Nuestro mundo, nuestra Iglesia y cada uno de nosotros necesita con urgencia y con angustia la paz. La paz verdadera y profunda del corazón, que es la fuente de todas las demás formas de paz que necesitamos. La paz en el encuentro con el otro. La paz que supone la radical exclusión de violencia. La paz que nos hace caminar con sentido, libertad, serenidad y plenitud por la vida. La paz que genera la unidad pese a la legítima diferencia y la necesaria diversidad. Una paz profunda de corazón que nace de dentro, de lo más hondo.
El primero de los mensajes de León XIV al presentarse desde el balcón de la Logia de San Pedro del Vaticano fue ese profundo deseo de paz. El primer mensaje del Resucitado. Pero no la paz como la busca el mundo, que acaba perdiéndose y no sacia el corazón del hombre, sino la paz real que nace del encuentro con el Dios de Jesucristo. La única fuente verdadera que puede dar la paz.
Los días y semanas previas al cónclave, tras la muerte de Francisco, y a qué ocultarlo, los últimos años de su pontificado, se habló mucho de cómo la polarización que azota nuestra sociedad secular también se había ido colando en la Iglesia. Tiene así mucho sentido que el Espíritu Santo, a través de los cardenales, haya buscado un Papa que venga a recordarnos la necesidad de la paz.
Quizás desde ahí podemos leer los primeros mensajes y los primeros guiños en gestos de León XIV. Quiero creer que su condición de religioso, y su experiencia como prior general de su orden agustiniana, son un gran bagaje para promover esa paz que reconoce que ser distintos, pensar distinto, tener sensibilidades distintas, no solo no supone ningún obstáculo para esa paz, sino que es la necesaria condición para alcanzar la unidad a la que estamos llamados.







