La familia de la archidiócesis de Madrid ha celebrado la Misa in corpore sepulto del obispo auxiliar recientemente fallecido en la Catedral de la Almudena, previamente a su entierro en la cripta
Toda la familia de la archidiócesis de Madrid, con el cardenal arzobispo José Cobo a la cabeza, ha celebrado hoy la Misa corpore in sepulto por monseñor José Antonio Álvarez, obispo auxiliar de Madrid, fallecido el pasado miércoles a los 50 años de edad y a causa de un infarto. La celebración ha tenido lugar en la Catedral y posteriormente se ha procedido al entierro en la cripta.
La Misa ha sido presidida por el propio cardenal arzobispo, quien ha enfocado su homilía en la entrega, el sacrificio escondido y la esperanza de la resurrección. El mensaje central de monseñor Cobo ha tenido como pilar fundamental el Evangelio del grano de trigo, declarando que la vida del difunto obispo ha sido un testimonio de cómo un discípulo debe «gastarse por completo» por su pueblo.
Así, ha iniciado su reflexión esbozando la imagen de un sembrador joven de corazón que, con ilusión, salía cada mañana a lanzar semillas, algunas de las cuales encontraban buena tierra y en ellas brotaba vida.
Cuando la voz de Dios le ha dicho: «Ha llegado la hora, deja tu saco y ven conmigo», el sembrador —que sentía que aún no había terminado su tarea y tenía proyectos en su corazón—, responde con un nudo en la garganta. La voz insiste, suave, pero firme: «No temas. Lo que sembraste es suficiente. Otros recogerán la cosecha. Tú ven, sígueme». Al mirar sus campos por última vez, el sembrador puede descubrir que las flores y espigas se multiplican «más allá de su alcance». Es entonces cuando el sembrador comprende que su misión no era verlo todo terminado, sino confiar en que la vida entregada dará fruto en las manos de Dios y en los corazones de su gente. El cardenal ha afirmado: «Nosotros somos esos campos».
Tras esta introducción, el cardenal arzobispo ha conectado la vida de monseñor Álvarez con la parábola del grano de trigo, del Evangelio proclamado, en la que Jesús dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto». Según ha explicado, esta Palabra ilumina la vida y muerte de todo discípulo, y particularmente la de un obispo, quien está llamado a «dejarse consumir poco a poco por su pueblo».
Cobo ha descrito asimismo la vida ministerial de monseñor José Antonio Álvarez —con sus fragilidades y sus grandes virtudes— como un camino de «entrega, de siembra silenciosa, de sacrificio escondido» y un «sí continuo al “sígueme”». Según el cardenal, la gloria de un apóstol no es la «admiración del mundo, sino la de la cruz asumida». Su legado no son grandes monumentos o logros visibles, sino las semillas sembradas: «La Palabra predicada, los sacramentos celebrados, las lágrimas compartidas, la fe transmitida», pues la gloria auténtica brota desde la fidelidad pequeña y cotidiana.
En este sentido, el cardenal ha destacado que la vida de Álvarez solo se entiende desde la «lógica de la cruz y de la resurrección», un estilo de siembra marcado por la cercanía, la misericordia y la esperanza. Estas se manifestaron en su oración a Dios, y en su proximidad a su diócesis, a los sacerdotes, a la vida consagrada y al personal de la Curia. Su tarea no era juzgar, sino «abrir caminos» y «su sonrisa y la forma de afrontar muchas cosas nos ha aliviado». Y todo ello, señalando siempre a Cristo resucitado, diciendo: «Lo que Dios quiera». Monseñor Cobo ha agradecido de manera emocionada los reflejos de estas virtudes en el hermano obispo.
En lo referente a su labor en Madrid, el arzobispo ha asegurado que lo que queda de un pastor «no son sus cargos ni sus títulos, sino las huellas de amor que ha dejado en su diócesis». «Muere para nacer para la Vida eterna, y los frutos de su ministerio siguen creciendo en quienes fueron tocados por su palabra, su perdón, su presencia», ha proclamado.
El arzobispo ha señalado asimismo que ahora se siembra en el suelo, y luego se sembrará «en las entrañas de esta catedral, casa madre de los cristianos de Madrid», pues, ante el ataúd, se siente la certeza de que el Señor no defrauda. Quien confía en Cristo resucitado «se inserta en el misterio del grano de trigo, en el misterio de la Eucaristía, en el misterio de la Vida eterna».
Monseñor Cobo ha invitado a sembrar esta fe y esperanza nuevamente en tres ámbitos: en la vida de José Antonio, en cada uno de los presentes y en la Iglesia de Madrid. Su vida es «un lugar desde donde Dios nos habla y nos explica cómo caminar», ya que la vida de un discípulo de Cristo se mide en los surcos que deja en el corazón de la gente. El mensaje subrayó que solo se gana la vida cuando se entrega, y la muerte es el momento en que la semilla comienza a germinar en plenitud.
Así las cosas, monseñor Álvarez ha sido recordado por su fidelidad y por trabajar para que la Iglesia fuera una «comunidad abierta y comprometida», ya que siempre fue de «aglutinar, de sumar y aunar».
El cardenal ha concluido la homilía agradeciendo la siembra del obispo, afirmando que «el Dios de las sorpresas te ha arrebatado de este valle de lágrimas y de tensiones en lo que nos parecía lo mejor de tu ministerio». Con la certeza de que «la muerte no tiene la última palabra», monseñor invocó que José Antonio Álvarez, quien tantas veces pronunció la consagración en el altar, pueda ahora escuchar de Cristo la respuesta fiel: «Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor».








