La historia de la Iglesia es, en buena medida, la historia de una respuesta concreta al sufrimiento humano. Cuando nadie hablaba de dignidad, la Iglesia cuidó a los enfermos. Cuando la adicción al alcohol destruía familias enteras, surgieron comunidades, acompañamientos y caminos de rehabilitación. Cuando la droga arrasó generaciones, la Iglesia estuvo y sigue estando en las periferias, sosteniendo procesos largos, incómodos y profundamente humanos. Siempre ha llegado allí donde el dolor era más evidente.
Hoy, asistimos a una nueva forma de adicción: silenciosa, socialmente aceptada, y, precisamente por eso, más difícil de reconocer y de paliar. La adicción al móvil y a las pantallas plantea un desafío ante el que, da la impresión, estamos llegando tarde. No porque la Iglesia no tenga nada que decir, sino porque el daño no siempre se percibe como tal.
Nadie se escandaliza de un niño hipnotizado por una tableta, de un adolescente incapaz de sostener una conversación sin mirar el móvil, de adultos permanentemente distraídos, cansados y desconectados de sí mismos y de los demás. Hemos normalizado una dependencia que erosiona la atención, la interioridad y la capacidad de vínculo. Las adicciones clásicas destruían el cuerpo de forma visible; esta erosiona el alma de manera discreta. Nos roba el silencio, la paciencia y la espera. Y sin silencio, no hay oración; sin espera, no hay amor; sin presencia, no hay encuentro.
Catherine L’Ecuyer ha señalado en numerosas ocasiones que la atención no es una técnica, sino una facultad del alma. Cuando se dispersa continuamente, no solo se empobrece el aprendizaje, sino la vida interior. Y sin vida interior es simplemente imposible vivir en libertad.
La Iglesia, que siempre ha custodiado una visión integral del hombre, no puede limitarse a acompañar las consecuencias sin nombrar ni tratar de paliar la causa con firmeza. El ser humano necesita realidad y asombro, no estímulo constante ni sobreexcitación, porque solo es en esa realidad donde Dios se nos hace presente y es posible el encuentro.
Debemos a la sociedad una palabra urgente y clara: no todo lo técnicamente posible es humanamente deseable, y no podemos acompañar a personas fragmentadas sin señalar aquello que las fragmenta.
La Iglesia nunca ha llegado tarde cuando ha amado con verdad. Hoy, amar pasa también por ayudar a desconectar. Porque cuidar del alma, que en nuestro tiempo implica enseñar a mirar de nuevo y a estar realmente presentes. Estamos a tiempo.







