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«Todo esto te lo daré si te prosternas y me adoras» (Mt 4,9)

El primer domingo de Cuaresma escuchamos la perícopa del Evangelio que denominamos de las tentaciones. Cristo llevado al desierto es tentado. La tentación es algo que nos acompaña en nuestra vida. Forma parte del hecho de la misma vida y está muy presente cuando en cada momento debemos tomar decisiones. Para tomarlas, en muchas ocasiones tenemos plena libertad para hacerlo, pero en otras, esta libertad puede verse enturbiada por determinadas circunstancias que nos vienen dadas por el entorno, por prejuicios y por el deseo de tener más poder, placer o riqueza, sin importarnos el coste que esto pueda tener, para los demás o para nosotros mismos. Escoger entre hacer el bien y no hacerlo está en nuestras manos; pero aunque seamos conscientes de cuál es la opción correcta, a veces escogemos la incorrecta. Lo podemos hacer por pereza, por comodidad, por ambición y no pocas veces por imponernos a la voluntad de los demás, creyéndonos así reafirmados en nuestra personalidad.

Son a veces pequeñas tentaciones, las de cada día, cuando alguien nos pide algo y la pereza nos mueve a no hacerlo porque estamos mejor como estamos que dejando lo que tenemos entre manos y entregando parte de nuestro tiempo a atender a quien nos necesita. Recordemos lo que nos dice Jesús: «Si alguien de vosotros tiene un amigo, y éste lo va a encontrar a medianoche y le dice: “Amigo, déjame tres panes (…) Os aseguro que, si no se levanta a dárselos para hacer un favor al amigo, la impertinencia de éste le obligará a levantarse para darle. (Lc 11,5-8).

Hay también tentaciones más fuertes que al fin y al cabo nos mueven a depender de unas necesidades que realmente no son tales, sino más bien capricho. Nuestra sociedad está muy acostumbrada a crear necesidades o superfluas o desmesuradas, y sabe cómo mover nuestras voluntades para entrar en el juego mercantilista que da sentido a esta dinámica. No se trata de renunciar o desatender necesidades básicas como un trabajo digno, un hogar o un plato en la mesa; se trata de no crearnos nuevas necesidades que, sin serlo, las vivimos como si fueran y no nos dejan vivir. Una dinámica que mueve incluso políticas internacionales, donde la ambición o la envidia se convierten en los motivos de fondo. El precio de su satisfacción es la renuncia a Dios, a nuestra libertad de hijos de Dios, cuando caemos adorando a dioses falsos, como el poder o el dinero.

El tiempo cuaresmal se caracteriza por tres elementos: la oración, el ayuno y la limosna. Son tres remedios, podríamos decir que caseros pero bien eficaces, que están siempre a nuestro alcance para hacer frente a muchas de las tentaciones que nos salen al paso en cada momento. Practicándolas tendremos al Señor a nuestro lado y podremos vencerlas.

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