Estamos cerrando el tiempo pascual; cuarenta días después del domingo de Pascua la Iglesia nos propone celebrar la Ascensión del Señor, y diez días después la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos. Desde hace varios años, la Ascensión, como el Corpus, ha pasado de ser celebrado de jueves a domingo, pero se mantiene esta unidad en la sucesión de las celebraciones.
Pentecostés nos recuerda un momento muy importante en la historia de la Iglesia. Los apóstoles habían ido haciendo experiencia del resucitado, una experiencia para ellos desconcertante; lo que vivían, aunque el mismo Cristo se lo había anunciado, nunca lo había vivido nadie antes. La fuerza del Espíritu Santo descendiendo sobre los apóstoles significó el impulso imprescindible para entender la totalidad del misterio de la redención, para emprender la tarea evangelizadora y adquirir así el coraje necesario para ser testigos de Cristo resucitado en medio del mundo.
Nosotros también recibimos la fuerza del Espíritu Santo, porque también debemos recibirla para convertirse en verdaderos discípulos de Cristo. La reciben nuestros catecúmenos, cada vez más numerosos, cuando reciben los sacramentos de iniciación cristiana, es decir, el bautismo, la confirmación y la comunión. Y para quienes hemos recibido el bautismo siendo niños es en la confirmación cuando recibimos el don del Espíritu Santo y este momento se convierte en nuestro Pentecostés personal.
Lo vivimos especialmente estas semanas del tiempo pascual en muchas de nuestras parroquias. Este sacramento tiene una doble dimensión: personal y comunitaria. Personal, en tanto que cada joven, habiéndose formado en la fe a través de la catequesis, manifiesta su fe, su compromiso con Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con la Iglesia; renuncia a la vez a todo lo que le puede alejar de Dios y de la comunión con los hermanos y hermanas. Pero este sacramento, como todos los otros seis, tiene una dimensión comunitaria, cada comunidad parroquial escucha la profesión, la renovación de la fe de nuestros jóvenes o no tan jóvenes, y hace ella misma una renovación de su fe como comunidad frente al propio obispo, signo de unión de la comunidad diocesana.
Lo expresamos en una proclamación: «Ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar, en Cristo Jesús, Señor nuestro.» Quizá a veces no le prestemos suficiente atención, a lo que vamos escuchando o diciendo a lo largo del rito. Ciertamente, pedimos a nuestros jóvenes que antes de recibir el Espíritu, renueven la profesión de su fe en unión de toda la Iglesia, aquella que sus padres y padrinos profesaron por ellos el día de su bautismo. Al mismo tiempo, toda la comunidad renovamos y proclamamos con ellos nuestra fe, la fe que nos une y que cada año renovamos en la fiesta más importante del año litúrgico, el velatorio pascual.
El don del Espíritu compromete a dar testimonio de Jesucristo y de Dios Padre, y asegura la capacidad y valentía para hacerlo.







