Este domingo concluye la semana por la unidad de los cristianos, el día en el que la Iglesia celebra habitualmente la fiesta de la conversión de san Pablo, el denominado apóstol de los gentiles. Pablo fue el último de los llamados a ser apóstol, de hecho no siguió a Jesús, no le conoció ni tratar personalmente; la suya fue una experiencia de Dios, una experiencia de conversión.
Nosotros tampoco hemos escuchado directamente a Jesús predicar el Reino, el modo en que su Buena Nueva nos ha llegado es a través de la Escritura y de la tradición de la Iglesia; a través del magisterio, enseñanzas y predicaciones que desde los apóstoles hasta los Padres de la Iglesia, se han ido recogiendo sucesivamente hasta llegar a nuestros días.
Escribía el papa Benedicto XVI que: «la Palabra de Dios se transmite en la Tradición viva de la Iglesia. La Sagrada Escritura, el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la Palabra de Dios atestiguada y divinamente inspirada. (…) la fe cristiana no es una “religión del Libro”: el cristianismo es la “religión de la Palabra de Dios”, no de “una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo”. (San Bernardo, Homilía super missus este, 4,11). Por consiguiente, la Escritura debe ser proclamada, escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra de Dios, en el seno de la Tradición apostólica, de la que no puede separarse.» (Dei Verbum, 10). (Verbum Dominio, 7).
Una forma de acercarse a la Palabra es la Lectio divina de la que el monje Guiu II el Cartujà formalizó las etapas o escalones en su carta conocida con el nombre de Scala claustralium. Son pocos escalones los de esta escalera, pero quien la sube con decisión, con la oreja atenta, se acerca verdaderamente a Dios: hace subir, a quienes se emplean, de la tierra al cielo. Un primer escalón de la escalera es la lectura o lectio, leyendo el texto de manera pausada, recogiendo exactamente lo que dice Dios a través de la Escritura. Un segundo escalón es la meditación, tratando de alcanzar la verdad de lo que Dios nos dice con su Palabra, el sentido espiritual y al mismo tiempo personal, de lo que nos expresa Dios a nosotros en un momento determinado y concreto de nuestra vida. El tercer escalón es la oración; el diálogo entre Dios y nosotros, entre el lector y el Señor; así nuestra lectura, como decía san Gregorio Magno, hace crecer la misma Palabra divina. El cuarto escalón es la contemplación, la meta del camino, cuando se nos invita a ir siempre más y más allá, a seguir andando en el camino de la fe.
Os invito a acercaros a la Palabra de Dios, a familiarizaros con el diálogo con aquel que tanto nos ama y nos habla al oído; a través de la Palabra podemos escuchar la voz del Señor. (Verbum Dominio, 19).





