Ignatius Ayau Kaigama estuvo en Madrid en marzo para presentar la campaña de Ayuda a la Iglesia Necesitada en favor de Nigeria
Nigeria, la economía más grande de África, enfrenta una crisis de seguridad multidimensional que condiciona la estabilidad de sus instituciones y la vida de sus ciudadanos. La complejidad del escenario actual responde a la convergencia de diversas amenazas: la persistencia de la insurgencia yihadista en el noreste, el auge de redes criminales dedicadas al secuestro y las tensiones territoriales vinculadas a grupos extremistas en el cinturón central. En este contexto, la Iglesia católica ha denunciado una inseguridad creciente, registrando el secuestro de más de 200 sacerdotes en la última década.
Para analizar las causas estructurales de esta situación y la respuesta de la sociedad civil, conversamos con monseñor Ignatius Ayau Kaigama, arzobispo de Abuja, que pasó por España en marzo, invitado por Ayuda a la Iglesia Necesitada.
—Nigeria es uno de los países con más vocaciones de África, pero también un lugar donde ir a Misa puede costar la vida. ¿Cómo conviven estas dos realidades?
—Los ataques y peligros que experimentamos los católicos nigerianos funcionan como un combustible que nos impulsa a hacer aún más. Recuerdo que, cuando era arzobispo en Jos, se produjo un ataque un domingo por la mañana. Hubo muchos muertos y la iglesia quedó destruida. Pensé que sería el fin de esa parroquia, pero al domingo siguiente regresó incluso más gente de la que había el día del ataque. Es la resiliencia de la fe. Le dicen al mundo: «Podéis destruir nuestras iglesias, e incluso matar a nuestra gente, pero no podéis matar nuestra fe». Es terrible, pero es el modo en que Dios ayuda a nuestra Iglesia a crecer incluso más fuerte.
—A veces, en Occidente, se presenta este conflicto como religioso, pero usted ha alzado la voz contra la corrupción política. ¿Es un problema de religión o es que el Estado no protege a sus ciudadanos?
—Es un problema multidimensional. Hay factores sociales, económicos, políticos y étnicos. Sin embargo, al ser un país con una población tan grande de cristianos y musulmanes, es muy fácil confundirlos. Si hay un problema en un mercado y un cristiano resulta herido, se dice que fueron los musulmanes, y viceversa. Por eso se le llama guerra religiosa, aunque las raíces a veces no lo sean.
Despúes de mencionar lo anterior, existen grupos decididos a imponer la religión islámica. Cuando hablan de la sharía, es su forma de decir: «Esta es nuestra tierra y nuestra cultura, nos regimos por la sharía y no por la Constitución nacional». El objetivo de Boko Haram desde 2009 ha sido erradicar la cultura occidental y que el Corán sea el único libro que guíe a todos. Quieren convertir a todo el país. Es un proyecto que sigue progresando y cuenta con recursos tanto de fuera como de dentro.
—¿Qué responsabilidad tiene el Estado en esta situación?
—El Estado hace gestos, pero nada efectivo. Boko Haram empezó en 2009; un Gobierno serio, con su Ejército, fuerza aérea y servicios de inteligencia, ya debería haber acabado con esto. Si no ha terminado es porque falta voluntad política, y eso se debe a la corrupción. El dinero destinado a equipamiento militar para combatir a los criminales se desvía para el lujo personal de los gobernantes. Mientras ellos viven esa vida, falta agua, luz y medicinas. Además, sé que hay sectores de la élite que colaboran con los criminales. Por eso la guerra no se gana. Y la gente sigue sufriendo.
—¿Está la Iglesia cubriendo las necesidades básicas que los líderes políticos ignoran?
—Totalmente. A veces digo que soy más un trabajador humanitario que un sacerdote. Cuando voy a una aldea, la gente no busca al político; me miran a mí, con mi sotana blanca. Al terminar la Misa, me presentan una letanía de necesidades. «Obispo, no tenemos agua potable; obispo, no tenemos escuela, ni clínica, ni carretera…». Yo les explico que no soy un funcionario del Gobierno y que no recibo ni un céntimo del Estado para ayudarles. Al contrario, incluso a nuestras escuelas y hospitales les exigen impuestos en lugar de ayudarnos a servir a los desvalidos.
Hacemos lo que podemos. Recogemos arroz, ropa y buscamos becas para algunos niños. Por eso acudimos a organizaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), para que motiven a sus benefactores y para que presionen a los gobiernos europeos. Estos deben entender que la Iglesia es una fuerza poderosa para llegar a los desfavorecidos. A veces temen apoyarnos, pero cuando dan dinero a los gobiernos, este se gasta de forma temeraria. Mientras que cuando va a través de la Iglesia, llega directo a la gente. Yo mismo distribuyo comida y ropa en Navidad y Pascua gracias a esa ayuda.
—La campaña se titula «Sana Nigeria». ¿Es posible sanar heridas tan profundas como la pérdida de un hijo o el asesinato de un padre?
—Es posible. Al igual que un médico puede sanar la herida, aunque la cicatriz permanezca. Los problemas de Nigeria son una enfermedad artificial causada por la negligencia, la insensibilidad y la corrupción de unos líderes que solo se preocupan por ellos mismos.
—¿Dónde encuentra la esperanza en medio del conflicto?
—Nunca perdemos la esperanza; esperamos contra toda esperanza. Miramos hacia arriba, a Dios, que no nos falla, aunque no nos conceda lo que pedimos al instante. Y también miramos en horizontal, buscando a personas y organizaciones. Eso me da fuerzas. No nos rendimos, preferimos encender una vela que maldecir la oscuridad. Hay mucha oscuridad en Nigeria, pero si cada uno de nosotros encendemos una pequeña vela, la luz llegará. Hay esperanza para Nigeria.






