La caída de Bashar al-Asad ha llevado al poder a Abu Mohamed al-Jolani, con pasado en organizaciones terroristas, quien ha asegurado al obispo de Alepo, según cuenta este a ECCLESIA, que la comunidad cristiana estará segura
La palabra que sigue definiendo el futuro de Siria es incertidumbre. Sobre todo, por lo desconcertante de la figura al frente del cambio de régimen tras la huida de Basar al-Asad: el líder de Hayat Tahrir ash Sham (HTS), Ahmed al-Shareh, más conocido como Abu Mohamed al-Jolani. Hace diez años, en declaraciones a la televisión qatarí Al Jazeera, Al-Jolani aseguraba que Siria tenía que ser gobernada según la sharía y que alauitas o cristianos no serían bienvenidos. Una década después, se muestra conciliador, tolerante y asegura que los sirios están tan agotados que lo último que haría es volver a embarcarse en ningún tipo de guerra.
Conviene hacer una pequeña recapitulación sobre quién es este líder que ha aunado a varias facciones de distinto corte para derrocar fulminantemente a los Al-Asad después de más de cincuenta años en el poder. Al-Jolani se unió a Al-Qaeda con poco más de veinte años, a principios de los 2000. De este grupo terrorista nació el Estado Islámico (EI) a instancias de Abu Bakr al-Baghdadi. Jolani estuvo bajo las órdenes de este en Siria para luchar contra el régimen a Al-Asad en medio del turbulento escenario resultante de la fallida revolución alentada por las primaveras árabes. Los que siguieron fueron los años del terror propagado en Irak y Siria por el autoproclamado Estado Islámico. La facción de Al-Jolani terminó por escindirse del EI y, con su frente Jabhat Al-Nusra, se acercó de nuevo a Al-Qaeda. Después, Al-Nusra conoció distintos nombres y formaciones hasta llegar a la coalición Hayat Tahrir ash Sham.
En ese tiempo, Al-Jolani se constituyó en líder de la región de Idlib desde el comienzo de la guerra, fuera de la autoridad de Damasco. En esa zona había importantes comunidades cristianas que fueron esquilmadas por el Estado Islámico. La organización estableció su capital siria en la ciudad de Raqa, donde, antes de la guerra, había unos 5.000 cristianos, muchos de ellos armenios descendientes de los supervivientes del genocidio. Casi todos huyeron. Se estima que en la urbe permanecieron unos veinte, sometidos a las draconianas leyes del Estado Islámico. Con la operación internacional para eliminar a los yihadistas, varias iglesias resultaron destruidas como consecuencia de los bombardeos. Este es solo un ejemplo de lo que sufrieron las comunidades en un país donde el cristianismo se remonta al siglo I. Aquellas tierras fueron evangelizadas por el apóstol Tomás y Pablo se convirtió de camino a Damasco.
Cada vez más minoría
Pero si hay una persona que conoce bien a Al-Jolani es el obispo católico de Alepo, monseñor Hanna Jallouf, cuya historia relató a ECCLESIA poco antes de su ordenación episcopal en 2023. El franciscano, antes de ser nombrado obispo por el papa Francisco, fue durante años uno de los dos únicos sacerdotes en la región de Idlib. A su cargo tenía tres pueblos: Knayeh, Yacoubieh y Jdayde. Antes del comienzo de la guerra en 2011, los cristianos de la provincia de Idlib eran unos 10.000. Ahora solo quedan 600. Han sufrido a las distintas facciones que han dominado la zona, desde el Estado Islámico hasta Al-Nusra. Por eso, para monseñor Jallouf, Al Jolani es un viejo conocido.
«Después de todos estos años de guerra, los miembros de Al-Nusra han entendido cómo somos los cristianos, que no hacemos el mal, que no mentimos, que amamos incluso a nuestros enemigos. Una vez, uno de ellos me dijo: “Padre, la palabra de los cristianos es como un sello”, queriéndome decir que somos honestos», explicaba a ECCLESIA.
Los hombres de Al-Jolani pasaron de perseguir a los cristianos a celebrar el nombramiento como obispo de Jallouf, en cuyo honor hicieron una recepción. El obispo ha sido testigo del giro hacia la moderación de Al-Jolani. Por ello, se muestra confiado en que la convivencia y la libertad religiosa para los cristianos sea posible en la nueva Siria. Preguntado hace unos días por esta corresponsal, el obispo católico de Alepo asegura que el propio Al-Jolani le ha garantizado que «los cristianos pueden estar tranquilos, porque estarán seguros, así como sus bienes y sus iglesias». En una precaria conexión telefónica desde Alepo, Jallouf confiesa que cree que es posible la paz después de cincuenta años de régimen, «que ya se había vuelto muy corrupto», y más de una década de guerra. En cualquier caso, lo que desea el obispo católico de Alepo es que «la tormenta pase pronto».
En un breve intercambio de correos electrónicos con monseñor Boutros Marayati, obispo armenio-católico, también de Alepo, este tan solo desea «que vengan días mejores». El barrio armenio de Alepo fue de los primeros que fueron destruidos durante la batalla por la ciudad, que fue atroz y duró tres años.
En localidades como Damasco, Latakia o Alepo, los cristianos pudieron encender en diciembre las luces de Navidad de las calles con la promesa de Al-Jolani de que podrán vivir sus celebraciones y su fe sin ser perseguidos. Se calcula que, desde 2011, la comunidad cristiana ha pasado de dos millones a 300.000. Muchos se marcharon porque no querían empuñar las armas contra otros sirios.
En cualquier caso, desde el nuncio en Damasco, el cardenal Mario Zenari, pasando por los obispos y los pastores de las distintas denominaciones cristianas, así como el rebaño, han expresado que van a permanecer en Siria como han hecho durante los años más duros de la guerra. Quienes resumen mejor esta intención son las religiosas ortodoxas del monasterio de Santa Tecla en Maloula, localidad siria donde se habla en arameo. En 2013 fueron secuestradas tres meses por las fuerzas de Al-Jolani. «Dios nos protegerá ahora como entonces», declaraban a la prensa italiana.








