Se cumplen cincuenta años de la muerte de D. Esteban Carro Celada, sacerdote de nuestra Diócesis que fue un referente en el terreno cultural y de la comunicación. El pasado día 29 de agosto, la presentación del libro “Esteban Carro Celada, su huella en el tiempo” brindó la ocasión para que un grupo de escritores y familiares, el Ayuntamiento de Astorga y la propia Diócesis le rindiéramos un merecido homenaje.
Desde muy joven, D. Esteban mostró un gran interés por el conocimiento. A la formación humanista, filosófica y teológica que recibió en el Seminario de Astorga y completó en Salamanca, se unió posteriormente la de periodismo cursada en Madrid, donde también logró la licenciatura en Lingüística Hispánica y Literatura Hispánica. D. Esteban no coleccionaba saberes como se amontonan los libros en una biblioteca, al contrario, buscaba la incidencia educativa y transformadora de la sociedad y de la propia Iglesia. Uno de los objetivos de su labor docente y literaria fue hacer atractiva y cercana la Doctrina Social de la Iglesia, mostrar la capacidad de la fe cristiana para iluminar y transformar la realidad. D. Esteban le daría sin duda la razón al Papa Francisco cuando afirma que “en la medida en que Él (Jesucristo) logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos” (EG 180).
Ordenado sacerdote el 30 de mayo de 1952, fue encargado del servicio pastoral de Requejo, Corús, Culebros, Villagatón y Valbuena, en la comarca astorgana de la Cepeda, permaneciendo allí hasta el año 1957. Ya en ese momento inicial de su ministerio pastoral, se volcó en la publicación de una hoja periódica ciclostilada con el título Cruz de Roble. Lo mismo hizo posteriormente, al ser nombrado coadjutor de la parroquia de s. Andrés de Astorga. Entonces, creó la hoja de información religiosa ASPA.
No fueron sus únicas creaciones en el ámbito religioso al que me estoy refiriendo. En el año 1960 puso en marcha la revista mensual sacerdotal Apostolados, expresión de su preocupación por la formación del clero. Hay que reseñar también su apoyo al órgano informativo de Cáritas diocesana Mano Abierta y a la revista juvenil Astrolabio. De ambas era el alma, aún sin aparecer como director, y sin firmar sus escritos. Y, en fin, dentro de la literatura religiosa escrita, citamos la dirección de Día 7, periódico diocesano que siguió la senda de otro anterior titulado Mi Parroquia, y cuyo número 0 vio la luz en marzo de 1965.
A esta faceta literaria hay que añadir la radiofónica en la emisora COPE de la que llegó a ser director. Cada noche, despedía el día presentando resumidamente lo más importante de lo acontecido en la ciudad y en el mundo. Además, en Navidad y en Semana Santa, presentaba profundas y hermosas reflexiones religiosas. La voz de Carro Celada era la voz familiar que se colaba en todos los hogares insuflando en los oyentes una bocanada de aire fresco.
Definitivamente, honramos la memoria de un hombre que amó el saber y la cultura; de un hombre de fe que se sintió llamado a comunicar esa sabiduría, a promover la cultura y a sembrar el Evangelio. Honramos a un sacerdote que, con espíritu libre, fue siempre honesto y fiel a la Iglesia y que, sin pretender nunca honras y honores, la sirvió con generosidad.
Pidamos a Dios que nos conceda el regalo de contar con muchos sacerdotes, de muchas personas como él: sensibles, lúcidas, creativas y transformadoras.







