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Desde Oriente hasta Occidente

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

Siguiendo este camino dominical de profundización en el Concilio Vaticano II, hoy quisiera presentaros el decreto Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas. Quizá a nosotros nos pueda parecer un tema lejano, propio de tierras distantes o de historias antiguas. Sin embargo, el Concilio quiso recordarnos algo esencial: la Iglesia católica —es decir, universal— es rica en tradiciones, liturgias, expresiones espirituales y culturas. Y esta diversidad es un don que manifiesta mejor la belleza del único Evangelio.

Orientalium Ecclesiarum nos invita a mirar con gratitud a las Iglesias orientales, muchas de ellas nacidas en los primeros siglos, marcadas por la predicación apostólica y por una profunda fidelidad en medio de persecuciones y pruebas. Su historia está tejida de martirio, de monacato, de liturgia solemne, de amor a los Padres de la Iglesia, de sentido del misterio y de una gran veneración por la Palabra y por la Eucaristía. Allí donde han permanecido, incluso en minoría, han custodiado tesoros espirituales que pertenecen a toda la Iglesia.

El Concilio afirma con claridad que estas Iglesias, con sus ritos, disciplinas y patrimonio, tienen la misma dignidad que la tradición latina. Son Iglesias en plena comunión con la Sede de Pedro, llamadas a conservar fielmente su propio patrimonio. Y el decreto exhorta a conocerlas y amarlas, porque en ellas respiramos con otra profundidad la misma fe. Por este motivo somos llamados a acoger y amar estas comunidades que ya tenemos en Guissona y en el Principado de Andorra.

En muchas ciudades de Europa, y también en nuestro entorno, viven hoy cristianos orientales: ucranianos, rumanos, sirios, libaneses, etíopes, caldeos y otros. Algunos pertenecen a Iglesias católicas orientales; otros, a Iglesias ortodoxas. El Concilio nos invita a acogerlos como hermanos, con respeto por su lengua, su liturgia y su modo de vivir la fe. La comunión se construye también así: dando espacio al otro en nuestra casa.

Orientalium Ecclesiarum subraya, además, la importancia de sus ritos litúrgicos, donde la fe se celebra y se vive. El rito oriental —con su iconografía, su canto, sus gestos, su fuerte sentido del misterio— puede ayudarnos a redescubrir dimensiones que a veces olvidamos: el silencio que adora, la belleza como lenguaje de Dios, la teología que se canta, la liturgia como participación en el cielo.

Y no podemos separar este decreto de la llamada ecuménica. La cercanía entre católicos orientales y ortodoxos, la historia compartida y las heridas de la separación hacen de Oriente un espacio especialmente sensible para la unidad. Conocer y amar las tradiciones orientales puede convertirse también en un puente: nos ayuda a comprender mejor a los hermanos ortodoxos y a orar con mayor verdad por la comunión.

Os propongo tres actitudes sencillas a la luz de Orientalium Ecclesiarum.

La primera: gratitud. Demos gracias por la diversidad de la Iglesia y por los tesoros espirituales de Oriente, que enriquecen nuestra fe.
La segunda: acogida. Abramos el corazón a los cristianos orientales que viven entre nosotros. Que encuentren en nuestras comunidades un hogar.
La tercera: conocimiento. Aprendamos, al menos, lo esencial: que existen distintos ritos católicos, que la unidad no exige uniformidad y que la tradición oriental forma parte de la herencia común de la Iglesia.

Que el espíritu de Orientalium Ecclesiarum ensanche nuestro corazón para amar más plenamente a la Iglesia, una y diversa, universal y cercana.

Con la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,

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