El diplomático lituano, que atiende a ECCLESIA en el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania, reconoce que a estas alturas le cuesta recordar cómo se vive sin el sonido de las bombas
Monseñor Visvaldas Kulbokas es nuncio en Kiev desde 2021. Pocos meses después, vivió de lleno la invasión rusa de Ucrania a gran escala. Era la noche del 24 de febrero de 2022. Desde ese fatídico día, la guerra se ha extendido y enquistado, agravando el sufrimiento de una población al extremo. «Creo firmemente que la paz, incluso parcial, es mejor que la continuación de la guerra, porque es fundamental proteger el don sagrado de nuestras vidas y las de los demás», sostiene el embajador del Papa en «la martirizada Ucrania».
—¿Cuánto pesan ya estos cuatro años de guerra?
—La guerra que comenzó en 2014 afectó principalmente a las regiones orientales de Ucrania. Sin embargo, desde febrero de 2022, ha envuelto a todo el país. Hay voluntarios y capellanes militares que han estado implicados en distintas labores desde 2014 y, aunque ya están acusando agotamiento, también han acumulado una valiosa experiencia con la que están brindando ayuda a otros. Evidentemente, cuatro años es mucho tiempo, sobre todo, para los prisioneros de guerra, civiles o menores, detenidos ilegalmente o separados de sus familias. Rezo por ellos cada mañana. Humanamente, no sé cómo logran sobrevivir a todo esto. Después están los que defienden su país en el frente. A muchos ni siquiera se les puede definir como militares, porque son ingenieros, cantantes, atletas, actores o escritores. Todos me dicen que están cansados de las heridas y las experiencias vividas.
La población también está cansada. Imagínense, hay muchos niños de ocho años que apenas se han relacionado con otros niños, primero por la COVID-19 y después por la guerra, porque en regiones como Sumy, Jersón e Izium no pueden ir a la escuela. Incluso en Kiev, conozco a muchos estudiantes universitarios que tuvieron que hacer toda su carrera a distancia. La población se enferma más, porque muchos días no se puede dormir debido a los bombardeos nocturnos. Los niños que nacen tienen un riesgo muy alto de autismo. Hasta los perros y gatos que veo por la calle en Kiev parecen deprimidos. Pero muchos dicen: «No tenemos otra opción, tenemos que vivir así». Y damos gracias a Dios por lo que tenemos.
—¿Cuántas generaciones de ucranianos, y también de rusos, cree usted que se han perdido hasta ahora?
—La guerra no solo destruye la vida de quienes mueren o resultan heridos, también destroza a las familias. Si, por ejemplo, una mujer ha tenido un trabajo civil y su marido regresa herido tras tres o cuatro años de servicio a tiempo completo en el frente, ya no saben de qué hablar, porque sus experiencias son muy diferentes. Es más fácil para los heridos hablar con los heridos, para las viudas hablar con las viudas… La guerra también destroza el orden internacional; por eso, no solo pierden los ucranianos y los rusos, sino el mundo entero, por mucho que se engañen los ciudadanos pensando que la guerra está lejos y no les toca.
Me gustaría añadir una consideración: una vez hablé con un diplomático surcoreano sobre cómo imaginaba el futuro de las relaciones con Corea del Norte. Me respondió con mucha franqueza: «Las bombas de la guerra que tuvimos todavía están grabadas en la memoria de la gente». Es decir, no es fácil borrar los terribles recuerdos de la guerra. Quizás tengamos que esperar a que muera toda la generación que vivió la contienda antes de poder recuperar las relaciones.
—¿Nos ayuda usted a comprender lo que sucede sobre el terreno a las personas en su día a día?
—La situación depende en gran medida de la distancia a la línea del frente. Por ejemplo, en Jersón, la gente solo sale por la mañana para comprar comida, recibir ayuda humanitaria o rezar en la iglesia. Por la tarde, todos se quedan en casa porque hay muchísimos perros callejeros por la ciudad y caminar se vuelve peligroso, tanto por los drones como por el riesgo de ser atacado por estos canes que se han quedado sin dueño. En Kiev, depende de la estación. En invierno, muchas casas solo tienen calefacción a ciertas horas del día, por lo que también las paredes interiores sufren daños. Las tiendas están abiertas, pero algunas no pueden permitirse encender los generadores todo el tiempo, así que los clientes tienen que encender la linterna del teléfono para buscar los productos que necesitan.
Cuando se producen ataques con misiles o drones, el metro que cruza el río Dniéper se detiene, por lo que los trabajadores tienen que esperar a que se termine la alerta para poder ir a trabajar. Así, nadie sabe cuándo podrá llegar al trabajo o a casa. Pero la gente también intenta relajarse, por lo que restaurantes, cines y teatros siguen abriendo.
Quienes no tienen agua ni electricidad en casa acuden a amigos o familiares para preparar la comida y lavar la ropa. Por la noche, algunos civiles se ofrecen como voluntarios para defender la ciudad de los ataques con drones. A menudo, incluso veo a los médicos que trabajan durante el día haciendo turnos por la noche para subirse al tejado de una casa con el fin de derribar estos aparatos. Quienes lo hacen tienen algo de experiencia, pues se han alistado en el llamado cuerpo de defensa territorial. Todos los demás intentan descansar, pero si hay muchos drones atacando la ciudad, es imposible dormir por el ruido y las explosiones, además del estrés, porque nunca se sabe si el ataque caerá sobre tu casa.
—¿Cómo están ayudando de forma concreta el Vaticano y el Papa en Ucrania?
—El Papa es la cabeza de la Iglesia y, por lo tanto, invita principalmente a las distintas instituciones eclesiales a brindar ayuda a quienes sufren. También hay donaciones que particulares —de empresas o asociaciones— envían al Papa y, en esos casos, este la distribuye. Periódicamente, la Limosnería Apostólica envía ayuda en forma de alimentos, medicamentos, generadores, ropa y fondos para comedores sociales, albergues de refugiados y Cáritas. Además, varias diócesis y conferencias episcopales mandan directamente ayuda a Ucrania.
No es fácil conocer el alcance total de la ayuda que presta la Iglesia, pero la ayuda humanitaria de la que sé personalmente ha superado sin duda los 1.000 millones de euros. También hay mucha ayuda que no es fácil de cuantificar en términos económicos. Por ejemplo, recuerdo que en la segunda quincena de marzo de 2022 los habitantes de la ciudad de Kiev —la población que permaneció en la capital— tuvieron dificultades para encontrar comida. Yo vi con mis propios ojos las cajas de comida que llegaron de España, Portugal y otros países.
—¿Sigue mediando el Vaticano con las listas de prisioneros?
—Existen diversas categorías de prisioneros, que pueden dividirse en dos grandes grupos: prisioneros de guerra —personas consideradas militares— y prisioneros civiles. La Santa Sede busca activamente que todos reciban el trato más humano posible, pero no es fácil lograr su liberación. En cualquier caso, continúa recopilando y entregando listas. Se están facilitando miles y miles de nombres, pero los resultados que hemos visto hasta ahora son escasos. Esto no significa que la labor no deba continuar.
—¿Ha podido departir con el papa León XIV? ¿Nos puede contar qué le ha dicho sobre Ucrania?
—El papa León XIV me recibió el pasado mes de junio. Me dedicó mucho tiempo y atención. Hablamos especialmente sobre la misión de la Iglesia en tiempos de guerra. La fuerza de la Iglesia reside en el Evangelio mismo, es decir, en la fe en la vida eterna que nadie puede destruir. Por lo tanto, la esperanza que transmite la Iglesia es invencible, eterna, y es lo que da pleno sentido al sacrificio de las personas. Muchos ucranianos —no solo católicos, ni solo cristianos, también musulmanes y personas de otras religiones— me dicen que, sin la fe en la eternidad, la vida habría perdido todo sentido. Porque, ¿qué sentido puede tener que un país o un grupo de personas ataquen a otros? Ninguno. Pero la fe puede iluminarnos incluso en momentos tan terriblemente oscuros.
—Usted mismo, ¿cómo soporta el sufrimiento que ve a su alrededor?
—Tras cinco años viviendo en Ucrania, me cuesta incluso entender cómo se vive sin guerra. Cuando estoy fuera de Ucrania, de vacaciones o de viaje a Roma por trabajo, me doy cuenta de que mi psicología es diferente a la de los demás. Cada sonido que oigo —aviones o incluso sonido de puertas y ventanas— me parecen explosiones. Cuando estoy en Ucrania, no me doy cuenta del gran impacto que la guerra tiene en mi psique, pero cuando salgo del país, sí que percibo la diferencia. Por otro lado, tengo la impresión de que, tras el shock inicial de febrero-marzo de 2022, no solo yo, sino también mucha gente de mi entorno, hemos aprendido a vivir con la guerra.
—Se suele decir que Dios es capaz de obtener un bien del mal, ¿qué ha podido ver usted de bueno en estos años?
—Personalmente, considero un gran regalo de Dios estar en Ucrania durante estos tiempos de guerra. Porque durante la guerra, aprendes a amar aún más la vida y a las personas. Te tomas el tiempo libre mucho más en serio. En mi opinión, la guerra, aunque sea una invención del diablo, nos ayuda a vivir la vida de una forma más profunda.
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