El Papa cita a Abraham y Sara, cuya incredulidad inicial ante la promesa de un hijo pasó a sorpresa con un acto de salvación; Zacarías, quien también dudó; y Moisés, llamado a liberar a su pueblo a los 80 años, como prueba de que Dios elige a los ancianos
El papa León XIV ha publicado hoy un conmovedor mensaje titulado «Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza» con motivo de la V Jornada Mundial de los Abuelos y los Ancianos, que se celebrará el próximo 27 de julio. El Pontífice ha destacado en su reflexión que la esperanza es una fuente de alegría en todas las etapas de la vida, y que, templada por una larga existencia, se convierte en una bienaventuranza plena.
El mensaje subraya asimismo que la ancianidad es un tiempo de bendición y gracia a los ojos de Dios, y que las personas mayores son los primeros testigos de esperanza. La Sagrada Escritura ofrece numerosos ejemplos de figuras de edad avanzada invitadas por el Señor a participar en sus designios de salvación. Así, el Papa menciona casos como los de Abraham y Sara, cuya incredulidad inicial ante la promesa de un hijo dio paso a la sorpresa de Dios con un acto de salvación, o Zacarías, quien también dudó ante el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. Moisés, llamado a liberar a su pueblo a los 80 años, también ha sido citado como prueba de que Dios elige a los ancianos.
El Pontífice ha reflexionado también sobre cómo el aumento del número de personas mayores se ha convertido en un «signo de los tiempos» que invita a discernir la historia. Y ha añadido que la vida de la Iglesia y del mundo se comprende a través de la sucesión de generaciones, que «abrazar a un anciano nos ayuda a comprender que la historia no se agota en el presente, ni se consuma entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias, sino que se abre paso hacia el futuro». Los ancianos, al igual que Jacob al bendecir a sus nietos, animan a las nuevas generaciones a mirar el futuro con esperanza, recalcando que, si bien la fragilidad de los mayores necesita del vigor de los jóvenes, la inexperiencia de estos últimos requiere del «testimonio de los ancianos para trazar con sabiduría el porvenir». Los abuelos, ha dicho el Papa, han sido con frecuencia «ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas», un legado transmitido con esperanza y amor.
Desde una perspectiva jubilar, el mensaje invita a vivir una liberación para las personas mayores, «sobre todo de la soledad y el abandono». Añade que este año del Jubileo es un momento propicio para derribar «los muros de la indiferencia, que, con frecuencia, aprisionan a los ancianos», pues la sociedad actual, lamentablemente, se ha acostumbrado a marginar y olvidar a una parte tan importante de su tejido.
Ante esta situación, León XIV insta a un «cambio de ritmo» y a una asunción de responsabilidades por parte de toda la Iglesia. Cada parroquia, asociación y grupo eclesial es llamado a ser «protagonista de la “revolución” de la gratitud y del cuidado». Esto se ha concretado en una invitación a visitar frecuentemente a los ancianos; crear para ellos y con ellos redes de apoyo y de oración; y entretejer relaciones que puedan dar esperanza y dignidad a quienes se sienten olvidados.
La esperanza cristiana, ha afirmado el Papa, nos impulsa a «arriesgar más, a pensar en grande, a no contentarnos con el statu quo» y a trabajar por un cambio que restituya a los ancianos la «estima y el afecto». En línea con el papa Francisco, quien ya había querido que la Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores se centrara en ir al encuentro de quien está solo. Además, para aquellos que no puedan peregrinar a Roma este año, se ha decidido que podrán obtener la Indulgencia Jubilar si visitan por un tiempo adecuado a los ancianos en soledad, «como realizando una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36)». «Visitar a un anciano es un modo de encontrarnos con Jesús», ha concluido el Pontífice.
El mensaje reafirma, asimismo, que «en la vejez se puede esperar». Citando al papa Francisco durante su último ingreso hospitalario, ha recordado que «nuestro físico está débil, pero, incluso así, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza». El amor por los seres queridos, como el cónyuge, los hijos y los nietos, no se apaga con el desvanecimiento de las fuerzas, sino que, a menudo, «reaviva nuestras energías, dándonos esperanza y consuelo».
Finalmente, León XIV ha exhortado a perseverar con confianza en el Señor, a dejarse renovar cada día por el encuentro con Él en la oración y la Santa Misa, y a transmitir con amor la fe vivida a lo largo de los años. Por último, ha invitado a alabar a Dios por su benevolencia, a cultivar la unidad con los seres queridos y a abrazar a los más lejanos y necesitados, asegurando que «seremos signos de esperanza, a cualquier edad».








