El padre Paolo nos ha sugerido que podíamos celebrar Misa en la celda de santo Domingo. En el lugar donde pasó los últimos momentos de vida, donde expiró. Donde dejó un último mensaje a sus frailes y les invitó a no desfallecer en la misión.
Ofrecemos el día. Ha sido largo, como todos. Hemos ido a la playa, hemos comido en Piacenza y hemos llegado justo para ir a rezar vísperas con los frailes. Hemos ido a ver la tumba de santo Domingo y directos a cenar con la comunidad. Y, ahora, lo último que nos apetecía era estar aquí. Aunque nos haga ilusión, no me malinterpreten, solo tenemos ganas de ducharnos y meternos en la cama. Pero a V. le han brillado los ojos cuando lo ha escuchado y no podíamos decirle que no. No cuando se ha emocionado tanto.
Así que aquí estamos. Sentados los cinco en el lugar donde todo acabó y, paradójicamente, todo empezó. Cada uno en un banco, frente a frente, tratando de llenar el espacio. En silencio, serenos, cada uno con sus propias intenciones.
V. menciona a S. y a mí se me viene un poco abajo el mundo. Estaba intentando no pensarlo mucho desde que hemos llegado. El año pasado estaba en Bolonia cuando llegó la noticia. Y fue aquí, a la tumba de nuestro padre, donde vine a buscar refugio. A llorar. A tratar de entender de alguna forma el misterio de la muerte.
Supongo que es inevitable que los lugares en los que uno ha estado queden eternamente ligados a aquello que has vivido allí. Es perfectamente normal. Aunque sean sentimientos encontrados, aunque vuelvas y crees nuevos recuerdos. Siempre habrá algo dentro que te llevará a aquella primera vez. Y está bien, por mucho que se encoja un poco el corazón.
Pero qué bonito recordar. A S. A Domingo. A todos los que estuvieron a nuestro lado y hoy nos cuidan desde otro lugar. A aquellos que llevamos en el corazón y la memoria.
Un abrazo, un paseo nocturno por Bolonia y la promesa de volver. Y la lista de intenciones cada vez más llena de los nombres de aquellos que nos han acompañado y acogido.








