Llegados al cuarto domingo de Adviento encendemos en nuestra corona de Adviento la vela de la caridad, del amor. Estamos en puertas de Navidad, un tiempo fuerte en nuestra vida de fe y un tiempo también especial para el conjunto de la sociedad.
Hay que fijar nuestra mirada, aunque sea por unos instantes, en la escena que rememora ese momento en aquella noche tranquila donde sin oropeles y con total sencillez, el que debía salvar el mundo vino a la vida.
¿Qué significa que Dios se haga hombre? Quiere decir en primer lugar que viene a dignificar nuestra vida, a destacar su carácter de don de Dios, desde el mismo momento de la concepción hasta el último aliento. Quiere decir en segundo lugar que Dios, consciente de la debilidad y la fragilidad de la vida de su criatura, quiere compartirla, sin renunciar a sufrir como nosotros padecemos, a esperar como nosotros esperamos, a llorar como nosotros lloramos, oa alegrarnos como nosotros también nos alegramos. En tercer lugar, la encarnación del Hijo de Dios no es en vano, no es un simple gesto de solidaridad que al fin y al cabo queda en ello, un simple gesto.
Nace en Belén, vive en Nazaret y muere en Jerusalén; Jesús, hijo de José y de María a los ojos del mundo, pero que de hecho es Dios, comparte en todo, salvo el pecado, nuestra humanidad. Resucita el tercer día de entre los muertos y sube al cielo, nos invita a participar de su divinidad, a ser hijos con el Hijo. Todo el misterio de la salvación está contemplado en este niño que hoy nos mueve a la ternura y que mañana debe movernos a la esperanza.
Vivimos estas Navidades a las puertas de la conclusión del Año Jubilar de la esperanza, y en Jesús, que yace en ese comedero, sin más cobijo que un débil tejado, sin otro calor que el aliento de un buey y una mula, está depositada nuestra esperanza. Qué paradoja, allí donde todo indica desesperanza tenemos puesta nuestra gran esperanza.
Son las aparentes contradicciones de Dios, que a veces, si no nos hacen dudar, sí al menos nos desconciertan. ¿No será esto un signo de hacia dónde debemos dirigir nuestra mirada? ¿No nos quiere decir así Dios, con su sencillez acostumbrada a hablar en el susurro de una brisa suave, que Él está sobre todo en quienes deben vivir como Él, sin cobijo y sin acogida?
Como escribía el papa Francisco, debemos ser mensajeros de: «la esperanza para los millones de pobres, que a menudo no tienen lo necesario para vivir.» ( Spes non confundido , 15). Para hacer saber así que Dios está con todos nosotros.







