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«Aunque resucitara a alguien de entre los muertos no se dejarían convencer» (Lc 16,31)

¿Qué puede haber más inverosímil que una vida después de la muerte? No podemos hacer experiencia física de esto; nuestra mirada humana no alcanza a comprobarlo. Tenemos constancia de la muerte, de la inanición del cuerpo, y después se da ya el misterio, un misterio que se resuelve por la fe.

Ojos que miran con criterios humanos y ojos que miran a la luz de la fe pueden ver realidades complementarias, opuestas o discrepantes. Escribía san Pablo que: «El hombre que se guía por sí mismo no admite nada que venga del Espíritu de Dios; le parece absurdo. No es capaz de comprenderlo, porque esto sólo puede juzgarse espiritualmente.» (1Co 2,14).

Creer, tener fe, es dejarse guiar, es confiar no ciegamente sino espiritualmente en Dios. Ya en tiempos de Pablo éste podía decir que «lo que parece absurdo en la obra de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres, y lo que parece débil en la obra de Dios es más fuerte que los hombres.» (1Co 1,25).

Nuestra fe no es un absurdo, es obra del Espíritu. Seguro que muchos cuando les hablamos de vida eterna o de gloria celestial les puede pasar como a aquellos griegos del Areópago que ante Pablo así «que oyeron hablar de resurrección de los muertos, algunos se echaron a reír, y otros les dijeron: Sobre este punto ya te escucharemos otro día.» (Hch 17,32).

Podría parecer a quienes nos escuchen que somos unos ilusos, que somos los que lo dejamos todo para más adelante y que aquí y ahora no nos comprometemos con los problemas de los demás. Sería no entender nada. Cristo nos ha mostrado con su encarnación, su vida, su muerte y su resurrección que forma una unidad. Vivir la fe es vivir, vivir en Cristo, aquí y ahora, es vivir practicando la caridad y tener a la vez la mirada puesta en la esperanza de una vida plena y eterna.

Males y bienes en este mundo no siempre se corresponden con los del otro. Hay a menudo muchos que viven como Epulón, nombre que se ha dado tradicionalmente al rico del Evangelio de este domingo, pero hay muchos más que malviven como Lázaro.

Vivir practicando la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia o la mansedumbre es el programa de vida del seguidor de Cristo, es vivir poniendo la esperanza de que cuando sea la hora podamos ser felices con quien es de verdad feliz.

¿Es todo un absurdo? Puede parecerlo a ojos profanos, pero de hecho es la mayor manifestación que Dios haya hecho nunca a su criatura. Estamos ciertos por la fe y de esta fe debemos ser testigos para los demás que, quien sabe si un día u otro, nos escuchen.

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