Con la elección de un Papa agustino que adopta como tradición y nombre pontificio León, ha cobrado actualidad la concepción que tenían de Roma san Agustín y san León Magno. Con sus reflexiones complementarias, estos dos gigantes del pensamiento se influenciaron en su forma de ver el mundo, lo que les convierte en protagonistas de una amistad que hoy se vuelve a poner de relieve bajo el puente de León XIV.
En el mundo católico, cuando hablamos de Roma, frecuentemente se la denomina Ciudad Eterna. Ahora bien, cuando empleamos este calificativo, nadie piensa en la eternidad del Imperio romano o en la pervivencia de la ciudad material. Esta eternidad la pensamos refiriéndonos a otra ciudad espiritual.
Para san Agustín, la toma de Roma y la posterior decadencia del Imperio romano, por dolorosos que puedan ser, no constituyen acontecimientos decisivos en la historia del mundo. Con la invasión de los vándalos, lo que ha perecido en Roma supone muy poco: solamente edificios de piedra y hombres mortales. Solo las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo constituyen una garantía para el porvenir, pero nada asegura la eternidad de una ciudad y de un imperio construidos por hombres. El autor de La Ciudad de Dios ha sabido, así, separar la causa de la Iglesia de la causa del Imperio.
Desde una perspectiva complementaria a la del obispo de Hipona, san León Magno —casi contemporáneo de san Agustín y obispo de Roma del 440 al 461— ofrece un ejemplo de la continuidad del pensamiento antiguo. Encarna el modelo de un romano de Roma, pues, desde el año 431, ocupa como diácono una situación destacada en la Iglesia de la Ciudad Eterna.
Al margen de la separación entre la ciudad celestial y la terrenal, León toma en consideración, más allá de las atribuciones propias del Papa, sus actividades políticas, como encargado de representar al pueblo en asuntos civiles. Esta visión global, que parte de una perspectiva espiritual compartida con Agustín, permite comprender mejor la actitud de León frente a los destinos de Roma y del Imperio. Así, según el primer Papa magno, el emperador posee la «regia potestad para la salvación de todo el mundo y el cuidado de la Iglesia universal». Desde la sede romana responde a todas las preocupaciones y problemas de la Iglesia romana. Roma será siempre la patria de su inteligencia y de su corazón. «Cuando los apóstoles se distribuyeron el mundo para predicar el Evangelio, el bienaventurado Pedro, jefe del colegio apostólico, fue enviado a la capital del Imperio romano para que la luz de la verdad se extendiera con más eficacia a través de todo el cuerpo del mundo, comenzando por la cabeza. ¿De qué nación no había representantes en nuestra ciudad cuando llegó Pedro? ¿Qué nación ignora las lecciones de Roma?».
La dignidad que gozaba la sede episcopal de Roma provocó un honor especial hacia la ciudad en que residía el jefe de la Iglesia católica, adquiriendo con ello una gloria que ninguna otra podía igualar. En el sermón 82 condensa León Magno todos los elogios: «La solemnidad de los santos apóstoles debe excitar una alegría particular en esta ciudad; es preciso que donde ha sido glorificada la muerte de los apóstoles más ilustres, sea mayor la alegría en el día aniversario de su martirio. ¡Oh Roma! de estos dos hombres tú has recibido el Evangelio de Cristo; a ellos debes el haberte convertido en discípula de la verdad, tú que antes eras maestra del error. Ellos han sido tus padres, tus verdaderos pastores; ellos, que te han fundado mejor que aquellos otros que elevaron tus murallas, mejor que aquel que te dio su nombre a cambio del crimen de su fratricidio. Ellos te han conducido a la gloria de ser una nación santa, un pueblo elegido, una ciudad sacerdotal y real, al mismo tiempo que, gracias a la sede del bienaventurado Pedro, te has convertido en capital en todo el mundo, y has extendido tu soberanía, gracias a la religión divina, mucho más allá de lo que habías hecho por tu dominación terrena».
León Magno, en cuanto Papa, sigue creyendo en la perennidad de Roma. Tanto él como nosotros, si nos retrotraemos en la historia, podemos conectar la grandeza de la Ciudad Eterna a Pedro, la piedra que, para san Agustín, merecía salvarse de la ciudad. El todo de san León conduce a la esencia que ya estaba en Agustín, la base de Pedro desde la que se llega a Cristo, último y único fundamento para la Roma eterna.







