Una asociación de inspiración cristiana conecta la búsqueda de trabajo y hogar con las necesidades de los ayuntamientos de la España vaciada
Según el navegador del coche, Sartajada está a una hora y 50 minutos de Madrid, una hora y media de Toledo —pertenece a esta provincia— y otro tanto de Ávila. Son las capitales más cercanas, y a las que se tienen que trasladar el centenar de vecinos del pueblo para encontrar grandes servicios, que tampoco tienen en los municipios de alrededor. Afortunadamente, el hospital más cercano está a menos distancia, 40 minutos, en Talavera de la Reina. Entre sus calles, Sartajada cuenta con una tienda de cerámica, una cafetería y el bar social Las Escuelas, que ocupa el edificio del antiguo colegio. Desde hace nueve meses, un joven matrimonio brasileño, Anderson y Thaiana regentan Las Escuelas. Evidentemente, no son lugareños, pero reconocen en conversación con ECCLESIA, que, en menos de un año, ya «hemos hecho amistades para toda la vida». Llegaron allí gracias a la asociación Pueblos con futuro, que pone en relación dos necesidades: la de los migrantes —el trabajo y la vivienda— y la de los ayuntamientos —frenar la despoblación—.
En Sartajada, el bar es un punto de encuentro imprescindible. Más allá de las comidas, a diario se juntan los vecinos «para charlar, tomar algo y compartir problemas y soluciones para ellos». Anderson y Thaiana se encargan de mantenerlo abierto durante los horarios pactados y ofrecer «una propuesta sencilla, pero completa». Durante la semana tienen una clientela pequeña, pero fiel. Los sábados y domingos, la actividad aumenta. Además del bar social, el matrimonio se hace cargo del bar de la piscina en verano.
Sin experiencia previa en hostelería, José Luis se ha convertido en un pilar fundamental a la hora de gestionar el negocio… y mucho más. Él es voluntario de la asociación Pueblos con futuro, y dedica todo su tiempo —está prejubilado— a ayudar a las familias que pasan por la asociación a instalarse en un pueblo e integrarse bien durante los meses siguientes, como en el caso de Anderson y Thaiana.
En sus cinco años de historia, Pueblos con futuro ya se ha extendido a otras 12 provincias españolas —Guadalajara fue la primera—, aunque el equipo lo formen solo tres voluntarios. Además de José Luis, está Dorys, ecuatoriana de origen, que vive y trabaja en Madrid. Ella fue la primera. Es la encargada de registrar las peticiones que llegan, fundamentalmente de Cáritas y de las parroquias, y selecciona a las familias cuando se presentan ofertas de trabajo o necesidades concretas por parte de los ayuntamientos. Es mucho trabajo para tres personas, pero, según relata Dorys, lo hacen convencidos. «Porque es un servicio y porque somos cristianos», afirma.
52 familias, 13 nacionalidades
Durante este tiempo, Pueblos con futuro ha instalado a 52 familias de 13 nacionalidades diferentes en varios pueblos de España. Son cerca de 300 personas y 80 niños que se han incorporado a escuelas rurales, en muchos casos, permitiendo su supervivencia. El acompañamiento se hace desde el primer paso y en todos los que vienen después. Por ejemplo, José Luis ayuda a las familias a acondicionar la casa. Para ello, cuentan con un pequeño trastero donde almacenan muebles donados. En el caso de la provincia de Guadalajara, donde empezó la aventura, un convenio con la diócesis les da acceso a viviendas vacías del obispado, que, por un alquiler pequeño, mantienen cuidadas.
Una vez instalados, en el caso de los que trabajan por cuenta ajena —fontaneros, residencias de ancianos, etc.— la asociación les hace la compra hasta que reciben el primer sueldo y les acompaña hasta que son capaces de gestionar sus ingresos. En el caso de autónomos, que se hacen cargo de un negocio, como el caso del bar, este acompañamiento suele alargarse más tiempo y, a veces, incluye el préstamo de un coche.
José Luis, que se ha convertido en un padre para estas familias, insiste en que él también tiene recompensa. «Me lo cobro en abrazos», dice. Es feliz al ver la evolución de las familias, que llegan sin nada y, paso a paso, son capaces de comprarse un coche… Es como si viera crecer y volar a sus propios hijos.
Anderson y Thaiana están en ese camino. Cuando se instalaron en Sartajada, pensaron en algo temporal. Tras la experiencia de este tiempo, quieren echar raíces allí con sus hijos. «Tener la posibilidad de jugar con sus amigos, caminar por el campo, ir al río y vivir con esta tranquilidad no tiene precio». Nicolás y Sophia tienen 12 y 2 años, respectivamente. En Sartajada no hay escuela, así que acuden a una a 15 minutos que reúne a todos los niños de los pueblos de la zona, una docena por clase, más o menos. Los pequeños están encantados con su escuelita, muy diferente a la de Madrid. Allí comparten clase con niños de distintas edades. A los que viven en Sartajada les ven con mucha frecuencia después de las clases, y a los demás, en cumpleaños y ocasiones especiales.
Con la experiencia de esos meses y el sueño de ver a sus hijos crecer felices, Anderson y Tahiana esperan ahora seguir progresando hasta no tener que depender de la ayuda de la asociación. Será el turno de otras familias.
Esta iniciativa no solo ofrece esperanza para familias y pueblos, ahora que estamos inmersos en el Jubileo, sino que cumple la invitación que los obispos españoles hacen en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a fijarnos en los rostros y en las historias concretas —«llenas de vida y dignidad»— de esos hermanos que han dejado su país para venir al nuestro buscando una vida mejor. Porque, acogiéndolos, dice el papa León XIV, las comunidades se convierten, además, en «un testimonio vivo de esperanza».








