Iglesia, tanto en lo doctrinal como en lo disciplinar. Se comprende como parte de la sinodalidad en la vida y misión de la institución. La unidad, en primer lugar, se manifiesta en la comunión de los fieles con sus obispos. Los elementos propios de la naturaleza teologal de la Iglesia se manifestaron en el camino histórico que condujo al Concilio a través de la interacción de tres carismas: la jerarquía tripartita (obispos, presbíteros y diáconos), los maestros y el sínodo. Los obispos presidieron los sínodos y desempeñaron un papel destacado como guardianes de la ortodoxia. «Nicea abre el camino a los siguientes concilios ecuménicos y a un nuevo modo de sinodalidad o conciliaridad que marca la vida de la Iglesia hasta hoy», se concluye en Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.
Otro éxito concreto del Concilio fue el establecimiento de una fecha común para la Pascua, separándola de la fiesta judía. Sin embargo, el feliz acuerdo se vería truncado 12 siglos después, cuando los calendarios gregoriano y juliano separarían a los cristianos de Oriente de Occidente en 1582. En algunos años, la Pascua puede diferir hasta en cinco semanas entre un calendario y otro, si bien, como indica Vázquez, «la Providencia ha querido que en este aniversario de Nicea, los calendarios juliano y gregoriano coincidan y así podamos unirnos en la fiesta de la resurrección y de la vida. Ojalá que los cristianos y las autoridades eclesiásticas podamos ver aquí un signo de los tiempos y dar testimonio de unidad para nuestro mundo, que está necesitado de destellos de comunión y fraternidad».
Sacramento del perdón
Con respecto al cisma de Melecio —obispo de Licópolis que se negaba a aceptar en comunión a los cristianos que habían abjurado de su fe durante la persecución—, se trató seriamente durante el Concilio la cuestión del pecado público. ¿Podrían ser los apóstatas bienvenidos de nuevo a la comunidad? Y, si se trataba de ministros de la Iglesia, ¿se considerarían inválidos los sacramentos que administraban? El consenso entre los obispos que deliberaron en Nicea fue claro: los pecadores podrían regresar, dando coherencia y desarrollando el sacramento de la reconciliación.
Acaso el mayor impacto del Concilio de Nicea no fuera de naturaleza teológica, sino eclesial. Demostró que la comunidad cristiana, aunque acuciada por divisiones, era capaz de unirse, escucharse y caminar junta en temas importantes. El tesoro de la sinodalidad, unido al misterio de Cristo revelado en Nicea, sigue siendo fuente de vida y esperanza. Porque la regla de fe no es algo unívoco, sino un texto vivo que siempre debe ser releído a la luz de la tradición. Hoy, como hace 1.700 años, el desafío es buscar la mejor forma de volver a decir el misterio fundamental de Dios en términos comprensibles y significativos para nuestros coetáneos.






