Los caminos del Señor son inescrutables. Recuerdo perfectamente que, hace 20 años, convencí a cinco amigos del colegio para pasar el mes de julio peregrinando y que nuestro punto de partida debía ser Astorga. Dos décadas después, volví con mi mujer e hijos a aquel lugar, a pasar una Semana Santa que marcó para siempre la forma en que nuestra familia vive la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Todo comenzó con un correo electrónico del colegio de mis hijos. Se nos invitaba a pasar la Semana Santa en una iniciativa hasta entonces desconocida para mí: Familia Misionera —la propuesta familiar de las misiones de Semana Santa del Regnum Christi—. Le pregunté a mi mujer si sabía en qué consistía y si conocía a alguna familia del colegio que hubiese participado. Al parecer, varios amigos de nuestros hijos, que en aquellas fechas tenían 4 y 2 años, se iban a sumar. Nos contaron que se trataba de una experiencia familiar muy bonita. No estábamos muy convencidos, pero iba a tener lugar en Astorga, el mismo sitio del que partió mi peregrinación a Santiago de Compostela 20 años antes.
Tres años después, escribo estas líneas desde lo alto de una montaña en los alrededores de Burgohondo (Ávila), un pequeño pueblo situado a los pies de la sierra de Gredos. Este año, junto a una docena de familias y acompañados por el padre Jesús Pérez, hemos venido a ayudar al padre Marcelo. Nuestra Misión se desarrolla en varias localidades de la zona; además de Burgohondo, «misionamos» en Navatalgordo, Navalacruz y Villanueva de Ávila.
A todos estos lugares hemos llegado, recordando la lectura del Miércoles Santo, para decir, con nuestra lengua de discípulos, una palabra de aliento al abatido; para traer la alegría de nuestros hijos y la del Evangelio a este rincón de España.
Muchos se sorprenden al ver que no estamos de vacaciones, sino interesándonos por cómo están, por las necesidades y las preocupaciones que tienen. Personalmente, me gusta preguntarles si existe alguna intención por la que desean que recemos juntos, ahí mismo, en la puerta de su casa o, bien, más tarde, durante los oficios.
Llamar a las puertas
Durante la primera formación que recibimos antes de ir de misión, cuando me dijeron que «misionar» consistía en llamar a las puertas de las casas para evangelizar, como lo hacían los primeros cristianos, le dije a mi mujer que aquello me parecía demasiado invasivo. Hoy, después de haber pasado el Jueves Santo conociendo a Araceli, Soledad, Ángeles, Eliezer o Joaquín, entre otros, me doy cuenta de que hay algo que, como cristianos, olvidamos hace mucho tiempo: todos somos hijos de Dios y cuando un hermano se interesa por ti de forma verdadera, una semilla queda plantada. Aunque probablemente nosotros no lo veremos, Dios sabe que dará su fruto.
En eso consiste evangelizar: en recordar el amor de Dios a través de actos que parecen osados en los tiempos que corren. Actos que llevan el mensaje de Cristo, un mensaje de amor, que lo llevó hasta el punto de dar su vida por nosotros.
Esa muerte de nuestro Señor es lo que recordamos y lloramos hoy, Viernes Santo. Nuestras lágrimas quedarán enjugadas tras la Vigilia Pascual y la llegada de la luz de su resurrección. Uno de los mensajes más bonitos que me llevo de estos tres años de misiones es que hubo alguien que nos amó tanto que dio su vida por nosotros, y que lo hizo sabiendo que le traicionaríamos, porque todos somos pecadores.
Dar testimonio de este mensaje de amor es algo tan único que, al menos durante cuatro días al año, merece la pena hacerlo llamando a la puerta de un desconocido, con toda tu familia a tu alrededor. Una familia, la misionera, que recuerda que la Iglesia católica es comunidad, que nuestra fe no es algo que debamos dejar de puertas para adentro, ya sea de nuestra casa o de nuestra parroquia.
Id y anunciad
Concluiré diciendo que no hay palabras para expresar cuánto hemos crecido mi familia y yo a lo largo de estos tres años y lo agradecidos que estamos de haber descubierto algo tan sencillo como que ir a Misa es mucho más que acudir a un templo el domingo. Misa viene de missa, que, a su vez, procede de mittere: enviar. Al concluir la celebración de la Eucaristía, el sacerdote decía: «Ite, missa est» que tiene muy poco que ver con el actual «podéis ir en paz». Al contrario, la Misa concluía con la misma exhortación que Jesús hizo a sus discípulos cuando, después de resucitar, ascendió al cielo: «Id al mundo entero y anunciad el Evangelio». Procede hacerlo durante todo el año, pero con mayor razón y alegría, si cabe, en Semana Santa, puesto que Él ha muerto para salvarnos y ha resucitado para recordarnos que el Amor vence siempre.








