San Juan de Letrán nos recibe con una cola que debe rondar las dos horas, minuto arriba minuto abajo. Ya estamos casi a punto de desistir cuando, por cosas de la Providencia, encontramos a un grupo de Tarragona. Conocidos, amigos. Y no es que nos colemos, no me malinterpreten, es que nos acogen y nos invitan a pasar con ellos. Así que cruzamos nuestra segunda Puerta Santa en el octavo día de peregrinación.
Y el interior es precioso. Enorme. Parece que incluso demasiado.
❂
Yo no sé si es porque nunca había estado en Roma o porque la emoción y el cansancio hacen a uno más susceptible a estas cosas, pero me maravilla lo bonito que es todo en este sitio. Todo es grandioso, incluso lo que no es necesariamente grande. Todo es bello, señorial, eterno.
La esquina en la que comemos, el bar en el que echamos la cerveza, las calles que recorremos de un lado a otro.
❂
Hablamos en la Minerva de lo que nos une, de lo que nos hace ser quienes somos. Nosotros estamos arriba y parece que nuestra palabra valiese más, pero el sentimiento es compartido con los que nos escuchan. Familia.
❂
Empieza el Rosario Internacional. En español, inglés, francés, portugués e italiano. Y, aunque a decir verdad no estoy demasiado atenta, qué bonito que haya Algo que reúna a tanta gente de tantas lenguas distintas. Cada uno reza como sabe, como puede. Pero el sentimiento compartido es el mismo.
❂
Hablamos estos días sobre la Providencia. No sobre el concepto más teológico y abstracto, si no sobre la que estamos viviendo en nuestro camino hacia aquí. Los rostros de quienes nos han acompañado y ayudado, las situaciones que podrían haber acabado terriblemente mal y que se han salvado casi por arte de magia, los pequeños detalles que lo hacen todo mejor. Esa Providencia es la que tenemos presente estos días. Y qué bonito saber que hay quien te sostiene.








