La urna que custodia el esqueleto de san Francisco fue expuesta del 22 de febrero al 22 de marzo en Asís
Por un momento perdí la mirada en aquella calle tan larga. Una calle empedrada que parece sacada de un cuento medieval: las piedras desgastadas, las fachadas de color arena, los cipreses asomando por encima de los tejados. Y cientos de personas, quizás miles, caminando todas en la misma dirección. Todos en silencio, todos hacia el mismo lugar. ¿Qué raíz antropológica se esconde detrás? ¿Qué tiene este hombre muerto hace ocho siglos para seguir convocando así?
Hace unos días tuve la inmensa gracia de venerar los restos óseos de San Francisco de Asís. Se cumplen ochocientos años de su tránsito al cielo, y con motivo de este centenario, por primera vez en la historia, sus huesos han sido expuestos de manera puntual. La urna de plexiglás que desde 1978 custodia su pequeño esqueleto, fue extraída de la tumba de piedra en la cripta y depositada a los pies del altar, en la iglesia inferior de la Basílica, para ser expuesta hasta este domingo, 22 de marzo. 400.000 personas reservaron una visita. Y yo fui una de ellas.
«Hermanos, no vaciléis. El Padre me echó desnudo a este mundo, y desnudo quiero volver a sus brazos».
La basílica, casi en penumbra. Los frescos de Giotto y Cimabue apenas se adivinan en la semioscuridad. No hay focos, no hay escenografía. El hermano Giulio Cesareo, a quien pude saludar, lo explicaba de esta manera: «La basílica no estará iluminada como un estadio, porque no hay nada especial que hacer. Se trata de encontrarse con Francisco. Esto no es un set de cine». Y así fue. Tras una larga cola, de repente te encuentras frente a frente con ocho siglos de santidad, con ochocientos años de historia. Con la historia de aquel pobre que quiso morir desnudo y que sigue, así, sin carcasa, todo entregado a Dios.
Los huesos son pequeños, frágiles, consumidos. El cráneo presenta daños visibles. Estos daños se produjeron durante el traslado de sus restos a la basílica en el siglo XIII, cuando en 1230 los trasladaron desde la iglesia de San Jorge hasta esta colina, que entonces se llamaba la Colina del Infierno. El propio Francisco había pedido ser enterrado allí, entre los malhechores, como Cristo fue crucificado entre dos ladrones. La colina, por supuesto, pronto pasó a llamarse Colina del Paraíso.
Y en mitad del silencio se levanta la urna con una delicadeza, una pulcritud impresionante. Sobre el paño de seda blanco, la inscripción en latín: Corpus Sancti Francisci. El cuerpo del santo. Nada más. Sin ornamento, sin ropaje, sin relicario dorado. Solo huesos. Y es que quizás sea eso, precisamente, lo más elocuente: que no haya nada. Que el cuerpo se presente tal cual es, despojado de todo, cumpliendo hasta después de la muerte la voluntad de aquel hombre que pidió ser depositado desnudo sobre la tierra desnuda mientras agonizaba.
Francisco murió al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, la pequeña capilla que él mismo había restaurado con sus manos. Tenía cuarenta y cuatro años. Pidió al hermano León que le despojara de sus ropas, y dirigiéndose a los frailes les dijo: «Hermanos, no vaciléis. El Padre me echó desnudo a este mundo, y desnudo quiero volver a sus brazos. Quiero morir desnudo, como mi Señor Jesucristo». Con la mano izquierda cubría la herida del costado para que nadie la viese, con ese pudor que siempre tuvo ante los estigmas, un don que él nunca buscó exhibir. Y les pidió también que lo dejaran yacer insepulto tras su muerte “el tiempo necesario para recorrer cómodamente una milla”.
Hay algo conmovedor en contemplar esos huesos y recordar estas palabras. Hay algo tremendamente coherente. Francisco, desnudo al principio de su conversión, cuando se despojó de sus vestidos ante el obispo y ante su padre, renunciando a todo; y desnudo al final, tendido sobre la tierra, devolviendo al Creador lo único que le quedaba: su cuerpo. Veinte años de vida cristiana enmarcados por el mismo gesto de despojamiento radical.
Lo que se venera en las reliquias de un santo no es el hueso, sino la presencia del Espíritu Santo que habitó en esa humanidad y la hizo capaz de entregarse. Y es que quizás esta exposición es exactamente lo que Francisco habría querido: sin disfraces, sin adornos, sin carcasa. Todo para Dios.
Porque los estigmas, esas cinco llagas que Francisco recibió en el Monte Alverna en septiembre de 1224, dos años antes de morir, fueron precisamente el don que él más ocultó. Fray Elías, su compañero de confianza, los describió en la carta con la que anunció su muerte: perforaciones producidas por clavos que habían penetrado en la carne, visibles a ambos lados de manos y pies, de un color negruzco como el metal, no como la sangre. La herida del costado sangraba con frecuencia. Medio centenar de personas los vieron y palparon en su cadáver. Pero en vida, Francisco los escondía. Usaba siempre calcetines, vendaba sus manos y con su mano izquierda cubría la llaga del costado. El primer estigmatizado de la historia no quería que nadie lo supiera.
Mientras escribo esta crónica, he querido escuchar de fondo ese himno tan completo, la obra que define toda su vida: el Cántico de las criaturas, compuesto en el otoño de 1225, apenas un año antes de morir, cuando ya estaba casi ciego y consumido por el dolor. Y sus primeras palabras lo dicen todo:
Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan solo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Como si este santo lo hubiese escrito ahora mismo. Como si hablara directamente a nuestra generación, tan llena de ruido, tan saturada de imágenes, tan hambrienta de protagonismo. «Nunca es digno el hombre de hacer de ti mención»: una frase que debería estar grabada a fuego en el corazón de todo cristiano. No somos dignos, y sin embargo Él nos invita a alabarle. No merecemos nada, y sin embargo nos lo da todo. Esa es la paradoja franciscana. Esa es la paradoja del Evangelio.
Y cuánto bien nos haría poder rezar esta oración con paz, meditándola, saboreándola, trasladándonos a aquella Asís de calles empedradas y cielos limpios, y descansar nuestra alma con el Poverello. Porque Francisco sigue hablando en la elocuencia del silencio, con la fuerza de lo que está vacío, con la autoridad de quien no tiene nada y precisamente por eso lo tiene todo.
Y tras salir de la basílica como si hubiera vivido un sueño, con el sol golpeando la fachada de piedra blanca, me despertaba. La cola de peregrinos seguía serpenteando por la calle. Miles de personas, caminando en la misma dirección. Y entonces entendí la respuesta a mi pregunta inicial. Esa raíz antropológica, esa fuerza que convoca a las multitudes, no es la curiosidad ni el turismo religioso. Es algo mucho más sencillo y mucho más profundo: es la necesidad del ser humano de encontrarse con la verdad. Y la verdad, en Asís, tiene los huesos desnudos.








