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Moldeados por la eucaristía

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

Acabamos de celebrar, el sexto domingo de Pascua, la Fiesta de las “Santas Formas”. En la ciudad de Alcalá, a finales del siglo XVI, un hombre arrepentido entregó al jesuita Juan Juárez veinticuatro formas consagradas, que había robado, junto con un grupo de moriscos, en diversos templos. En aquel tiempo, existía la terrible costumbre de envenenar formas consagradas, que se entregaban a los sacerdotes para que murieran al consumirlas. El P. Juan Juárez decidió guardar las veinticuatro formas en el templo y esperar a que se corrompieran de manera natural. Veintidós años después se comprobó que aquellas santas formas permanecían intactas. Fue un milagro eucarístico, que se añade al gran milagro de la transustanciación que vivimos cada día en la Eucaristía.

Cristo ha tenido la iniciativa de quedarse con nosotros en la Eucaristía. Sabe que le necesitamos, pero quizás nosotros no somos tan conscientes de esta necesidad. A veces, nos sentimos demasiado autosuficientes. Creemos que podemos evangelizar con nuestras fuerzas. El pasado mes de febrero, recordando a los consagrados la necesidad de volver a la fuente de sus carismas fundacionales, decía el Papa Francisco: “La renovación, antes que con las reuniones y las mesas redondas – que se deben hacer, son útiles -, se realiza ante el Sagrario, en adoración. Hermanas, hermanos, nosotros hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Somos demasiado prácticos, queremos hacer las cosas, pero hay que adorar” (Homilía 2-II-2025).

La fuente de nuestro apostolado está en la Eucaristía. En la nueva evangelización son necesarios nuevos métodos, un nuevo lenguaje, pero sobre todo son necesarios “nuevos evangelizadores”. Evangelizadores moldeados por la Eucaristía. La evangelización no es una simple tarea humana. El único evangelizador es Jesucristo, nosotros somos sarmientos unidos a la vid. Solo si estamos unidos a Cristo daremos fruto. Si Él vivió ofrecido al Padre por amor a los hombres, vivamos también nosotros ofrecidos con Él, y que ese ofrecimiento sea la raíz de todas nuestras acciones pastorales.

Nuestra tarea como evangelizadores comienza en nuestro propio corazón. Se cuenta que el Cardenal Lustiger escribió un voluminoso plan pastoral para su Diócesis de Paris. Un periodista le preguntó: “Señor Cardenal ¿cuál es el punto más importante de su plan pastoral?”. Lustiger respondió: “la conversión del Cardenal”. Para ser evangelizadores necesitamos un corazón enamorado de Cristo, un corazón que se sienta amado por Cristo y que quiera amar en correspondencia. Lo primero es dejarse amar por el Señor. Un celoso misionero italiano, el P. Amatulli, se recorrió México predicando el amor de Dios. Pronto se le unieron otros misioneros, sacerdotes y laicos, y él les repetía: “si algún día no estáis convencidos del amor que Dios os tiene a vosotros, no salgáis a misionar”.

La misión comienza en nuestro corazón, envuelto por el amor de Dios. La evangelización solo podrán realizarla corazones enamorados. Sin esto, la Iglesia envejece y se hace triste, falta la ilusión y el entusiasmo. Por eso, necesitamos moldear nuestro corazón en la Eucaristía. No solo ir a Misa de vez en cuando, y de manera rutinaria, sino vivir la Eucaristía veinticuatro horas, siete días a la semana. Debemos llevar la vida a la Eucaristía, y lo que celebramos en la Eucaristía llevarlo a la vida.

En cada Eucaristía se perpetúa el único sacrificio de Cristo en el calvario. Hemos de aprender a vivir nuestra vida como un ofrecimiento, unido a la oblación de Jesús, que le da todo su valor. El P. Cantalamessa ponía el ejemplo de un hijo que hace un regalo muy caro a su padre el día de su cumpleaños. Invierte en el regalo todos sus ahorros. Con el regalo, le entrega al padre una tarjeta dedicada en la que han firmado también sus hermanos pequeños, y el padre se emociona con el amor de sus hijos. Recibe el regalo de todos, pero solo el hijo mayor pagó el precio. En cada Eucaristía tenemos la oportunidad de unir nuestro ofrecimiento al sacrificio de Cristo, para que Él lo presente al Padre. Somos esos hermanos pequeños que ponen su firma junto a la del hermano mayor, que ha pagado todo el precio de nuestra redención.

Pronto vamos a celebrar grandes misterios de nuestra fe: la Ascensión, Pentecostés, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús. Permanezcamos unidos a Cristo, pongamos en sus manos toda nuestra tarea evangelizadora. Todo por Él y en Él, para que podamos dar fruto y un fruto abundante.

Recibid mi saludo y mi bendición.

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