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El Adviento íntimo de Benedicto XVI: sus homilías privadas, un tesoro de fe y meditación

El Señor nos lleva de la mano recoge sus predicaciones a una pequeña familia espiritual, que confirman el magisterio espiritual de un teólogo excepcional y un gran predicador

Las homilías privadas de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI constituyen un tesoro espiritual inédito. Estas reflexiones, enunciadas en celebraciones eucarísticas que presidió tanto en su época de Papa reinante (2005-2013) como de Papa emérito (2013-2022), se dieron «en privado» a una pequeña familia espiritual. La singularidad de la colección que ha recogido Encuentro bajo el título El Señor nos lleva de la mano radica en que ninguna de estas homilías fue pronunciada ante una gran asamblea. La lectura de estas reflexiones no solo impacta por la continuidad de espíritu y método lejos de los grandes auditorios, sino que revela el magisterio espiritual de un teólogo excepcional y un gran predicador. Desde la intimidad, estas homilías demuestran que Ratzinger-Benedicto XVI anunció el Evangelio hasta el final con una entrega total, basándose siempre en la Sagrada Escritura, la tradición y la enseñanza de la Iglesia.

Preparación del Adviento

En una de sus primeras meditaciones —ofrecida en el monasterio Mater Ecclesiae, el 1 de diciembre de 2013—, el Papa emérito empieza por el principio: el término «Adviento» proviene del latín y originalmente describía la visita de una figura de gran importancia o divinidad a un lugar o templo. Para Benedicto XVI, como para todos los cristianos, el Adviento es la visita del verdadero emperador del mundo, el Hijo de Dios. La teología tradicional distingue dos advenimientos del Señor: el primero en la carne, que tuvo lugar en Palestina, y el segundo, como juez al final de los tiempos. Sin embargo, si nos quedamos solo con un pasado lejano (Belén) y un futuro que podría no ser deseado (el fin), el presente del cristianismo corre el riesgo de quedar vacío.

Ratzinger, citando a san Bernardo de Claraval, destaca la importancia de hablar de tres advenimientos de Dios: el primero en Belén, el intermedio y el final. Este advenimiento intermedio sucede y permanece en la Iglesia. El Adviento, por lo tanto, no es solo un recuerdo o una expectativa futura, sino la llegada de Cristo a nuestra historia y al mundo de hoy. En nuestra pequeña historia personal, el Señor llama a la puerta de nuestra vida con muchos gestos y nos invita a una relación viva y personal con Él. Así, el Adviento significa, esencialmente, atención y expectativa de la presencia real del Señor.

Las fuentes revelan al menos tres modalidades de la venida permanente de Cristo: la primera es la que tiene lugar en la Palabra; la segunda, en los sacramentos; y la tercera, en la historia. La liturgia, especialmente la Eucaristía, es una modalidad fundamental en la que Dios entra en nuestro tiempo y se hace sentir. El ritmo interior del Adviento consiste en «elevar el alma, ir al encuentro de Cristo, revestirse de Cristo, ser verdaderos, sensibles a su presencia». Es un movimiento de apertura: abrir el corazón, los ojos y los oídos a la presencia humilde y real del Señor.

Dado que el movimiento de la venida de Dios no es unilateral, también se nos invita a ir al encuentro del Señor. La esencia del cristianismo se expresa en la relacionalidad de nuestra existencia: un éxodo de uno mismo hacia el «tú» de Dios, que nos ha creado, amado y llamado. Para esto, debemos dejarnos permear por la Palabra de Dios, configurarnos interiormente y recibir la luz que nos convierte en fuerza de paz y renovación.

Primer domingo de Adviento: cómo debemos vivir el Adviento

La liturgia del primer domingo de Adviento de 2006 —en la capilla privada del Palacio Apostólico— invita a un movimiento de elevación expresado en el Salmo 24: «A ti, Señor, levanto mi alma». La primera palabra importante es «a ti», lo que subraya que la vida cristiana no es introspección, sino una salida de uno mismo hacia el «tú» de Dios, que nos ama. Este movimiento de elevación implica primero la escucha, permitiendo que la Palabra penetre en la profundidad de nuestro interior y se personalice.

Este ascenso de nuestro corazón se encuentra con el descenso de Dios. No somos nosotros quienes debemos elevarnos a un Dios lejano, sino que Dios desciende, se baja, nos toma de la mano y nos hace subir hacia Él. Este encuentro de descenso y ascenso se da en la caridad, en la oración y, de manera crucial, en los sacramentos, donde el Señor se entrega realmente en nuestras manos.

Una imagen central para vivir el Adviento es la de despertar, que se pide en la liturgia: «¡Excita», «Despiértate», «Despiértanos, Señor». Estar dormido significa no percibir la realidad en su totalidad, quedando encerrado en uno mismo, viendo solo los reflejos del mundo, que nos soportan. Despertar implica romper el velo del sopor y ver la realidad de la presencia de Dios en la Palabra, en los sacramentos, y en la conversación personal con el Señor, permitiéndonos caminar en la luz.

Segundo domingo de Adviento: el desierto, el camino, la voz

Se nos ofrecen tres imágenes esenciales: el desierto, el camino y la voz. El desierto es un lugar fundamental para la historia de las religiones e Israel, donde Moisés conoció a Dios personalmente. Juan el Bautista predica en el desierto, invitándonos a «salir de la ciudad» y liberarnos de nuestras costumbres para escuchar el mensaje. Vivir el Adviento significa tomarnos un tiempo fuera de la vida cotidiana para encontrarnos con la voz de Dios y ser libres de nuestras ideas y ocupaciones.

El camino simboliza la comunicación; Dios ha creado el camino hacia nosotros, es más, Él mismo «se ha hecho camino». Sin embargo, también nosotros debemos cooperar en la construcción de este camino, que es la comunicación, quitando los obstáculos. El Evangelio pide allanar las montañas, símbolo del orgullo y del amor a uno mismo, y rellenar los valles, que representan la bajeza y la trivialidad de las cosas cotidianas. San Agustín identifica el amor propio con tres elementos que forman la montaña: la «gloria», el «poder» y la «ganancia».

Detrás de la tercera imagen, la voz, se encuentra una persona que habla a nuestra razón y corazón. Esta voz es la de Dios, que no se manifiesta como una fuerza de la naturaleza —ni en la tormenta, ni en el terremoto—, sino en el silencio de una voz suave. El Adviento es la voz de Dios que nos habla con gran ternura, diciéndonos: «En todas las cosas terribles del mundo no olvides mi corazón, recuerda que yo estoy contigo». Es la voz de la certeza de que Dios nos conoce y nos ama, anunciando su nueva presencia después de setenta años de silencio para Israel.

Tercer domingo de Adviento: «¡Alegraos! ¡El Señor está cerca!»

Conocido como Gaudete, es el domingo de la alegría, tal como lo expresa el canto de entrada con las palabras de san Pablo a los Filipenses: «¡Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos!». El apóstol escribió estas palabras desde la cárcel, a punto de ser condenado a muerte, lo que hace de esta exhortación un poderoso testamento de fe. La alegría no se puede imponer, pero llega como una información que transforma la realidad, un don que se resume en la certeza: «¡Eres amado, eres esperado, has vencido!».

El Adviento se personifica en dos figuras: la Virgen María y san Juan Bautista. María es totalmente abierta al Señor, su «sí» es la apertura del mundo a la presencia de Cristo. En cambio, san Juan Bautista representa el aspecto más austero, la amenaza del juicio y el compromiso moral. El mensaje del ángel a María, «¡Alegraos!», es la primera palabra del Nuevo Testamento, ya que con la venida del Señor ya no hay distancia, Dios no es desconocido.

En un mundo de ruido interior y exterior, es difícil escuchar la voz decisiva que nos da alegría y esperanza. Por ello, san Juan Bautista nos invita a buscar un poco de desierto y silencio. La alegría del cristiano debe convertirse en bondad comunicativa para los demás, iluminando y contagiando la fe común. San Agustín señaló que «la ciencia entristece» si no se conjuga con el amor de Dios; solo cuando aparece el amor de Dios, la tristeza se transforma en alegría, lo que constituye la alegría del cristiano. Debemos reavivar esta llama para que la alegría de ser amados no se apague en nosotros.

Cuarto domingo de Adviento: San José, el justo que escucha y actúa

La liturgia nos presenta a san José, figura que encarna el Adviento, junto a María y Juan Bautista. José es llamado «justo», la máxima caracterización en el Antiguo Testamento para quien vive según la Palabra de Dios. El acto fundamental del cristiano, el encuentro con Jesús, transforma la relación de José con la Ley: pasa de ser solo una observancia a una relación de amistad, convirtiéndose en amor.

La figura de san José nos enseña a escuchar y discernir. Cuando se enfrentó a la aparente decepción con María, la Ley le ofrecía dos caminos: la denuncia —peligrosa— o la separación privada —la promesa—. San José, un hombre de sobriedad y capacidad práctica, eligió el camino del amor y la justicia. Su respuesta al sueño del ángel fue, primero, fe, y luego, obediencia, reconociendo la voz de Dios. El sueño no lo convirtió en un soñador, sino que le dio la capacidad de discernir un verdadero encuentro con la persona, el Señor.

De la mano de José salimos de la pura norma hacia el encuentro del amor. El riesgo de la Ley, si es considerada solo como un paquete de normas, es que el hombre se encierre en sí mismo, buscando solo perfeccionarse, volviéndose amargado e incapaz de amar a Dios. El Adviento, a través del ejemplo de José, nos invita a entender que las prescripciones son expresión de la voluntad de Dios, pero que nos habla en un diálogo de amor.

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