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III. De campos, horas de coche y una casa en Italia

A las 8:30 de la mañana comienza la misa en Santa María de Prulla. En francés claro. Y aunque yo no me entero ni de qué va el Evangelio, respondemos en español. Eso es lo bello de la Iglesia, ¿no? La universalidad, la diversidad, las diferencias. Y la unidad.

V. concelebra. Y seguro que tampoco se está enterando de mucho de lo que está diciendo el sacerdote. Pero le brillan los ojos por la ilusión de hacer lo que Domingo tantas veces hizo en este mismo lugar.

Durante la comunión, un grupo de franceses que está sentado detrás de nosotros arranca a cantar. Improvisado, sin que nadie lo espere. Y seguro que los cantos celestiales suenan algo así. Creo que jamás he escuchado nada tan bello.

Las hermanas estadounidenses están cargando sus furgonetas, pero no vemos a sister Maria. Conociéndola (desde anoche) es capaz de haberse quedado dormida. Pero cuando damos por imposible despedirnos de ella, aparece por detrás de unos arbustos con la misma sonrisa que ayer. Y en su hábito, manchas sospechosamente parecidas a las que dejan las moras que lleva en las manos. Nos decimos adiós, nos deseamos buen viaje y la vemos subirse a su furgoneta.

Antes de irnos, nos acercamos a despedir a las monjas. Y, ya que estamos, aprovechamos para llevarnos una postal de recuerdo. Nos piden que recemos por ellas, que ellas no se olvidarán de rezar por nosotros. Y nos piden que, en Roma, pidamos al Señor tres vocaciones para su monasterio. At least.

La primera parada del día está a apenas tres kilómetros, pero no nos podíamos ir de Francia sin visitar Fanjeaux. Es decir, el sitio donde santo Domingo estableció su «base» a la que siempre volvía cuando salía a predicar por los caminos cátaros.

Subimos a lo alto del pueblo, desde donde se ven los campos franceses. Nos damos cuenta de lo mucho que se parece a Caleruega y pensamos que, quizás, no se sentía tan lejos de casa cuando observaba lo mismo que nosotros ahora. Aunque luego nos cuenten que esto antes eran bosques.

La casa en la que vivió está medio escondida y hay una mujer fregando la entrada. Nos reconoce de la misa de esta mañana y nos invita a pasar. Nos explica cómo vivía Domingo, nos enseña la talla de una Virgen parecida a la que le rezaba él y nos cuenta alguna historieta de su vida. Escuchamos con atención, aunque ya sepamos de lo que habla, porque hay algo en cómo lo narra que deja ver la fascinación y devoción que le tiene. Cuando nos vamos, prometemos rezar por ella.

Paramos en Montpellier y comemos con vistas a la Ópera. El calor se pega y el sol pica en la piel. Pero es lo que menos importa. Porque estamos en Montpellier.

Las horas en coche se empiezan a notar cuando tenemos que cambiar la música por un pódcast y juegos. Y justo cuando parece que no podemos más y va a empezar el delirio colectivo, aparece ante nosotros la Costa Azul. Cannes, Mónaco, Niza. Pueblitos que adornan las montañas. El mar en el horizonte, el cielo azul y los barcos flotando en la inmensidad de la creación.

Cipressa nos recibe ya de noche. En lo alto de la montaña italiana, con vistas al mar y música en directo.

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