El complejo albergará la sede de la curia episcopal y será, al mismo tiempo, respuesta de amor hacia quienes han entregado su vida al Evangelio
La diócesis de Getafe ha vivido este viernes 27 de marzo un hito histórico en su relativamente joven andadura. Con la presencia de autoridades eclesiales, civiles e incluso militares, se ha bendecido e inaugurado oficialmente la nueva Casa de la Iglesia, un complejo arquitectónico que no solo albergará la sede de la curia episcopal, sino que nace, fundamentalmente, como una respuesta de amor hacia quienes han entregado su vida al Evangelio: los sacerdotes mayores.
El acto ha estado presidido por el obispo diocesano, monseñor Ginés García Beltrán, quien, visiblemente emocionado, ha subrayado la trascendencia espiritual de este nuevo espacio. Para el prelado, este proyecto trasciende los muros y la materialidad para convertirse en una realidad viva de la Iglesia local. En sus palabras de bienvenida, García Beltrán ha destacado que esta edificación «nace del deseo profundo de ofrecer un hogar digno, fraterno y verdaderamente sacerdotal a nuestros sacerdotes mayores, aquellos que han entregado su vida entera al servicio del Evangelio, y de dar una nueva sede a la curia episcopal».
A pesar de ser una de las circunscripciones eclesiásticas más jóvenes de Europa, con apenas 35 años de historia, Getafe ha demostrado una enorme madurez institucional y caritativa con esta obra. El obispo, así las cosas, ha sido contundente al definir la naturaleza profunda de la nueva sede: «Al bendecir esta Casa de la Iglesia, no inauguramos solo un edificio, inauguramos un signo, un signo de comunión, de gratitud y de esperanza».
La Casa Sacerdotal, que cuenta con 31 habitaciones —siete de las cuales ya están habitadas—, representa el corazón latente de este complejo. Monseñor García Beltrán ha destacado asimismo que se trata de «una casa que quiere ser, ante todo, casa de misericordia». En un mundo que a menudo olvida a sus mayores, el obispo ha presentado este lugar como «un hogar donde nuestros sacerdotes mayores puedan vivir acompañados, cuidados, respetados en su dignidad y sostenidos en su vocación». Con un especial agradecimiento a las hermanas Reparadoras de la Virgen de los Dolores por su labor de cuidado, el prelado añadió que este es un espacio «donde la fraternidad sacerdotal se haga visible y concreta, donde la Iglesia cuide con amor a quienes han cuidado de ella durante tantos años».
La nueva Casa de la Iglesia, de este modo, no solo mira hacia el descanso merecido del clero mayor, sino también hacia el futuro de la evangelización. Al integrar la curia diocesana, el centro se convierte también en el centro operativo de la diócesis. Según García Beltrán, esta sede «enriquece un patrimonio que permitirá a esta joven diócesis cumplir mejor su misión y servir con mayor eficacia al Pueblo de Dios».
El evento, así las cosas, ha contado con una destacada representación de la jerarquía eclesial, incluyendo al obispo auxiliar, monseñor José María Avendaño, y al cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, quien fue el encargado de impartir la bendición. También se han querido sumar prelados de diócesis vecinas y obispos eméritos, como el obispo de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena; el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino; el cardenal arzobispo emérito de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela; el obispo emérito de Getafe, monseñor Joaquín María López de Andújar, y el emérito de Alcalá de Henares, monseñor Juan Antonio Reig Pla; reforzando ese sentido de «comunión» al que aludiera el obispo anfitrión.
Asimismo, la presencia de la alcaldesa de Getafe, Sara Hernández Barroso, y de altos mandos de la Guardia Civil y del Ejército del Aire, han evidenciado el arraigo y la relevancia social de la institución en el sur de Madrid.
Al concluir, monseñor García Beltrán ha elevado un deseo que resume la vocación de este nuevo hogar: «Que esta casa sea un lugar donde se respire paz, fraternidad y oración. Que sea un espacio donde nuestros sacerdotes mayores puedan seguir sintiéndose parte viva de la diócesis, donde puedan compartir su sabiduría, su experiencia y su fe. Que sea, en definitiva, un hogar donde Dios sea amado y servido en la vida cotidiana».








