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Teología e IA: una relación a construir

Carlos Simón Vázquez es vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca

La actualidad de la IA está fuera de todo comentario. A principios de este año, la Santa Sede publicó una nota sobre la inteligencia artificial firmada por los responsables de los dicasterios de la Doctrina de la Fe y de Educación y Cultura. La nota tiene por título Antiqua et nova. A la luz de esta, nos pareció interesante tener en la UPSA un tiempo específico de reflexión sobre los diversos aspectos que plantea.

Entre ellos, resalta la moralidad de la IA, que ha sido objeto de reflexión recientemente. Basándome en las fuentes de la teología, analizo la categoría de la responsabilidad como la actitud central ante las nuevas tecnologías en general y la IA en particular. Una responsabilidad que está relacionada con la libertad, con la reciprocidad y con el cuidado como binomios necesarios para un tratamiento novedoso ante los avances a todos los niveles que aparecen implicados con la IA. En este sentido, la actitud responsorial debe tener esa dimensión ministerial que, ya en los albores de la historia, aparece en el proyecto de Dios al confiar el Creador el mundo al hombre. Al mismo tiempo, diversos agentes morales, como los desarrolladores, los tomadores de decisiones y el público en general, se relacionan diversamente con la IA. 

El punto focal común sería insistir en la formación del sujeto moral virtuoso, porque las decisiones, acciones, y diseños tendrán que ver no solamente con el presente, sino con el futuro de las próximas generaciones. El riesgo está en lo que el papa Francisco ya advirtió en sus encíclicas y discursos sobre la IA: convertir a la persona en una suerte de nuevo algoritmo predecible y manejable. Es apelando a la dignidad humana y al genuino actuar libre del hombre como, ante los nuevos retos, podemos hacer un servicio a la humanidad en este contexto. No es reduciendo o poniendo entre paréntesis la vida ética como conseguiremos una sociedad más justa, pacífica y dispuesta a empeñarse por el bien común en todos los países, sino en vivir la singularidad de la dimensión moral con prudencia y sabiduría, relacionando nuestra creaturalidad con la luz de la razón que de forma única asiste a la persona.  

Sin duda, serán necesarios los códigos y protocolos para la inmediatez ante las implicaciones de la IA en tantos campos como la medicina, los medios de comunicación, la defensa y armamentos y un largo etcétera, pero sin un sujeto que aúne sensibilidad y razón, juicio y afectos, prudencia y responsabilidad, la persona no podrá mejorar el mundo que el Creador ha confiado a su cuidado, servicio y custodia. 

Para afrontar tantos desafíos como se nos presentarán en el futuro se necesitará una revitalización de la sensibilidad espiritual, como se nos señala en Antiqua et nova, porque la tentación de idolatrar la IA está presente, al igual que nuestro deseo de trascendencia. Contra esta posible tentación y sus sorprendentes efectos, se hacen actuales también hoy las palabras de san León Magno: «Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, y, partícipe de la naturaleza divina, no desees volver a la situación de hace tiempo». Creemos que la luz de la teología tiene un papel presente y futuro, porque la persona, como imagen del Dios Amor, es capaz siempre de lo mejor, es decir, de contribuir con su ciencia que viene de lo Alto, a la invitación genesiaca del principio de fecundar el don. 

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