Se celebra hoy, día 3 de diciembre, el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Una
jornada que nos invita a visibilizar a tantas personas que sufren algún tipo de discapacidad:
física, sensorial, intelectual, psicosocial, mental. Una situación que afecta a más de cuatro
millones de personas en nuestro país, en torno al 9 % de la población. Y junto a ello, pretende
interrogarnos sobre el tipo de sociedad y de Iglesia que estamos construyendo para que todos
se sientan plenamente integrados.
Desde la Iglesia se trata de una realidad que nos debe preocupar. Son muchos los encuentros y
las visitas que voy realizando a asociaciones y colectivos que trabajan con estas personas.
Entre las muchas presencias en nuestra diócesis, me alegra especialmente la del Hospital San
Pablo en Mondoñedo y el trabajo que las Hijas de la Caridad allí realizan. Junto a este ejemplo,
tantas personas e iniciativas que dedican tiempo, trabajo, imaginación, voluntariado a esta
loable realidad. ¡Gracias!
En mis encuentros me comentáis vuestros proyectos, esperanzas, logros. Sin duda, es mucho lo
que se ha avanzado en este campo en nuestra sociedad. Tenemos que agradecerlo y
alegrarnos por ello, sabiendo que todavía nos queda mucho camino por recorrer. En una
sociedad marcada por la meritocracia y un individualismo que exalta la «autonomía» absoluta,
existen enormes dificultades para acoger la interdependencia y la fragilidad humana. Por eso,
entre otras cosas, nos falta no poca sensibilización hacia estos colectivos. No tenemos una
mirada atenta que ayude a integrar, acoger, promover. Entre todos, hemos de superar y vencer
tantas barreras que dificultan a muchas personas poder participar y enriquecer a nuestra
sociedad.
El mensaje de Jesús enraíza más fuertemente la inviolable dignidad de toda persona, sea cual
sea su situación y estado. Cada persona, con sus dones y su historia particular —también con
sus fragilidades—, es un regalo único de Dios. La discapacidad nunca puede ser vista como una
carencia. No se trata, por tanto, de compadecernos, sino de promover un camino de justicia que
construya una sociedad del bien común: en ese marco, todos alcanzarán la plena inclusión
desde el ejercicio de los derechos. El ejemplo de Jesús en el evangelio, que se encontró con
tantas personas con discapacidad a las que volvió a introducir en el camino y en la comunidad,
es un buen ejemplo y semilla para nosotros.
En ese sentido, me gustaría hoy dirigirme a las personas con discapacidad y a sus familias: la
Iglesia os ama, y necesita de todos y cada uno para ser la gran familia de todos. La Iglesia os
necesita y quiere acompañaros también en vuestro caminar. El encuentro con Cristo puede
ayudaros también a descubrir un nuevo sentido y horizonte a vuestra existencia que os lleve,
como a todos, a la plenitud y a la felicidad. Vuestras vidas de esfuerzo, sacrificio, valentía,
entrega escondida, generosidad, solidaridad, alegría… son un testimonio de fe y una brillante
aportación para nuestra sociedad que nos gustaría mucho fomentar y animar desde la caridad
en Cristo.
También, en este día, sería bueno que, como Iglesia, nos hiciéramos algunas preguntas:
¿Hacemos todo lo posible para que todos, según sus capacidades, puedan encontrarse con
Jesús? ¿Suprimimos o hacemos lo posible por suprimir barreras de todo tipo en nuestra
comunidad: físicas, culturales, comunicativas, mentales? ¿Escuchamos, acompañamos y
acogemos a las asociaciones y colectivos con discapacidad en nuestras parroquias? ¿Nos
adaptamos a las necesidades de las personas? ¿Son nuestras comunidades, de verdad, una
madre/familia que sabe acoger, acompañar, dar protagonismo y encontrar un lugar para cada
uno de sus miembros? Estas preguntas pueden ser un buen examen de conciencia que
promueva caminos de conversión siempre necesarios: en la adaptación de nuestros templos, en
la catequesis, en la participación litúrgica…
La Iglesia quiere ser fermento de una nueva sociedad donde se nos mire como personas y no
por nuestras capacidades. A esa tarea os animo.
Vuestro hermano y amigo,







