En las ocho horas que estuvo en el Principado, animó a la comunidad católica a la comunión y a la evangelización, reiteró su llamada a que callen las armas en el mundo y animó a defender y promover la vida en todas sus etapas
Viaje corto, pero intenso y muy rico. Así ha sido el segundo viaje internacional del papa León XIV, al pequeño Principado de Mónaco, del que destacó el don de la pequeñez y su herencia espiritual viva, que «comprometen su riqueza al servicio del derecho y de la justicia».
León XIV aterrizó en Mónaco en torno a las 9:00 horas y se trasladó al Palacio del Príncipe, donde mantuvo un encuentro con Alberto de Mónaco, y luego saludó a la población desde el balcón.
Invitó a todo el pueblo a asumir un compromiso como nación católica: «Profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora. […] Incluso en una cultura poco religiosa, el modo de abordar los problemas del magisterio social puede revelar a nuestro mundo la gran luz que viene del Evangelio».
el compromiso especial de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora. Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio.

Con la comunidad católica
Sin descanso, el Papa se trasladó a la catedral para un encuentro con la comunidad católica. Les ofreció dos claves esenciales para estos momentos: la comunión y la evangelización.
«Esta comunión es el signo por excelencia de la Iglesia, llamada a ser en el mundo reflejo del amor de Dios que no hace acepción de personas. En este sentido, quisiera decir que la Iglesia, aquí en el Principado de Mónaco, posee una gran riqueza: ser un lugar, una realidad en la que todos encuentran acogida y hospitalidad, en esa mezcla social y cultural que es un rasgo típico de ustedes», dijo en primer lugar.
Y, en segundo lugar, los animó a prestar «un servicio apasionado y generoso en la evangelización»: «Anuncien el Evangelio de la vida, de la esperanza y del amor; lleven a todos la luz del Evangelio para que sea defendida y promovida la vida de todo hombre y de toda mujer desde su concepción hasta su fin natural; ofrezcan nuevos mapas de orientación capaces de frenar aquellos impulsos del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social sobre la producción de la riqueza».
Jóvenes
En la iglesia de Santa Devota mantuvo un emotivo encuentro con los jóvenes, a los que invitó a entregarse por completo a Dios y a los demás. «Solo así encontrarán un gozo siempre nuevo y un sentido cada vez más profundo en la vida. El mundo necesita de su testimonio para superar las derivas de nuestro tiempo y afrontar sus desafíos, y sobre todo para redescubrir el buen sabor del amor a Dios y al prójimo», subrayó.
También les recordó la importancia de la relación con Dios para encontrar las respuestas fundamentales de la vida y transmitirlas a otros: «Si el canal de su acción en nosotros está abierto, y si también lo está el intercambio recíproco, con el cual hacemos de esa relación de amor un don común y compartido, podemos confiar en que las palabras adecuadas y la fuerza necesaria para actuar vendrán en el momento oportuno»
Con todo, los invitó a vivir la Semana Santa en un clima propicio para escuchar la voz del Espíritu y lo que ocurre en el corazón, y ha recalcado la importancia de la oración, de los momentos de silencio y escucha, «para acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, de los reels y los chats, para profundizar y saborear la belleza de estar juntos de verdad y de manera concreta».
Eucaristía
Antes de partir rumbo a Roma, el Pontífice presidió una Eucaristía en el estadio Luis II, donde habló de la purificación de la idolatría, que se realiza como santificación, «donde gracia que hace a los hombres hijos de Dios, y hermanos y hermanas entre sí».
«Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo. ¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir», clamó.
Así, afirmó que la Iglesia de Mónaco está llamada a dar testimonio viviendo en la paz y en la bendición de Dios y pidió a todos los fieles presentes que hagan felices a muchos con su fe, con la alegría auténtica, que se comparte con la caridad. «Fuente de esta alegría es el amor de Dios: amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero», concluyó.
Con este mensaje, y habiendo cumplido ocho horas de visita, León XIV volvió a subirse al helicóptero para volver a Roma.








