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La Cuaresma íntima de Benedicto XVI. Primer domingo: «Jesús no viene a liberarnos del sufrimiento, sino a través de él»

Una de las piezas más valoradas de la antología El Señor nos lleva de la mano es la homilía del 9 de marzo de 2014. Sus palabras ofrecen una guía para adentrarse en el «sacramento de los cuarenta días»

La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla. Una de las piezas más valoradas de esta antología es la homilía del 9 de marzo de 2014, celebrada en la capilla privada del monasterio Mater Ecclesiae. Al coincidir con el I Domingo de Cuaresma (Año A), sus palabras resuenan con especial fuerza hoy, ofreciendo una guía magistral para adentrarse en lo que el Pontífice alemán define como el «sacramento de los cuarenta días».

El misterio de los cuarenta días

Para Benedicto XVI, la Cuaresma no es solo un tiempo de preparación, sino un espacio sagrado con raíces bíblicas profundas. Al comentar el Evangelio de las tentaciones (Mt 4, 1-11), explica que Jesús, tras su Bautismo, entra en una misión impuesta por el Espíritu Santo: «Ir al desierto para ser tentado o, como dice la oración de hoy, entrar en el sacramento cuadragesimal, en el sacramento de los cuarenta días».

Ratzinger recupera así el sentido de la Iglesia primitiva, donde la palabra «sacramento» era una traducción de «misterio», que indica las estructuras esenciales de la historia de la salvación. En este contexto, los cuarenta días evocan los cuarenta años de Israel en el desierto, «un tiempo de especial cercanía con Dios, que habla con su pueblo, actúa con él, pero es también un tiempo de grandes tentaciones, en el que Israel se rebela contra Dios».

¿Qué debe hacer el Redentor del mundo?

El núcleo de la homilía de aquel 9 de marzo de 2014 se centró en una pregunta que sigue vigente: «¿Qué debe hacer el que quiere ser el Redentor del mundo?». Benedicto XVI analiza las tres tentaciones como respuestas falsas a esta pregunta, contrastándolas con la misión real de Cristo.

El pan y la «tristeza de la pobreza»

Ante la primera tentación, el diablo sugiere que el Redentor debe, ante todo, solucionar el hambre física. Ratzinger señala que el demonio «ofrece esta tristeza de la pobreza al Señor», argumentando que «mientras haya hambre, junto con todas estas cosas tristes que vemos cada día en la televisión (…) el hombre no habrá sido redimido».

Sin embargo, el Papa alemán advierte sobre el peligro de ver el bienestar material como la redención definitiva: «Vemos cómo precisamente en los países del bienestar (…) el hombre se destruye a sí mismo, se autodestruye. El hombre, aunque tenga lo suficiente para comer y vestirse, no es todavía un hombre bueno; al contrario, tiende a la autodestrucción, porque se olvida de Dios y el orden de las prioridades debe ser diferente». Por ello, concluye que el verdadero alimento que transforma el mundo es Jesús mismo: «El pan de Dios es Cristo mismo, y una primera exigencia es que debemos abrirnos realmente a esta grandeza».

En su análisis sobre la disciplina cuaresmal, Benedicto XVI subraya asimismo que el ayuno no es un fin en sí mismo, sino una herramienta esencial para la libertad interior y la caridad efectiva. A su juicio, el dominio de uno mismo es estéril si no nos abre a las necesidades del prójimo, por lo que «el ayuno y la renuncia están orientados a la corresponsabilidad, al compartir, al amor». Ratzinger nos invita a entrar en lo que denomina la «red de la bondad», recordando que ante el drama de la necesidad humana, el cristiano debe participar activamente en el cuidado de los demás: «Solo en esta corresponsabilidad con el Creador crecerá la verdadera victoria sobre el mal, sobre la miseria, y crecerá la redención».

La tentación del experimento y la certeza

En la segunda tentación, el diablo insta a Jesús a tirarse del pináculo del templo para obligar a Dios a actuar. Benedicto XVI ve en esto una actitud muy moderna: la necesidad de someter a Dios a un experimento. «Podemos ver la acción de Dios, pero no nos basta, así que queremos hacer el experimento; Dios debería someterse a nuestro experimento, debería ir a nuestro laboratorio para dejarnos probar si existe o no existe».

Frente a esta tentación moderna de querer someter la fe a pruebas empíricas, Ratzinger propone el camino de la oración como la única vía para encontrar la «certeza justa» y advierte de que Dios no puede ser tratado como un objeto. Por ello, esta «Cuaresma íntima» es el tiempo idóneo para intensificar la relación con Él, permitiéndonos ser conquistados por una verdad que no nace de la imposición técnica, sino de una relación permanente con el Señor, que nos busca y se deja encontrar. Y, pese a esta soberbia intelectual, se nos recuerda que Dios es diferente: «Dios nos deja la libertad y nos espera en un camino de búsqueda; en este camino, nos ofrece un lugar donde se deja ver, de suerte que podamos estar seguros». Ese lugar, según Ratzinger, se encuentra a través del «ejercicio del deseo de Dios, el deseo de conocer su rostro» mediante la oración.

El poder frente a la cruz

La tercera propuesta del demonio es la del poder político y el dominio del mundo para crear el bien. Es la tentación que, según Ratzinger, acompañó a Jesús toda su vida, incluso a través de sus amigos. Así, recuerda el episodio en el que Pedro confiesa a Jesús como Mesías, pero rechaza la idea de su sufrimiento: «¡Pues no! Tú eres el Mesías y un Mesías no sufre». En ese momento, Jesús responde a Pedro como respondió al diablo: «¡Diablo, vete!».

La lección que extrae de este pasaje Benedicto XVI es clara: «Jesús no vino a liberarnos del sufrimiento, sino a liberarnos a través del sufrimiento, para entrar en este misterio de transformación, que forma parte de la esencia del amor».

Una «guerra santa del amor»

Como cierre de esta homilía privada recogida en El Señor nos lleva de la mano, Joseph Ratzinger invita a vivir la Cuaresma no como una serie de renuncias sin sentido, sino como una orientación hacia la corresponsabilidad y el amor. Y recupera otro concepto de las primeras comunidades cristianas, la «Militia Christi», dándole un giro profundamente evangélico: «La guerra santa del amor contra la frialdad del corazón, (…) solo así vence Dios».

Y concluye, finalmente, con una petición que resuena en este primer domingo de Cuaresma: «Pidamos al Señor que nos ayude a entrar en el misterio cuaresmal, a ser verdaderamente cristianos y a aprender la verdadera redención».

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