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León XIV en el rosario por la paz: «¡Basta ya de la guerra!»

«¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. […] ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte».

El Papa invita a la gran mayoría que deplora la violencia que sigan rezando y construyan la paz día a día, en lo cotidiano

El papa León XIV lanzó un mensaje profundo al mundo este sábado durante el rezo del rosario por la paz en la basílica de San Pedro. Un mensaje con dos destinatarios: los gobernantes y poderosos, por una parte, y la inmensa mayoría de la población, silenciosa, que deplora la guerra y quiere la paz.

«¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. […] ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte», dijo con fuerza a los primeros.

Sin embargo, explicó que el resto de la población tiene una responsabilidad. Primero, con la oración, porque esta es «la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!». «En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación», continuó.

También afirmó que «la oración nos educa para actuar» y que a «las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios». «De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión y perdón», agregó.

La otra responsabilidad es el compromiso por la paz en lo cotidiano: «La oración nos compromete a convertir lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes: convirtámonos a un reino de paz que se construye día a día, en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, quitándole terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!».

Y concluyó: «Regresemos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y con una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional».

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