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I. De pilares y terrazas

En la parroquia (Nuestra Señora de Atocha) conservan la que, se dice, fue la pila en la que bautizaron a Santo Domingo de Guzmán. Es ahí, frente a ella, donde comenzamos nuestra peregrinación. Los cinco, en el silencio y el eco de la iglesia vacía. Frente a ella, en manos del Señor y bajo la imagen de la Virgen, ponemos el corazón, el volante y los días que nos esperan en el camino hasta Roma.

La primera parada es Zaragoza. Yo, que nunca había estado, admito que es una de esas ciudades que, estando relativamente cerca, me daba rabia no conocer.

Según salimos del parking, nuestra mirada se alza hacia la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Imponente. Grandiosa. Reina y señora de su ciudad. Impasible al paso del tiempo. Con los brazos abiertos a quienes, como nosotros, peregrinan. A donde sea y desde donde sea. Cada uno en el camino que debe recorrer.

Ante la imagen de Nuestra Señora, en el lateral de un banco, mientras la gente entra, sale y se echa alguna foto, me acuerdo especialmente de mis tías y de la pulsera que adorna mi muñeca. De aquellos que, seguramente, quisieran estar aquí con nosotros hoy. Y de aquel fraile que una vez me dijo que la única y verdadera Virgen era la del Pilar.

A la salida nos hacemos con una medida. Obviamente. Amarilla la mía. La ato a la correa de la cámara y me guardo el sobre. «Para los viajeros: Compañía fiel y santificante en los desplazamientos» reza la parte de atrás.

Cuanto más nos acercamos a Barcelona, más negro está el cielo. Pero no parece importarnos demasiado. No cuando, entre los árboles, Monserrat se deja ver. Eterna frente a quienes pasan bajo ella.

No es San Feliu el sitio más bonito en el que he estado, no vamos a mentirnos. Pero hay algo en la sencillez que resulta atractivo.

La Catedral de San Lorenzo nos recibe con calor. Pero también con una belleza que es difícil de explicar. No es muy grande. No es tampoco grandiosa. Es, simple y llanamente, bella. Las fotos no le hacen justicia, luego.

«Humilitas».

Alrededor de una mesa, en la terraza de una cuarta planta que X. nos ha cedido durante la noche, juntamos cinco sillas y acabamos el día. Con la alegría de sabernos rodeados por quienes nos quieren. Con ilusión y expectativa por lo que está por venir. Con agradecimiento por lo vivido hoy.

Mañana cruzaremos los Pirineos y recorreremos los caminos que una vez recorrió Santo Domingo. De momento, las luces de ciudad acunan San Feliu.

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