El doctor Ounanekpone, Premio Mundo Negro 2026, es el primer nefrólogo de República Centroafricana y dirige el único centro de hemodiálisis del país
A primera hora de la mañana la consulta ya está llena. Los pacientes esperan durante horas para ser atendidos, muchos de ellos han llegado desde lugares en los que nunca han visto un médico. Cuando termina la jornada, Cédric Ounanekpone ha visto a decenas de ellos. «Normalmente dicen que un médico no debe consultar a más de 15 pacientes por día. Pero a veces consultas hasta 50 pacientes», explica. La cifra no responde a una situación excepcional, sino a una rutina marcada por la escasez estructural de todo un continente. Cada paciente atendido de más es, en parte, consecuencia de todos los médicos que no están.
Cédric Patrick Le Grand Ounanekpone, Premio Mundo Negro 2026, nació en Bangui y es el primer nefrólogo de la República Centroafricana, una especialidad casi inexistente en su país hasta que regresó de su formación. Estudió Medicina en Bangui y continuó su especialización en Senegal y en Estrasburgo. Desde 2022 dirige el Centro Nacional de Hemodiálisis de Bangui y coordina proyectos clínicos y formativos, incluidos programas de docencia en la Facultad de Medicina y la puesta en marcha del complejo sanitario Mama Ti Fatima, que atiende a miles de pacientes y mantiene clínicas móviles para llegar a zonas apartadas. En muchas ocasiones, su mera presencia cubre un vacío estructural. «Los especialistas están todos concentrados en la capital. No hay realmente especialistas en el interior», señala a ECCLESIA a su paso por España.
Su día a día transcurre en un equilibrio inestable que varía entre atender a un número creciente de pacientes, suplir la falta de medios y sostener una especialidad para todo un país. Una realidad que no es aislada, sino parte de un fenómeno mucho más amplio que desde hace décadas atraviesa los sistemas sanitarios de gran parte del continente africano.
La escena se repite desde hace décadas, aunque es rara la vez que llega al debate público. Cada año, miles de profesionales africanos cualificados —unos 70.000, según el Banco Africano de Desarrollo— abandonan sus países de origen para tratar de continuar sus carreras en Occidente o, en menor medida, en otros países del continente. Es lo que comúnmente conocemos como fuga de cerebros: la salida de trabajadores cualificados desde países con menos recursos hacia otros que les prometen y ofrecen mejores condiciones de vida a todos los niveles. Es un fenómeno que afecta a diferentes sectores, pero que resulta especialmente crítico en dos ámbitos imprescindibles como son la sanidad y la educación.
El mecanismo que impulsa esta situación es aparentemente sencillo. Un médico de origen africano puede multiplicar hasta diez veces su salario si decide emigrar. Además, la diferencia no es únicamente económica, sino que el país al que llegue le dará acceso a hospitales bien equipados, estabilidad laboral y la posibilidad de ejercer su profesión en condiciones. Es por eso que, en la mayoría de los casos, la emigración no supone simplemente una mejora a nivel material, sino la única forma de desarrollar plenamente su vocación.
Las consecuencias caen sobre los países de origen, pues cada profesional que se marcha deja atrás un sistema que ya era frágil y que sufre problemas estructurales. La pérdida de médicos y personal no solo reduce a mínimos la atención sanitaria básica, sino que debilita la propia estructura a largo plazo. La inversión que se ha realizado en la formación de cada una de esas personas acaba por beneficiar a otras economías. Esta transferencia de conocimiento y recursos se ha convertido en una forma de desigualdad estructural que perpetúa la dependencia de los países más pobres, que forman profesionales que terminan sosteniendo sistemas sanitarios mucho más ricos que el suyo.
Cédric Ounanekpone conoce bien el problema, durante años ha visto cómo sus compañeros decidían optar por buscar un futuro mejor en Occidente. «La situación es muy seria», reconoce. La mayoría, explica, considera que está muy mal pagada en comparación con lo que se paga en otros continentes. Esa precariedad salarial, sumada a la falta de medios básicos, acaba generando frustración entre los profesionales. Son formados durante años para tratar enfermedades complejas a las que, en la práctica, deben enfrentarse sin recursos.
Esta realidad acaba calando, por tanto, en las generaciones más jóvenes. «Tengo un sobrino que terminó el curso de acceso a la universidad. Le pregunté por qué no estudiaba Medicina y sonrió. Me dijo que prefería estudiar otra cosa, como finanzas», explica Ounanekpone. La elección no responde necesariamente a una falta de vocación, sino a una evaluación pragmática del futuro.
A ello se suma el desgaste cotidiano y la carga a la que se enfrentan los profesionales sanitarios en el día a día. Además, como los especialistas se encuentran únicamente en las capitales o grandes ciudades, gran parte de la población nunca verá a uno en su vida. Ser uno de los pocos nefrólogos de República Centroafricana —fue el único durante un tiempo— conlleva una enorme carga de trabajo. Al finalizar sus estudios en Francia, podría haber decidido continuar su carrera allí. Pero, como él mismo recuerda, lo necesitaban en su país. Sin su aportación, nadie podría acceder a tratamientos consideramos básicos en otros lugares, como la diálisis.
«El hecho de volver me permite no solo curar, sino también enseñar a los médicos de mi país esta especialidad concreta», explica. Formar a otros se convierte así en un sistema donde la escasez se sufre a todos los niveles, en una manera de romper parcialmente el ciclo.
El coste de la ausencia
Las consecuencias de esta pérdida de profesionales no se miden solo en cifras, sino en vidas concretas. Cada médico que decide marcharse o no regresar deja un espacio muy difícil de cubrir, especialmente allí donde la estructura es inexistente. La falta de especialistas implica, por tanto, retrasos en diagnósticos, tratamientos que nunca terminan de llegar y enfermedades que, siendo aparentemente simples y tratables, se convierten en condena a muerte. En muchos casos, la marcha de un solo especialista puede dejar sin cobertura médica a regiones enteras, profundizando aún más la brecha entre las zonas urbanas y rurales.
El propio Ounanekpone describe un sistema que está tensionado hasta el límite: «A veces no encuentras nada, no encuentras a nadie. Cuando no tienes los recursos, no puedes ser cuidado». La consecuencia inmediata es la ruptura progresiva de la confianza de los ciudadanos en el Estado. «Hay un gran distanciamiento entre la población y el sistema sanitario». En muchos casos, en ausencia de alternativas reales, la mayoría de los pacientes acaban recurriendo a soluciones tradicionales o asumen la enfermedad como un destino inevitable. La desmotivación que esto produce en los profesionales hace que muchos opten por abandonar la atención directa para ocupar puestos administrativos o buscar mejores condiciones en el sector privado. «Muchos médicos bien formados han elegido trabajar en el ministerio o en oficinas, distribuyendo medicamentos», explica Ounanekpone.
Jesús Ruiz Molina, misionero comboniano y obispo de la diócesis centroafricana de Mbaiki, observa a diario el impacto de esta carencia en las comunidades que acompaña. En la zona en la que vive y desarrolla su misión, con unos 400.000 habitantes, la presencia médica es prácticamente inexistente. «No llegamos a cinco médicos», explica. Es por eso que la falta de atención sanitaria condiciona todos los aspectos de la vida. «La consecuencia es una media de vida de 52 años. Y una mortandad terrible, especialmente entre las madres al dar a luz y los niños».
La enfermedad, en ese contexto, no es solo una cuestión médica, sino también social y cultural. «Cuando la gente no tiene acceso a una sanidad, se agarra a un clavo ardiendo», señala el obispo. «Recurren a la superstición, a explicaciones místicas, porque no tienen otra cosa». La falta de recursos genera una cadena de efectos que termina por afectar a la propia realidad social, económica y política.
Así pues, el problema es mayoritariamente estructural. «El Estado invierte siete euros al año por persona en sanidad», señala Ruiz Molina. La comparación con los países occidentales evidencia la magnitud de la brecha. «¿Quién quiere venir al interior después de estudiar siete años? Nadie quiere venir donde no hay nada». Quedarse implica asumir esa realidad. Pero marcharse también tiene un precio: el de dejar atrás a quienes no tienen otra opción.
Quedarse, pese a todo
Hablar de soluciones implica, inevitablemente, reconocer en primer lugar la complejidad del problema. La llamada fuga de cerebros no responde únicamente a una sola causa, por lo que no puede ser respondida con una sola medida. Requiere cambios profundos en las condiciones laborales, la inversión pública y el propio sistema político y económico de los países. Sin una mejora real de las condiciones sobre el terreno, los propios especialistas advierten de que la fuga de profesionales continuará reproduciéndose como una consecuencia casi inevitable.
Desde la experiencia personal, Ounanekpone insiste en la importancia de crear una red de apoyo para aquellos que deciden quedarse y enfrentarse al problema. «El Estado debe implicarse más y las instituciones internacionales también deben ayudar en la formación de los médicos», explica. Son las medidas concretas las que pueden marcar la diferencia, no las propuestas vacías que se quedan en el papel. «Un médico que termina su formación en el extranjero necesita alojamiento, transporte, una cobertura de salud. Son iniciativas que pueden animar a los médicos a volver». El objetivo no es solo atraer a los que se marcharon, sino facilitar el trabajo que se les exige y proporcionar condiciones dignas. Sin esos elementos básicos y esenciales, la fuga continuará reproduciéndose y será cada vez mayor su impacto.
El papel de la Iglesia
La Iglesia, por su parte, trata de cubrir algunos de los vacíos más urgentes, aunque es consciente de sus limitaciones. En muchas zonas, sus centros sanitarios son la única referencia médica para la población. «Si nosotros nos marcháramos, esto se derrumbaría», afirma Ruiz Molina. Su labor combina la atención directa con la formación de personal local, especialmente en áreas donde no existen profesionales cualificados. «Intentamos formar a personas, a matronas, dar pequeñas estructuras. Pero no tenemos los medios suficientes», subraya a ECCLESIA.
El obispo insiste en que la responsabilidad última corresponde al Estado. «La sanidad es responsabilidad pública, pero el Estado está ausente», afirma. Mientras esa situación no cambie, las soluciones seguirán siendo parciales. Aun así, tanto él como Ounanekpone coinciden en la importancia de quienes deciden permanecer. No son una solución definitiva, pero sí un punto de partida.
En el hospital, la consulta vuelve a llenarse al día siguiente. Nuevos pacientes ocupan el lugar de los anteriores. La escena se repite, como lo ha hecho durante años. Y, al menos por ahora, Cédric Ounanekpone sigue allí.








