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Hacia la sociedad del riesgo

Natalia Peiro es secretaria general de Cáritas Española

Las dos últimas décadas han estado marcadas por dos crisis muy profundas: la recesión de 2007 y la COVID-19. Ni las políticas de austeridad implementadas durante el gran crack económico ni el escudo social puesto en marcha para paliar las consecuencias del confinamiento han logrado reducir la exclusión social. 

Hoy, buena parte de nuestra sociedad bascula entre el riesgo de pobreza y una integración precaria. Una de cada cinco personas en nuestro país no participa plenamente en todos los órdenes de nuestra vida social. Son dos millones más que antes de la gran crisis de 2007. En estas familias —sobre todo las que tienen menores a cargo— los ingresos no permiten llevar una vida en condiciones dignas porque el trabajo es precario, temporal o a tiempo parcial o los gastos imprescindibles son muy elevados. De hecho, una de cada diez personas en el mercado laboral son hoy trabajadores pobres, una de las tasas más altas de Europa. Muchas, además, no acceden a derechos como la vivienda o la salud porque forman parte de esas 600.000 familias que no reciben la atención que precisan del sistema sanitario en el momento adecuado. 

Aunque la exclusión afecta, sobre todo, a la población española, el riesgo de pobreza se triplica entre los extracomunitarios. La razón de esta marginación social está en su situación administrativa irregular, fenómeno que además se encuentra invisibilizado por la falta de cifras oficiales que permitan tomar el pulso a este complejo fenómeno de la movilidad humana. En muchas ocasiones, estas personas trabajan en entornos rurales o en las tareas del hogar; sin embargo, no se les reconoce su derecho a la ciudadanía. Son un importante motor humano, económico y social, pero no cuentan e incluso se utilizan de manera parcial para generar miedo. 

Desde Cáritas y la Fundación FOESSA queremos poner luz sobre todos estos pliegues y arrugas de nuestra realidad social para discutir abiertamente sobre cómo responder a las necesidades de miles de personas que viven a nuestro alrededor. 

Como sociedad nos enfrentamos a diferentes retos que deben ser abordados no solo pensando en las mayorías, sino poniendo también el foco en aquellas personas, colectivos y territorios que tienen mayores dificultades y que, en muchos casos, afrontan una acumulación de problemas simultáneos que se retroalimentan. Estamos ante la gran oportunidad de construir un futuro y una sociedad que no prescinda de una buena parte de sí misma, y en la que el principio del bien común sea la clave para un nuevo modelo de desarrollo y convivencia.

El padre de la filosofía de la proximidad, Josep Maria Esquirol, asegura que «para sentir que estamos en el buen camino, los seres humanos necesitamos comprobar que lo que hacemos está bien y hace el bien». Muchas realidades a nuestro alrededor son una prueba de ello. Todavía tenemos muy presente la ola de solidaridad generada por las terribles inundaciones causadas por la dana en Valencia y otros puntos de nuestro país, como Albacete o Cuenca. O los más de 70.000 voluntarios de Cáritas que trabajan a brazo partido cada día en todos los rincones de nuestro país. Su trabajo es silencioso y no ocupa los principales titulares de los periódicos ni abre los telediarios, pero allí están.

El papa Francisco nos recuerda en su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres que las personas en exclusión «tienen mucho que enseñarnos en medio de una cultura que prioriza la riqueza y sacrifica la dignidad de las personas». Ellos reman a contracorriente, poniendo de manifiesto que lo esencial en la vida es otra cosa. Hace unas semanas, con motivo de la presentación del avance de resultados del IX Informe FOESSA, una mujer migrante en situación administrativa irregular acompañada por Cáritas Mallorca me dijo: «Sé que las cosas van a ir a mejor. Confío en Dios». Vivía con su marido y sus cuatro hijos en una habitación en un sótano, pero aquella situación no era capaz de arañar un ápice su fe. 

Hay una parte enorme de la sociedad que nos muestra cada día que merece la pena estar en el buen camino, en hacer crecer lo bueno, en vencer el mal con el bien. 

Con la ilusión de que los estudios de FOESSA puedan servir para avanzar hacia una realidad más justa, lo ponemos al servicio de la sociedad y de todos los agentes de transformación política, económica, cultural y social. Lo hacemos, además, convencidos de que comprender mejor una situación es la manera de empezar a cambiarla. 

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