Hacemos la oración de la mañana en el coche de camino a Asís. Sobre Marta y María y todas aquellas veces que nos dedicamos a hacer demasiado y a no estar en lo que estamos.
Ha sido un año curioso para todos. Inesperado cuanto menos. Los cinco nos hemos tenido que enfrentar a situaciones que nos eran desconocidas, y coincidimos en que, muchas veces, hemos hecho, pero no hemos estado.
L. dice que a veces está sintiendo que no disfruta del todo. Pero V. le recuerda que las cosas siempre se viven dos veces: una cuando suceden, cuando las vives, y otra cuando las recuerdas y procesas. Eso es lo que es este dietario, supongo, una forma de procesar todo lo que estamos viviendo, todos los rostros que nos estamos cruzando. Un huequito para guardar lo que vemos y sentimos. Y que no se olvide cuando lleguemos a casa. Aunque vaya a ser complicado.
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Cuando llegamos a Asís está lloviendo tanto que casi no se ve la carretera. La primera impresión es que hay demasiada gente, demasiado peregrino, demasiado turista. Vamos, que la primera impresión no es demasiado buena, a ser sinceros. Muy masificado, muy ruidoso, muy lleno todo. Pero igual son dos caras de la misma moneda. También hay algo bonito en que tanta gente venga a visitar a san Francisco y sus hermanos, que la devoción sea tan grande como para venir desde Corea.
La tumba es preciosa, eso sí. Y todo lo que la rodea. Las pinturas que decoran las paredes, los frescos, Giotto, el Cristo de San Damián. La belleza de una Iglesia en unidad que se arrodilla frente a un mismo Dios. Sabiéndose salvada.
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En Roma nos acogen las Dominicas de Santa Catalina de Siena. En un colegio a las afueras, lejos del centro. Pero con camas, con unas hermanas más majas que las pesetas y el horizonte de que mañana iremos a ver el centro de la ciudad. El Vaticano, el papa Francisco y lo que venga.








