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Día de la Iglesia Diocesana: una llamada al compromiso en nuestro tiempo

Jose María Albalad es director del Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal Española

¿Tiene algo que ver la santidad con el sostenimiento de la Iglesia? A menudo, cuando periodistas, tertulianos o participantes de distintos foros me plantean alguna cuestión sobre el sostenimiento de diócesis o parroquias, las preguntas están relacionadas con el ámbito económico. Se trata, quizás, de una vinculación natural, casi espontánea, de la que no escapa tampoco la inteligencia artificial: ChatGPT, por ejemplo, adopta en su respuesta únicamente el enfoque de la financiación, detallando las principales fuentes de ingresos. Sin embargo, un mínimo análisis ofrece una visión más amplia sobre el tema, que entronca con la propia misión de la Iglesia y el sueño de Dios para cada uno de sus hijos.

Frente a las lógicas del mercado y a fórmulas estratégicas que se miden con criterios de eficacia y eficiencia, los cristianos sabemos por la fe que en última instancia quien sostiene a la Iglesia «es Dios mismo, por medio de Jesucristo que es quien la convoca, la preside y la vivifica, y por la fuerza interior corazones», como expresaban ya los obispos españoles en una instrucción pastoral de 1988 sobre la ayuda económica a la Iglesia.

Esta visión sobrenatural, lejos de invitar a desentenderse o relajarse, es una llamada al compromiso para todos los católicos, ya que el mismo Dios cuenta con nuestra mediación para que la Iglesia pueda cumplir su misión en este cambio de época que nos toca vivir. En la medida en que los cristianos seamos conscientes de nuestra responsabilidad respecto al sostenimiento de la Iglesia y respondamos libremente desde nuestra propia vocación y estado de vida, la luz del Evangelio seguirá iluminando nuestros pueblos y ciudades.

La colaboración en que se concreta esa mediación humana incluye pero trasciende lo económico, algo que no siempre resulta tan evidente. Por ello, la campaña del Día de la Iglesia Diocesana de este año, con el lema Tú también puedes ser santo, resulta muy evocadora, pues eleva la mirada y nos hace ver —gracias a los testimonios de santos, beatos y venerables— que tratar de responder a la llamada universal a la santidad en nuestra vida cotidiana es el mejor modo de contribuir a la realidad de nuestras diócesis y comunidades.

Porque cuando se deja que la gracia del Bautismo «fructifique en un camino de santidad», como recoge la exhortación apostólica Gaudete et exultate, el amor a Jesús y el deseo de seguirle no solo se mantiene encendido en nuestro interior, sino que «es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio». Y así surgen vidas entregadas, personas que dan generosamente lo que son y lo que tienen sin esperar nada a cambio, con el único propósito de contribuir a la evangelización allí donde se encuentran.

¿Qué sería de la labor de la Iglesia sin la dedicación de los cientos de miles de voluntarios que cada día, sin abrir telediarios ni protagonizar vídeos virales, ofrecen su tiempo y sus talentos en los distintos servicios eclesiales? Si hubiera que cuantificar económicamente todas esas aportaciones, no habría recursos para dar respuesta. A la postre, todo resulta esencial: desde la oración, alma de toda la actividad que se realiza y sin la que no hay fruto posible, hasta la colaboración económica.

Aunque a veces pesa el estereotipo de una «Iglesia pedigüeña», es importante tener claro que el dinero no es una meta, sino un medio para cumplir la misión, y que debe hablarse de ello con normalidad. Por ejemplo, el portal de donativos www. donoamiiglesia.es, desde el que es posible colaborar con cualquiera de las casi 23.000 parroquias que hay en España, experimenta un crecimiento sostenido con una cifra muy ilustrativa: el 90 % de las donaciones se corresponden con suscripciones periódicas de fieles y personas de buena voluntad que han decidido colaborar con la Iglesia todos los meses con la misma normalidad que asumen el pago de otras suscripciones que forman parte también de su día a día (plataformas audiovisuales, recursos de ocio, etc.).

Dios cuida de su Iglesia y cuenta con nuestra colaboración. Todos somos corresponsables. Sentirse parte de esta gran familia, de la comunidad de los discípulos de Cristo, es un estímulo para participar en su vida y apoyarla en sus necesidades. Santidad y sostenimiento bien podría ser un binomio inspirador para el compromiso en nuestro tiempo.

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