María Solano es profesora en la Universidad San Pablo CEU. Autora de Pantallas, qué remedio. Cómo sobrevivir, con pensamiento crítico, al entorno digital (Palabra)
Septiembre. Vuelta a la rutina. Da igual la edad y la condición. Lo más probable es que cualquier día «normal» arranque con una consulta al móvil, para apagar el despertador, para mirar el tiempo, por si nos ha escrito alguien o si hay alguna urgencia. Después, la jornada de estudio o de trabajo incluirá, da igual a lo que nos dediquemos, un buen rato frente al ordenador. Cuando acaba el día, son muchos —no importa la edad— los que deciden «desconectar un ratito» y meterse en alguna red social para ver el tipo de contenido que les entretiene e hipnotiza sin pensar demasiado: unos ven gatitos y perritos; otros, resúmenes de fútbol; las adolescentes, trucos de belleza; los más cultos, imágenes del románico palentino o de lo más selecto del impresionismo, que hay para todos los gustos… nada muy grave, todo muy banal, insustancial, superficial, etéreo, la adormidera del siglo XXI.
¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Qué nos perturba tanto desde que, hace menos de dos décadas, los llamados teléfonos móviles inteligentes entraron en nuestra vida y las redes sociales llenaron todos los espacios? ¿Por qué los estudios de todos los países de nuestro entorno coinciden en afirmar que se está produciendo un sustancial declive de la salud mental? ¿Cuál es la razón por la que estamos más conectados que nunca y, a la vez, más solos? ¿Por qué motivo, ahora que tenemos acceso a toda la información con solo tocar nuestra pantalla táctil, no conseguimos poner el foco de atención en algo interesante, que merezca la pena, que sea significativo en nuestras vidas?
El problema estriba en que hemos sucumbido al ruidoso silencio del suculento contenido que internet y las redes sociales dicen ofrecernos de manera gratuita —dicen, porque si nos lo dan gratis es simplemente porque nosotros somos el producto, nuestros gustos y preferencias vendidos a buen precio al mejor postor que quiera colocarnos su publicidad, su mensaje populista o su propaganda política—. En ese ruidoso silencio, cautivados por el acelerado y permanente suministro de dopamina, conquistados por la inmediatez de vídeos y comentarios que no nos dan gran cosa pero nos mantienen atentos, nos ocurre que, embotado nuestro cerebro con cientos de mensajes por minuto, vamos deshabituándonos a pensar, esa actividad que nos diferencia y nos hace tan humanos.
Hemos sustituido el pensar por el consumir. Ya no tomamos decisiones, sino que buscamos contenidos y nos decantamos por el que más nos conquista, más en la forma que en el fondo, porque lo importante es actuar, rápido, ya, a un clic: comprar, gastar, vanagloriarse de lo que tenemos, viajar más lejos, llevar mejor outfit, preparar un desayuno más healthy, y todo para llenar un vacío existencial de manera ficticia porque no pensamos con claridad en lo que de verdad importa.
Y lo malo no es que nos hayamos quedado atrapados, quien más, quien menos, cada uno en su pequeña burbuja digital diseñada con precisión por los estrategas del marketing y la psicología, cuya única obsesión es que el algoritmo nos retenga por más tiempo en la pantalla. Lo malo es que resulta casi imposible salir, porque no tenemos mucho más remedio que vivir entre pantallas. El mismo elemento que nos genera una adicción propia de sustancias tan peligrosas como las drogas es el instrumento que se utiliza de manera habitual como herramienta de trabajo y de comunicación. Es como si a un drogadicto incapaz de controlar sus impulsos le obligáramos a trabajar todo el día manejando precisamente esa droga que limita su libertad y anula su voluntad.
Por eso, porque no tenemos más remedio que vivir en un entorno lleno de pantallas, nos toca formar y ejercitar nuestro pensamiento crítico cada día, redescubrir con las personas con las que convivimos que existen espacios libres de tecnología en los que aún es posible la libertad y gobernar el influjo de lo digital en nuestras vidas con la fortaleza del que se sabe acompañado en esta titánica tarea de preservar eso que nos hace humanos: nuestra dignidad. Y así, solo así, evitaremos sucumbir ante esta droga que no vimos llegar.








